20130805

La leyenda de los Cuatro Rumbos (ii)


Cuáles fueran las fuerzas que se originaron, nadie se ha atrevido a asegurarlo, pero dado que, al inmolarse, el Dios Único se proyectó en cuatro emanaciones, los teólogos conjeturan que fueron dos y dos, es decir, opuestas en su naturaleza individual a la vez que complementarias como totalidad. De la misma manera, se han asociado virtudes y temperamentos característicos a los hombres que siguieron el aura de cada Dios, poblando así los cuatro Rumbos de la Tierra. 

En nuestras más antiguas tradiciones se asocia a cada Dios emanado del Supremo Sacrificio con uno de los entonces llamados ‘elementos’; aunque ahora sabemos que, en realidad, los elementos son materiales más sutiles, creados por la inteligencia del Dios Original amasando en proporciones distintas fuego, aire, agua y tierra. De esta comprensión más nueva y exacta, los sabios actuales especulan que cada Hijo no es una emanación de fuerza pura, sino que lleva en sí participación de sus Sacratísimos Hermanos, y ésa es la razón por la que no partió cada uno en direcciones divergentes hasta el infinito, desgarrando el universo, sino que se mantienen unidos más acá del límite donde la existencia es posible.
En nuestra humana y limitada comprensión, cada Dios se ha asociado con uno de los símbolos elementales, y con él, cada raza se caracteriza por su particular genio y habilidades, gustos y valores, rasgos físicos y morales. De este modo, aunque cada uno de los cuatro Rumbos es dotado por la Providencia de su Dios Tutelar de los dones necesarios, las razas prefieren seguir modos de vida diferentes.

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Así, los hombres brunos del Occidente prefieren los yermos, las grutas y las artes del fuego: son buenos herreros, aunque concentren su habilidad en forjar útiles bélicos, y de su comercio con otros Rumbos obtienen vestidos y alimentos, igual que con su alfarería. También hay entre ellos buenos orfebres. Los pocos que cultivan la tierra en vez de excavarla, cosechan frutos y hierbas de gusto árido y virtudes singulares, empleados para destilar licores y remedios que inflaman la garganta y el corazón.
Es gente rápida para la ira y el amor; lenta para olvidar las ofensas y los favores; de lealtad inquebrantable y por ello muy apreciada en los ejércitos y guardias de los demás Rumbos, donde los migrantes y descendientes de esta raza llegan a las mas altas jerarquías aunque permanecen ahí poco tiempo: su ánimo los hace cansarse pronto de decidir sin hacer por sí mismos, y su tendencia al rigor los hace difíciles de sobrellevar para sus subalternos.
Se conoce a este pueblo como la raza bruna, por el color que adquiere su piel entre los hornos y el calor de las entrañas de la tierra, y sus ojos comúnmente de color oscuro. Los varones son vigorosos, anchos de espalda, amigos de las ropas cortas y ligeras; las mujeres, menos prestas que ellos a caer en pasiones, pero igual de memoriosas y leales. Una vez encendido en ellas el fuego del amor o la ira, sin embargo, arden con más violencia que los hombres. No pocas leyendas del Occidente recogen hazañas bélicas protagonizadas por heroínas.
De jóvenes, los occidentales son magros como las hierbas del yermo, con miradas profundas como las grutas. Maduros, son algo rollizos y las virtudes de la raza se les vuelven hacia adentro, como la brasa inextinguible que en el fondo del horno licua el metal. No es extraño que entre los pueblos del Occidente haya mayoría de matriarcas, aunque por tradición común a los Cuatro Rumbos, sean varones quienes figuran en los puestos públicos y la jerarquía religiosa. Los ministros del Dios del Occidente están sujetos a estrictísimo celibato.


