20120210

Un año con la dragona


De hecho fue más tiempo que eso; por no mentir, año y medio con medio mes. Dirá usted y con razón que suena raro eso del medio y el medio, pero no tengo ganas de ser más preciso, y además no podría, porque habían pasado varios días cuando me di cuenta cabal que ya no estaba con ella, durante los que vagamente supe qué era de mí, intoxicado casi de muerte por los humos de su ira. 

A don Raúl Partida.
A la memoria de dd. JJ Arreola y O. Paz.

Dirá también que hay que estar loco para enredarse en un peligro así, y de nuevo le doy la razón. Pero una noche me dije: «Si hubo quién se ayuntó con una ola y la cosa prosperó algún tiempo, ¿por qué no intentarlo con este extraordinario ser?» Y si la conociera usted, estoy seguro que también se le hubiera rendido, porque sus poderes, al menos entonces, eran grandes, y tras la mortecina luz de sus ojos se traslucía una candela tal, que no sólo incendiaba el alma de quienes se atrevían a tratarla de cerca, sino que hubiera abrasado los bosques y malezas del mundo todo, si lo hubiera querido.
Además, si tuviera usted una fascinación como la mía por los seres extraordinarios, ¿se habría resistido a esta criatura cuando le ofreciera el regazo? Porque ésa es otra cualidad de las dragonas, señor mío: si le dan su afecto, le quitan los malos sueños y el frío de los huesos. Pero cuidado con irritarlas, aunque sea un poquito: de un segundo a otro le insuflan todas las pesadillas y calosfríos de que se había librado.
Cuando decidí entrar a su caverna y de tajo dar la espalda al mundo, no faltó quien me advirtiera sobre algo que, muy a mi pesar, y a pesar de ella, es una verdad enorme: si no lo matan y devoran, es para sorberle a uno la juventud poco a poco, pues no es de alimento terrestre que se nutre su inmortalidad, sino de almas impetuosas.
Pero mire usted que eso no me pesa, porque buena falta me hacía un tentequieto. Si no es por ella, en cualquier momento me hubiera despeñado como elefante herido, y no tendríamos esta conversación. Quizás estoy algo encanecido para mis años, pero aquí me ve, vivo y sereno.
Además, entérese que ya antes había vivido con una pantera, mucho más tiempo del que pasé con la dragona, y ahí sí que de milagro salí vivo, porque entre el fuego de la edad y el instinto de la fiera, poco faltó para que terminara con la cabeza entre sus fauces.
El caso es que la dragona me lamió las heridas y así, con su lengua milagrosa, las curó, y en su regazo encontré una tibieza viva e inagotable que en el cubil de la pantera duró muy poco, pues pronto se convirtió en hostilidad, y que antes, cuando me enredé en las ondas de una serpiente, nunca sentí.
Sé que usted todavía está preguntándose por qué de entrada dije un año y luego, inmediatamente, que más tiempo. De hecho conocía a la dragona de antes; afecto como soy –ya lo dije– a los seres extraordinarios, llamó mi atención desde que intercambiaba zarpazos con la pantera a la entrada del cubil, como cachorros que se hacen daño sólo por jugar: alguna vez sentí sobre mí la turbulencia de sus alas y no pude sino seguirla un trecho, fascinado por su rareza pero también –luego me di cuenta– atrapado casualmente por su hechizo, pues aunque ese día no estaba a la caza de almas impetuosas sino de alimentos terrenales, su humor mágico impregnaba el aire, y las imágenes y sensaciones que suscitó en mí, ya no me abandonaron. Mi fiera sintió cómo a cada día le prestaba menos atención, mientras que la sombra alada de ojos melancólicos estaba más presente en mi pensamiento y mi deseo, hasta que una noche la invoqué en sueños.
Imagine usted cómo le cayó eso a mi irascible compañera. Me dio una tunda fenomenal, ya no en juego, sino con garras y colmillos prestos a acabar conmigo, y si sobreviví es sólo porque la dragona estaba en mi destino.
Quedé muy malherido, por supuesto, además de desposeído; atormentado no sólo por la pérdida de bastante sangre sino de mi compañera y de lo poco o mucho que habíamos logrado juntos; qué decir, en medio de tal abatimiento, cuán pequeña me parecía la posibilidad de reencontrarme con esa visión –la dragona– que en el último tiempo había sido mi anhelo: estaba inválido, menguado, desencantado y solo.
Así pasé meses, si no años, dedicado sólo a recuperar la entereza, haciendo por curar mis heridas y recibiendo otras, malo como soy para bregar solo; improvisándome refugios para paliar –sin éxito– el frío en los huesos que el escarmiento me dejó.
