20111207

La casa


Aquí no reside nadie que se pueda llamar ordinario, ni siquiera la persona –casero o casera– encargada de atender a los inquilinos, pues todos tienen gustos, caprichos, rutinas y cualidades disímiles: es necesario seguir un expediente acucioso de sus horarios y costumbres para mantener a todos satisfechos.

A la memoria de don Francisco Cervantes y a los descendientes de
don Hernando de Tapia, amigos santiaguenses de hoy y de antes.
 
Así, en esta casa siempre hay una luz encendida, siempre hay un cubierto puesto en la mesa y, por supuesto, algo que borbotea o chirría en la cocina. Sin embargo, también podría pensarse de pronto que está desierta; tan monacal es su silencio de ruidos humanos: de voces y pasos, de cuerpos que se encuentran o desencuentran, de música o canto.
Rara es la ocasión que alguien se deja ver por los pasillos y, más todavía, que se encuentre con otro. Cuando esto ocurre, ambos guardan el silencio más hermético y clavan sus miradas en el suelo.
Nadie conoce el nombre ni el oficio de los demás habitantes; quizá ni sus rostros, y nadie parece tener esa curiosidad... Ni el casero siquiera. O los caseros, en plural: resulta obvio que es imposible para una sola persona atender a todos los inquilinos, uno detrás de otro, noche y día sin interrupción.
Por ejemplo: la señora de la habitación principal sale apenas amanece y debe encontrar en el baño una toalla lavada el día anterior, tendida a secar con el aire de la noche. La bañera está llena ya, a una temperatura exacta y diferente según la estación del año.
Sin embargo, la habitación no puede ser aseada mientras tanto, pues un minuto antes que la señora salga del baño está preparándose un café cargado, de modo que cuando ella tome la taza de su mesa de noche, todavía esté prácticamente en ebullición.
Mientras esta señora toma su baño, que nunca dura más de quince minutos ni menos de doce, regresa de la calle el joven que habita en el cuarto más pequeño, aunque no por ello el más humilde. Va directamente a la cocina, donde debe encontrar una taza de chocolate elaborado con leche recién ordeñada y tablillas de cacao que él mismo proporciona, para su solo uso.
Cuando haya terminado su bebida, siempre de pie, ya se recibió el periódico que él lee, y al entrar a la habitación está sobre su escritorio.
En cuanto la señora de la habitación principal deja el baño, hay que drenar y secar perfectamente la bañera, colocar una toalla lavada la semana anterior, blanca, secada al sol del mediodía y después guardada en completa oscuridad, pues así la usa el caballero de la habitación número 3, y le desagrada sobremanera encontrar rastros de que otra persona estuvo antes que él en el mismo lugar o usó los mismos utensilios.
Cuando este caballero termine su ducha (porque él nunca se sumerge en la bañera), la señora habrá terminado su café y se dispone a salir: es el momento de asear la habitación y cambiar las sábanas, pues cada noche ha de haber en la cama un juego recién lavado.
A esta hora despierta el viejo de la habitación 8, la más lejana de la puerta de la calle, y –si se puede– la más silenciosa. Por fortuna, él desayuna fuera, pero antes de salir se instala en la sala para leer su periódico, que es distinto del preferido por el joven, quien ya estará echándolo fuera de su cuarto y se dispone a dormir unas horas.
Cuando el caballero de la ducha termine en el comedor con un desayuno fuerte –carne, jugo, café y pan–, el viejo estará saliendo, no sin cerciorarse que la señora se fue y sus pasos son inaudibles tras la puerta.
Así transcurre toda la mañana; igual el mediodía, la tarde y la noche: a cada momento alguien está demandando atención, en la cocina, el baño, la sala o su recámara, sin que jamás se pronuncie una palabra o se crucen miradas.
Quienquiera que resida aquí o esté a cargo de esta casa singular, es instruido a su llegada que algún inquilino es en realidad el propietario, y nadie sabe quién es, pues además el importe de la renta es depositado, dentro de un sobre sólo marcado con el número de habitación, en un apartado postal, en días diferentes del mes para cada quién. Asimismo, el casero recibe su sueldo y lo que haya menester para el mantenimiento de la casa y quienes la habitan en sobres de diferentes colores, siempre el mismo día del mes, mediante otro apartado de correo.
Los inquilinos no reciben correspondencia en la casa bajo ninguna circunstancia, pues el primer día de su estancia reciben la llave de un apartado. Tampoco son visitados por nadie. Cuando alguno muere –generalmente de vejez–, el casero dispone discretamente del difunto y sus pertenencias, de acuerdo con las instrucciones que conserva en el expediente del ahora occiso.
Siempre hay una habitación vacía, nunca dos: cuando alguien muere o se muda, el cuarto es remozado y cerrado con llave, pero de inmediato es abierto el que estuvo en clausura: cada que alguien parte, alguien nuevo llega; inexorablemente.
Todas las recámaras están amuebladas de manera providencial (¿o es que los inquilinos están providencialmente amoldados a ellas?), de manera que cuando alguien llega a habitarlas, no siente la falta o sobra de nada: nunca se ha sufrido aquí el tráfago de una mudanza. Quien llega con una maleta, con esa misma se va; acaso con dos, tratándose en esos casos de gente afecta a los libros.
Si alguien requiriera excepcionalmente de más espacio, sea porque no quiere perturbar a los demás con sus actividades o por otra razón, el sótano es espacioso y bien ventilado; mamparas que no llegan al techo, para que circulen el aire y la luz, lo dividen en cubículos provistos de puerta, cerradura y moblaje; cuál con anaqueles, cuál con libreros, silla y mesa; aquél del todo vacío salvo por un arcón o percha, pero cada uno –también de manera providencial– adecuado al gusto y necesidad de su usuario.
Nadie que esté a cargo de esta casa y sus inquilinos los ha dejado sin antes preparar un sucesor que los atienda con la misma precisión y sigilo de siempre. Igual que han muerto inquilinos, también de tiempo en tiempo algún casero es víctima de la locura, pero ninguno ha sido llevado al sanatorio, o descolgado de una viga, que no heredara primero sus valiosos archivos y costumbres a alguien de fiar.
Algunos de estos desventurados viven aún. Aunque varios han vuelto al mundo, la vista o el mero recuerdo de la casa los llena de ansiedad, y no faltan quienes en su delirio afirman que ese lugar es ajeno al mundo de los vivos.
Mientras tanto, siempre se ve luz en alguna ventana; con regularidad cronométrica se repiten a diario los mismos sonidos de puertas que abren y cierran con recato, las mismas entradas y salidas de personas anónimas; se perciben los mismos olores que acompañan el borbotear y chirriar de la cocina.



Del cuaderno de originales, marzo 25 de 2002.


Publicar un comentario

Sabiduría Pentathlónica