20090828

Nudo ciego


Entre mis primeros recuerdos está una línea de agujetas y mecates que cruzaba la casa de San Pedro, donde viví algunos meses o años antes de entrar al kindergarten.

Iba desde el patio trasero, prácticamente un corral, hasta el cuarto de la entrada, que hacía de zaguán y sala. Yo mismo había unido todos los pedazos, para desesperación de mi abuela, con nudos ciegos que luego tenía que deshacer ella y regresar los cordeles a las botas, zapatos y tendederos.
Lo mejor llegaba cuando improvisaba el moño de los zapatos –otro de mis primeros recuerdos–, o cuando jugaba al jaripeo con el gato y lo dejaba inmovilizado y asfixiado.
Cuando aprendí por fin a encintar y amarrar los zapatos como dios manda, gracias a la familia –harta de mis nudos gordianos– y a la paciencia de la maestra de kínder, también supe por primera vez a qué sabe el triunfo. Se me había revelado el principio de una ciencia oculta de la que aún soy practicante devoto.
Por supuesto, algo de lo que recuerdo mejor en mi paso por la «manada» son las tardes dedicadas a aprender y practicar nudos: el de rizo, el as de guía, el ballestrinque, el corredizo simple, el ocho, el de pescador... No me pregunten sus nombres coloquiales, ése fue tema de dolorosas discusiones con mis tíos el ranchero y el «penta».
La vuelta de escota, el arnés de bombero, la cabeza de turco y otros igual de exóticos se me rindieron apenas hace unos años, cuando comencé a enseñar cabuyería a los muchachos del PDMU, pero durante mucho tiempo saqué todo el provecho posible a los que dominaba, encontrándoles las aplicaciones menos pensadas: cierta vez encontré una pulsera de hilo que, en lugar de hilaza, estaba hecha con alambre telefónico, aislado con plástico de diferentes colores. Después de desbaratar algunas vueltas comprendí cómo estaba urdida, y ahí comenzó una serie de millones de nudos simples y numerosas visitas a la mercería.
Llegué a vender algunas de mis pulseras, pero su valor no era comercial sino terapéutico. Antes de la computación y antes aun de la escritura literaria, cuando no estaba de humor para leer, o mientras leía, combatía  igual el aburrimiento que la tensión con nudos de colores.
Curiosamente nunca he podido tejer con ganchillo, en lo que mi abuela era experta y buena maestra, a pesar de sólo ser nudos corredizos simples enlazados unos sobre otros. Con la mano podía hacer las cadenetas perfectamente, pero nunca con una herramienta. Por algún tiempo ensayé con éxito a tejer con dos agujas, pero nunca encontré en eso la satisfacción que me daba la cabuyería. Era una práctica más personal; los logros, más individualistas; no había beneficio alguno para nadie, real o supuesto, salvo el placer de dominar un trozo de cordel. Lo único que alguna vez me provocó un entusiasmo así, antes de llegar la primera computadora a la casa (una Commodore 64), fue el cubo de Rubick, pero fue efímero.
Desde entonces, sobre todo en el trabajo, procuro tener conmigo un pedazo de piola, para controlar la tensión practicando nudos y no terminar comiéndome las uñas.


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Sabiduría Pentathlónica