Cuando más desolado y aterido estaba, sentí la sombra volar en círculos sobre mí. Huyó en cuanto alcé la vista, pero al día siguiente estuvo ahí otra vez, y al otro y otros muchos más: había sentido en mi aliento la huella de su hechizo.
Al cabo me di cuenta que siempre huía hacia el mismo rumbo, y que cada vez volaba un poco más bajo, y que se iba haciendo más tolerante a mi mirada, y día a día su fuga era más lenta... Hasta que junté toda mi entereza y fui a un claro amplio para esperarla, a ver si se animaba a descender y de una vez terminaba con mi desasosiego, para bien o para mal.
Eso la sorprendió y volvió a ser esquiva, pero al cabo de una semana se convenció que en mí no había trampas: fue reduciendo la altura y velocidad, y luego de un mes me saludaba a la distancia con piruetas aéreas, y yo presentía su proximidad por el regocijo que me inundaba.
Y por fin se posó en el suelo. Pude embebecerme con sus ojos y ella entró a esta alma débil por los míos; después me dejó palpar sus alas, luego su costado; olfateó mis heridas, las antiguas y las recientes, deteniéndose con extraño interés en las que me dejó la batalla con la pantera, y se fue.
Ése lo considero mi primer día con ella, porque en adelante fuimos acrecentando la mutua confianza; me permitió intuir su poder y en más de una ocasión me llevó en vuelo hasta su caverna, donde pasé las noches más tranquilas y cálidas en muchos años. Mediada la primavera siguiente, mi curación estaba casi consumada; fue entonces que decidí dar la espalda al mundo para vivir con ella.
Mis días fueron entonces de solaz y jolgorio, pues la sangre me corría otra vez y, llevado por los aires, los pulmones se me llenaban con la sana brisa de las alturas: sintiéndome vivo, tenía ánimos para jugar con ella: cazábamos, explorábamos su territorio y, con alguna frecuencia, incursionábamos en lo desconocido, donde era común encontrarnos congéneres suyos y míos, a quienes hacíamos alguna trastada más o menos inofensiva aprovechando nuestra singular sociedad.
Pasábamos las tardes en pequeños menesteres que nos hacían la vida más amable y que solos, ella ni yo, podíamos realizar; por las noches, ella me sacaba el frío de los huesos y con él atenuaba el fuego de sus ojos. En las mañanas, cuando no salíamos de caza o a cualquier otra faena, veíamos pasar el mundo desde la boca de la caverna hasta que alguna necesidad nos distraía. Pero mi reserva de ímpetus comenzó a menguar: domesticado el ánimo, me fui volviendo sedentario.
Las primeras semanas de mi cambio de actitud ella lo toleró bien y salía sola cuando era preciso, sólo el tiempo preciso, mientras yo permanecía en la caverna enderezando lo derecho y limpiando lo barrido; después, fue inquietándose por mi pasividad. Llegó a darme suaves empellones con las alas y el hocico para invitarme a acompañarla, lo que hacía en ocasiones sí y en otras no... Un día, ni las bocanadas de aire sorbidas al volar sobre su espalda me encendieron el ánimo. Lo suyo era hambre –sé ahora– y en mí ya no había vida para dar, si no era a costa de mi existencia.
Así comenzó la desavenencia, hija de su desesperación y mi pasividad, que ultimadamente me costó uno y dos y no sé cuántos revolcones por el suelo de la caverna y sus inmediaciones, entre rugidos, humo y polvo, hasta que en el último caí dentro de una grieta donde ella no me pudo alcanzar, y qué bueno por los dos: si en su ira hubiera dando cuenta de mí, ambos nos habríamos extinguido como pabilos.
Y como pabilo titilante quedé, escuchando sus rugidos durante horas, semiinconsciente, dudoso entre salir y echarme entre sus garras o quedarme ahí, hasta que la fatiga me cerró ojos y oídos. Quizá el silencio me despertó, o a la liviandad del aire conforme el humo se disolvía; o que la ausencia de su cuerpo dejó entrar la luz hasta mi rincón... Luego de unas horas volví a caer en el sopor, y en duermevelas como de fiebre pasé ahí días y noches, sintiendo cómo volvía ella a asegurarse que yo siguiera vivo.
Al cabo, pasó un día entero con su noche sin que ella se hiciera sentir. Intuí entonces que se había puesto a la caza de un alma nueva; sintiendo que ya no absorbía más vida de mis apabullados huesos, tuve claridad para darme cuenta qué era lo que nos había unido y luego separado.
Sintiéndome con fuerza para salir, tropecé cuestabajo hasta un arroyo, donde bebí y me lavé. Ahí redescubrí el brillo de la luz sobre las cosas cuando son vistas de cerca; aspiré el olor a tierra y hojas que sólo se siente cerca del suelo; recordé mi naturaleza... y volví a los míos.

Julio 14-20 de 2003


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