20120314

La leyenda de los Cuatro Rumbos (i)


Antes de la Ciudad en Centro del Mundo, extinta hace tanto que ninguna de las cuatrocientas lenguas conserva su nombre; antes de las Cuatro Lenguas Madre que hablaban los hombres al marchar hacia los extremos de la Tierra; antes incluso de la Lengua Original, comunicada por el Dios Primigenio a nuestros Ancestros, no existió sino un infinito rencor.

Era la lucha omnipresente del Tiempo contra la Eternidad, del Infinito contra lo Minúsculo; lo Etéreo contra lo Corpóreo.
Esto lo dicen y rebaten entre sí los herederos de los Cuatro Patriarcas, ahora multiplicados en incontables credos y tradiciones debido a los frecuentes disensos y sincretismos, que ahijan a cada paso nuevas interpretaciones de las Cuatro Doctrinas y cómo entiende cada una el ser los Cuatro Dioses, engendrados en la autoinmolación del Dios Primigenio en aras de lo que Él creó.
Si algo quisiéramos sacar en claro, en medio de la turbamulta de Concilios que intentan reunir desde hace siglos a la gente de cada uno de los Cuatro Rumbos y del mundo, es que cuando se fundó la Ciudad ya existían los hombres, y que ya habían alcanzado cierta comprensión de sí mismos, de lo ínfimo y lo supremo; quizá –o sin duda– superior a la que ahora tenemos, pues aunque el deseo expreso del Único Dios los impulsó a edificar la urbe –lo que por sí solo dice mucho de ellos–, fueron manos humanas las que cortaron, acarrearon y ensamblaron cada piedra del Templo y de todos los edificios, y fueron humanos los ojos que atestiguaron cómo, concentrándose desde todo el Universo en una hoguera y un grito de dolor, sobre el Altar del Centro del Mundo, el Creador de todo lo que existe se sacrificó por el reinado de la paz entre sus fieles, dividiendo su omnipotencia en cuatro emanaciones que parecían repelerse unas a otras –según algunas tradiciones–, llevándose cada una sendas fracciones de la humanidad enfrentada –dicen otros–, dando a cada una tierra y luz propios, en nada menor una de otra para no suscitar la codicia.
También queda claro, al menos para la mayoría de los grandes teólogos de hoy, que el Principio del Universo es el rencor, o por lo menos la lucha, y afirma que queda demostrado, más allá de interpretaciones particulares, por la Suprema Autoinmolación, de la que hicieron memorial, cada uno a su manera, los Cuatro Últimos Patriarcas cuando se reunieron en las ruinas de la Ciudad, alrededor del Altar, al final de la Segunda Edad o el principio de la Tercera, según los distintos calendarios (la Primera se determinó claramente concluida precisamente el el Gran Sacrificio del Único, pero nadie se atreve a aventurar opiniones de cuándo inició).
Si los herejes que afirman que el Principio es la Nada –dicen los teólogos–, o los que adoran al Amor –recalcan– tuvieran razón, en vez de inmolarse y disgregar su Omnipotencia, el Dios Primordial hubiera, según el caso, desaparecido el Universo entero, o hubiera reconciliado a sus adoradores en el tedio de la paz perfecta por toda la eternidad, o al menos hasta el día por Él marcado como el último del tiempo.
Pero no fue así: llamó a los hombres a rumbos distintos, lejos de la Ciudad y al Altar, dividiendo su Sagrada Esencia para mantenerlos apartados en cuatro razas, hasta que encuentren por sí mismos una nueva armonía.
Los más radicales llegan a afirmar que, visto así, el Único tampoco fue por necesidad el Supremo, sino sólo la condensación de un Gran Caos en el que al fin convergieron todas las fuerzas intangibles: así como al encontrarse fuego, aire, agua y tierra, en vez de extinguirse uno al otro, dan cuerpo y sustancia a la roca; de todo lo cual los hombres hemos aprendido a hacer el más sagrado de nuestros materiales, que como el Dios Original y sus Cuatro Hijos, nos abriga y defiende, nos da identidad y define nuestro espacio: el ladrillo.






Del cuaderno de originales, abril 09 de 2003


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