20121118

De latón


Después de lo pasado, lo apropiado, lo perdido. Del éxito aparente y del fracaso evidente. Cuando parecía que el futuro sería una continuación hasta la muerte de ese hoy, hace diez años: entonces llegaron nuevos amigos, una nueva familia, llegó ella. Llegó la redención.

A Norma.

El latón, esa aleación de cobre y zinc, no es en modo alguno el más humilde de los materiales, aunque tampoco el de timbre más suave, el de mayor tenacidad ni nobleza. Es, solamente, una metáfora de lo que dos seres, débiles por sí mismos, solitarios, consiguen cuando funden sus destinos en uno.
Este material es muy gentil cuando se le trata bien. Conserva durante más años que los vividos por el ser humano, las cosas que para el humano son importantes y, bien tratado, en su humildad tiene agradable apariencia. Pero no resiste golpes, abandono ni excesos. Por eso es, también, buena representación de cuanto significan diez años en la vida de dos personas que, como los humildes metales que le dan materia, unen sus debilidades (soledades) en una nueva fortaleza: el amor.
El amor es, para dos que se unen, lo que el horno para dos metales que se funden y alean: primero sólo se siente la calidez, luego el ardor. Después, la gradual desidentificación de cada uno de los elementos, que van buscándose, reconociéndose en el otro, reconociendo la naturaleza del otro. Luego comienzan a integrarse en una sola realidad, distinta de las dos naturalezas individuales, pero inexistente sin ellas. Por fin, cuando parecen inseparables y el fuego comienza a menguar, los metales sienten la nostalgia de lo que fueron antes de ser una misma materia; se vuelven inestables, tienden a separarse aunque de hecho no volverían a ser metales puros. Si los dejara así el artesano, no podría recuperar el cobre del principio, ni el zinc; sólo tendría pepitas inútiles de metales contaminados. Entonces aplica fuerza con el mazo y agrega un catalizador, una sustancia extraña, que vuelve a amalgamarlos de tal manera, que no podrán separarse sin intervención de una ingente energía venida de fuera.
Después de moldeada, la hoja de latón tiene nuevas propiedades: un brillo suave, muy fácil de ensuciar si se le trata mal, y preservar lo que se ha depositado en ella. Sólo eso puede hacer bien, y lo hace excelente. No hará buenas campanas ni vigas; nadie pensará en usarla para hacer joyas ni monedas; ni cuchillos ni espadas ni escudos... Como los cofrecillos de latón, la relación de un hombre y una mujer a partir de los diez años manifiesta su naturaleza una y única: preservar el tesoro heredado de sus mayores; la integridad y pureza de los hijos.
Y qué difícil es llegar a esta etapa. El calor como quiera se disfruta, pero pocos pueden en estos días resistir la etapa del enfriamiento, pocos reconocen –y menos aprecian– el «catalizador» que representan los hijos, las responsabilidades comunitarias, laborales y domésticas. Y qué doloroso es el golpe del mazo de Dios: se vuelve temible en la mano de la Providencia esa mole de tentaciones, celos, apreturas económicas, suegros, cuñados, viejas amistades, antiguos amores que llaman a la puerta, rencores de siempre.
No sé cómo he llegado hasta aquí. Soy el más vil y fusible de los metales. No se debe a mi voluntad, fortaleza, caridad ni humildad: son escasas, menguadas, peor que imperfectas. Si fuera sólo por mi naturaleza, no  estaríamos hablando hoy de los diez años transcurridos ya desde noviembre 20 de 2002.
Así que sólo puedo postrarme ante la Providencia y agradecer. Dar gracias por Edgardo y por Inés; por el tabachín y la jacaranda; por los paseos en motocicleta y los días de pesca; por los nuevos amigos, los nuevos familiares que cada año son menos nuevos y más cercanos. Por las misas de domingo y las fatigas de los sábados; por la canasta de calcetines y las sábanas tendidas al sol. Por los gatos, por los niños que vienen a jugar. Gracias por Norma y por la familia que el Señor nos ha encomendado preservar, hasta que sea la hora de entregársela. Sólo puedo pedirle a Él que me conceda la dedicación y cuidado necesarios para mantener este brillo delicado, sutil, que merece el tesoro guardado dentro.



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