20120418

Riders in the Storm


Estás adentro, adentro; tu rostro es azul nocturno, tus dedos escarcha en mi entrepierna; duermes tus olores bajo mi pelo (dentro, en Ávila, mataron a mi hermano... Dentro).  

No escucho, no escucho. Sólo veo tu rostro azul-nocturno, siento tus dedos como la escarcha en las ventanas, sin el sol que tú conoces; agito el color de tu cuerpo entre el sudor de mi cabeza (yo hubiera querido escribir eso, igual que infinitos poemas de infinitos hombres) y no sé dónde hay pausas para respirar, dónde las cortinas se mueven para refrescar mis senos (sin embargo, sé que hubiera querido escribirlos porque un libro me los mostró). Dentro, dentro, en el sonido apresurado de las sirenas, la cantilena de mis jadeos (¿Qué es dentro? ¿Así como estoy bajo un cielo y un techo y sobre una mujer que mañana estará donde mismo, esperando una mano que le busque el sexo bajo la mesa?) inexpertos, apresurados, azules como tu rostro húmedo que se apoya en mi hombro y me saca tizones del vientre; duros como tus manos de invierno apoyadas no sé dónde y que me hieren toda (mañana estaré fijo en la silla pensando qué canijos poner con las teclas; recordaré este cuerpo rígido que todavía no gime ni abre los ojos grandes, verdes, fijos en el techo. Querré escribir esto como siempre; el universo descubierto en tres segundos y el estallido en mi cabeza, el último espasmo); dentro, hasta el dolor si quieres, con tu rostro húmedo azul-nocturno de ojos entrecerrados; dentro tú, sonriente bajo las luces y de ojos tristes cuando se clavan en mi escote, como tus dedos rastreándome el muslo hasta encontrar el suspiro y la humedad incontenibles bajo mi ropa, la que te atrajo hasta mi silla de cada semana y cada año y su verano (dentro: aire que dice seis letras, lugar de quienes no podemos cargar al cielo, lugar metido en otro, como ella frente al escenario, detrás de la puerta, bajo las lámparas del techo; encerrada, con sus pupilas verdes y sus palabras saliendo difíciles, lento, por su boca, también dentro: ¿qué es dentro?). Dentro, dentro, inside: tu piel nocturna de animal fantástico fascinándome sin pausas, sin tiempo de escuchar el reloj ni el machacar de la cama; azul-nocturno tu rostro, tus ojos indecibles entrecerrados; tu pelo punzando en mi hombro, tu cuerpo sostenido en mis pezones (el cielo me asusta, no puede sostenerme el peso; ella comienza a abrir los ojos y su pupila me absorbe, las sienes palpitan; entro a sus ojos: dentro, dentro)... You’re burning my breasts, your iced hands are everywhere, I see them as if I had eyes all over my skin. Nightmare your face; te hablo, te hablo, siento mi voz dentro y atrapada, el eco que no respondes, sólo cama sirenas cortina piel fantástica que me hunden en tus ojos (en Ávila... Dentro. Dentro. Su voz no puede hablarme nada mío, siempre que la tome y conduzca será así, estoy dentro de una mujer que no pertenece a estas calles). No hablas, no escuchas, deeper inside, until pain inside my hips, me, me. What’s me? What can my soul be? Inside, until pain if you want, inside, dentro, aunque mis piernas no te puedan retener más tiempo, tu rostro sea más oscuro, la tormenta te golpee con la cortina: dentro; no mires más que mis ojos; la escarcha de tus dedos me espanta, tu mirada oscura me deshace, me roba (apenas tres risas para convencerla, sabe que se largará pronto a sus rascacielos y cielos azules mientras yo estaré inmóvil, desnudo frente a la máquina buscando su sexo, recordando sus pezones abiertos a mis ojos, sin extrañar los suyos color de muerte); hace mi voz inaudible mientras martillas mi cuerpo con ferocidad de montaña desierto pirámide; me haces prometa no olvidarte nombrarte, no escribir pensar en más placer que el tuyo, violencia oscura que me gotea en el cuello; me ahogo, quiero prolongar esta danza contigo dentro, que no termine, que no salgas, que la cortina sea noche perpetua en la ventana (es un ser ajeno, busca en mí las fiebres que sólo encuentra en sus otoños, me revienta las sienes, balbuce mis tres segundos de eternidad) dentro, dentro, dentro, más allá de lo que hemos podido, hasta mi explosión (ya no puedo mucho, apenas gritar y salir de ella, quedar con la espalda en las sábanas) y mi carne macerada, aferrarme a que sea eterno (pero quedar dentro de algo, siempre dentro: el cuarto) este placer y este dolor y el aire fresco en mis senos; tu frente en mi hombro, mi boca (la casa, la ciudad); mira: el infierno (es igual al cielo), es igual que estar vivos (como una muerte que no nos deja en paz), como este último jadeo en que aspiro el recuerdo (o el espasmo que me abre los ojos) para correrme del paraíso inmediatamente; dentro de nuevo, del infierno (salir a donde mataron a mi hermano), las calles, el viaje de regreso, el espejo sucio sobre mi cabeza...

A Ramón Fernández-Larrea, desde nuestra antigua y venerada complicidad en la Palabra.
A Moisés Venegas, en el júbilo que dan las nuevas amistades.  
De Tras los ojos. Edición de autor, Guadalajara 1997, p. 29.




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