20130305

Dos instantes


1. Despertar 


Solamente muero los domingos 
y los lunes ya me siento bien. 
Charly García

Abro los ojos. Muy despacio, para que no escape esa mujer que amo en el sueño. Despacio, porque ella es joven, apenas vista, y el encendido cabello la vuelve fugitiva.
Y escapa. Y siento en mis labios un vacío que no es su boca ni su mano, y en mi frente reverbera el frío de la mañana, después de la cobija y su cabello. Y tengo un desasosiego triste, y veo el techo, la pared, los reflejos del día en la ventana. Y sé que estoy muerto. No: que quizá deseo morir, y tengo miedo al tedio que me acecha.
Este día es frío. ¿Cómo habría de ser si no? Ella escapó a pesar de todo mi cuidado, y estoy solo, y es temprano y sólo hay gorriones en el aire. Y suspiro. De tristeza y de recuerdo. De vacío. Suspiro y escucho el eco libre en mi vacío.
Miro el techo y siento gotas tibias por mi cara, y sé que no son lágrimas. Qué tristeza. Y qué triste no estar triste sino solo, el día largo por delante, y esa mujer menuda y sonriente no sé dónde (tal vez en el parque, en el café...), con su sonrisa que no puedo recordar completa.
La cortina se mece. Me estremezco. Tarareo y estoy enronquecido. Y no tengo más que sentarme en la cama, toser un poco y suspirar: qué largo día, Dios mío, y sólo hay gorriones allá afuera, y ella se remueve un poco, se cubre la cabeza y sólo gruñe por buenos días. Y la amo tan de veras, Dios mío, que no resisto meterme tras la sábana y acariciar su espalda: la mujer que amo en la vigilia.


2. La aparición


Ay mariposa,
tú eres el alma
de los guerreros
que aman y cantan
y eres el nuevo
ser que se asoma
por mi garganta.
Silvio Rodríguez

En el medio del día, aparece: enorme, tenue, blanca y oscilante: de pronto el papel del viento sobre el verde, moraleja de una fiebre hace tres días. Justo a medio camino entre el sol y el verde, del verde al concreto, al infinito que es el punto de fugas.
Aparece y pudiera ser el barniz de una hoja, alucinación conjurada por compresas hace tres días, el pañuelo agitado con que se despide la mañana.
Está de pronto, vive diez segundos y es inevitable recordar al viejo Zitarrosa: «No era mariposa nacida para eso, era mariposa y nada más...»
En el medio de su blancura, el silencio que es toda aparición. Y el mundo de canciones y palabras que, sin saber, cayó a tiempo, profecía del instante.




De la columna «El Diario Mundo», 1998.


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