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En el Este, la gente es claramente distinta de los brunos: blanca de piel, más bien esbelta sin llegar a la delgadez de la raza del viento; apacible sin llegar a la inmovilidad que aqueja al pueblo de la tierra. Los orientales son muy afectos a los cauces y los bosques, de modo que cuenta pocas ciudades de renombre, y éstas están pródigamente arboladas, con numerosas fuentes y estanques.
Esta raza gusta mucho del brillo líquido que dan a sus gemas los artesanos del Occidente, así que las intercambian por madera fina de sus bosques, convertida en muebles muy durables aunque de artesanía más bien sencilla, como en general todas las expresiones de esta gente, muy cantora pero de cantares simples. Más dada a decir que a hacer, es la que mejor conserva la historia del mundo y la ciencia de las edades pasadas, recitadas de memoria y transmitidas entre generaciones mediante extensos poemas, cantos y cuentos de lenguaje directo pero no desprovisto de belleza. Si un defecto tiene fundamento entre los muchos que se le atribuyen, es la pereza para vaciar este enorme conocimiento en palabras escritas.
Enemigo de la guerra, el pueblo del agua ha atestiguado en sus ciudades y villas numerosas reconciliaciones entre las demás razas. Alegre y danzarín, no tiene reparo en que varones y doncellas den su amor con prodigalidad a propios y visitantes, o que incluso compartan su corazón con más de uno. Son muchos los que desconocen alegremente el nombre de su padre, de modo que se identifican por la ascendencia materna.
Aunque muchos digan que aquí es la tierra de la anarquía, el jolgorio y la promiscuidad, los hombres y mujeres del agua han demostrado a lo largo de los siglos que la garantía de su paz y prosperidad reside en la sencillez de leyes y costumbres, y que no hay política más efectiva que le apegada al orden de la naturaleza.
Aquí, las relaciones de comercio y entre la gente fluyen como las fuentes y canales: constantes, invariables. Si algo cambia, es para recuperar el ritmo alterado por una intervención externa; a la muerte de un jerarca lo sucede quien lo sigue en la línea de autoridad, sin que nadie cuestione sus méritos.

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En cuanto a disciplina y método, a elaborar grandes compendios de leyes y ciencias, quienes destacan son los hombres del Norte. Éstos son enemigos tanto del arduo trabajo manual como de la ociosidad, así que sus logros más prominentes son los intelectuales. En sus ciudades perfectamente ordenadas, de calles rectas y escuadradas, abundan escuelas superiores de todas las ciencias, alternadas con bibliotecas y escritorios. 
Es de lo más frecuente encontrar en ellas a los futuros legistas, clérigos y comerciantes de todos los Rumbos, instruyéndose; así como a los agricultores de algún haber y los artistas, quienes son llamados a dictar sus conocimientos en los escritorios y estudios, para que pervivan compilados en grandes volúmenes y excelentes academias, a cambio de llevar técnicas y saberes nuevos a su lugar de origen.
Esta gente es tan austera y recatada en el vivir, como la del agua es ruidosa y carnal; tan dedicada a los monumentos de imponente sobriedad, como la del fuego lo es a excavar la tierra y guerrear sobre el yermo. Pero con quien tiene su mayor diferencia es con la raza de la tierra, cuya rusticidad encuentra insultante, aunque se guarda de expresarlo por la gran dependencia que tiene de sus cosechas y ganados.
La raza del aire es desdeñosa, a pesar de su falta de cualidades físicas, artísticas y técnicas. Finca su orgullo sobre la extraordinaria capacidad que el Dios del Norte le hado para comprender, abstraer y filosofar: las grandes máquinas que optiman el esfuerzo de los hombres del Occidente y el Sur, en las más diversas actividades, es seguro que fueron concebidas por un sabio del Norte, aunque nadie ahí estuviera dispuesto a construirlas. Los mayores aciertos teológicos de las cuatro grandes religiones, se atribuyen a clérigos del Norte, aunque nunca las hayan profesado; las más hermosas melodías y los instrumentos con que mejor se ejecutan, es muy probable que provengan del Norte, aunque en lo público y en privado esta raza e comporte con excesiva parsimonia, silencio y solemnidad.
No es de sorprender que el Rumbo del Norte, el Pueblo del Aire, sea el más fecundo en legislaciones y cánones para normar toda clase de actividades, y el más prolífico en penas graduadas para castigar desde la menor falta al mayor crimen imaginables, aunque sea donde se desempeñan menos oficios y menos se delinque.

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Del pueblo de la tierra, el Rumbo del Sur, no hay nada que decir que no digan los hombres de los otros Rumbos. Es como una raza de bestias.





Del cuaderno de originales, abril 13 de 2003


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