20071203

Nueva maceta para el copal


El sábado pasado trasplanté el copal a una maceta más grande; no porque le hiciera falta en realidad, sino por estética y para que tenga cómo sobrevivir si por alguna razón no puedo estar al pendiente de su desarrollo en uno, dos, cinco años... Nadie tiene la vida comprada, ni la permanencia.

El copal ha estado conmigo desde los difíciles pero productivos tiempos en que fui funcionario público; me lo regaló mi primo José, quien lo extrajo en las lomas al sur de Sayula por ahí de 2000; así que tiene por lo menos siete años de edad, cuando no diez, y es el único bonsai que me ha durado vivo más de cinco, y que ha seguido siendo bonsai: la jacaranda se negó por todos los medios a seguir en una maceta y ahora prospera en el jardín, sombreando la recámara de mis hijos.
El copal es el árbol sagrado de los pueblos de Occidente, así como la ceiba lo es para los pueblos del Sur. Tenerlo conmigo y que me conceda trabajar con él, sin morirse, es uno de los hechos más simbólicos de mi vida, así como la pervivencia de un agave azul extraído para mí por mi abuela en Matatlán, que terminó en mi terreno de Sayula cuando no soporté más verlo languidecer en una maceta, siempre en la sombra, y que desde entonces ha sido una planta gloriosa... En él veo la vida desbordante de mi abuela, que no se supo estar quieta ni durante sus seis días de agonía, en mayo de 1989.
...Unas por otras: el copal dejó el suelo abierto, y el agave lo recuperó. El copal es un árbol nativo de mi Patria, y el bonsai es una técnica llegada de Oriente... Mis hijos mayores tienen genes orientales, y tantos ellos como yo, y mi hijo el de enmedio, estamos en una organización juvenil patriótica.
Practicar el bonsai es, así, una experiencia simbólica para mí; no en el sentido original, sino en uno personal, construido a lo largo de dos tercios de mi vida; si bien me ha dado más frustraciones que éxitos, también me ha llevado a aprender la paciencia, la compasión --conmigo mismo, sobre todo--, la responsabilidad que implica la custodia de un ser vivo.
De no ser por el bonsai y por las mascotas, que las he tenido toda mi vida --también con más frustraciones que éxitos-- ahora, como adulto, no soportaría la responsabilidad de ver por la vida de mis cuatro hijos.
Los dos menores me ayudaron en la faena del sábado, y el gato --todo en la vida es un ciclo que se cierra y vuelve a abrirse-- nos desayudó, todos con mucho entusiasmo. Cernimos la tierra juntos; llenamos la maceta juntos, capa por capa, y Wolker se encargó de apisonarla con sus patotas tamaño perro cuando y donde nadie se lo pedía; lavamos la raíz juntos... La podé yo solo esta vez, pero juntos hicimos el transplante, la poda de ramas, la inmersión para el primer riego de la nueva maceta... Tuvimos una refrescada de eso que llaman "vivencia de familia"; un acto simbólico más que enriquece lo que, para mí, es netamente el rito de practicar el bonsai.


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