20130906

Algo así como el final (i)


¿Qué te cuento mientras me aburro una enormidad durante una eternidad? Pues que soy hombre, varón, como todos los protagonistas de esas historias, o al menos las que conozco. Igual que ellos, antes de hallarme aquí intenté hacerme una vida; ya sabes: carrera, esposa, hijos, una casita de tres recámaras y una mascota insidiosa, que en mi caso hace muchos años dejó de ser un perro. 

Goodness is something chosen. When a man cannot choose he ceases to be a man (Anthony Burgess).

Lo que mejor me funcionó fueron los gatos, pero también intenté con peces, roedores, patos y hasta árboles. En cuanto a lo demás, si has visto o leído algunas de esas historias que digo, ya sabes que fue un desastre; de lo primero a lo último. Pero no por eso me considero un fracasado ni ninguno de sus sinónimos de moda.
La carrera, la ejercí, y bastante. Desde antes de entrar a la universidad ya estaba trabajando en el área, aunque nunca aprendí –y por lo visto, ni aprenderé– a crear antigüedad en ningún lado; ya ves: «piedra que rueda no cría moho». Yendo de aquí para allá, de un periódico amarillista a la oficina de prensa de la policía; de una dependencia de gobierno a otra de la iglesia; capoteando las malas épocas frente a grupos de adolescentes que no daban un clavo por los choros que tenían que aguantar sentados frente a la cátedra, aprendí muchas cosas; sobre todo, a cotizar bien mi currículum, porque en este mundo trastornado en que nos tocó vivir, para conseguir trabajo de articulista hay que mostrar un portafolio de fotografías, y para hacerla como fotógrafo hay que cocinar buen tempanyaqui... Para qué te digo más si ya sabes.
Recuerdo, por ejemplo, la foto que le tomé a un par de pendejos –él y ella– bien orgullosotes con playeras que decían respectivamente I’m his y  I’m hers, pero invertidas porque ni idea tenían del inglés; o de un díptico muy mamón en blanco y negro que titulé «Algo así como el final» y «Algo así como el principio», y no faltó uno peor que yo que me lo compró con todo y negativos: era sólo una casa casi en ruinas, pero en una de las imágenes, frente a la puerta, estaba parada una viejita arrugada como pasita, con rebozo y canasta de mandado, y en la otra estaba su nieta, una niña chamagosa «con la blusa jalada hasta la oreja y la falda bajada hasta el huesito».
Por supuesto, lo mío no era la cámara, tampoco los cucharones y cacerolas. Pero son muy efectivos para impresionar; de eso da fe mi historial de ex mujeres, aunque una o dos quizá prefieran hablarte de mis supuestas habilidades con la guitarra o la computadora, que tampoco era lo mío... Ya ves, este mundo atrabancado lo lleva a uno por el lado contrario al que uno planea, para dejarlo en el mismo punto al que quería llegar.
Quienes me conocieron en pleno ejercicio periodístico te dirán que era buen fotógrafo o infografista, por más que me encabronaran esas consideraciones; las mujeres que pasaron por mi vida te dirán que fui buen amante o cocinero, pero no buen marido. Y de mi hijos, dicen que soy un padre con vocación de padrastro, aunque mis hijastros afirman lo contrario: algunos de los que yo engendré no pueden verme ni en pintura, mientras los que venían «incluidos en el paquete» –estoy seguro– no olvidarán rezar por la salvación de mi pobre alma.
La casa, bueno: la primera terminó embargada, la segunda, se la pelearon casi a muerte dos de mis ex esposas, hasta que en un golpe maestro la convertí en dinero y la repartí equitativamente entre todos mis hijos e hijastros mediante un fideicomiso y ahí van recibiendo su parte conforme llegan a la mayoría de edad. Por último, cuando al fin me resigné a que la vida conyugal tampoco era lo mío, hice un ahorrito para mandarme construir un centro de esparcimiento personal, con un estéreo y una fonoteca como jamás pude tenerlos habiendo niños cerca; una biblio-hemeroteca chiquita pero con lo necesario para mi trabajo y mi diversión, y una fototeca distribuida por todas las paredes, excepto las del baño y la cocina, con tomas de fotógrafos de verdad, en su mayoría robadas, encontradas o tracaleadas.
Sí, la casa tiene tres recámaras, pero una está acondicionada para mis gatos; otra es para las visitas –ordinariamente, mis hijastros–, compartida con la televisión –que nunca me ha gustado mucho–, y la tercera es territorio exclusivamente mío; ahí sólo entran la sirvienta y las amiguitas que me pierden el miedo, pero nomás por un ratito.
Curiosamente, tampoco la pingaloca es lo mío; quiero decir, la carne, la lujuria. Si no fuera porque la vida está vuelta de cabeza y a las mujeres le fascina meterse con neuróticos para tener alguien a quién odiar, yo sería más casto que un cartujo. Pero «ruegos quebrantan peñas» y «al hombre se le conquista por el estómago». Y no sé si soy muy pusilánime o mi estómago un facilote.
...Pero estábamos en lo de la casa con tres recámaras y toda esa madre, ¿no?, la última. Ésa es mía con todo lo que tiene adentro, y como dudo mucho que la arquitectura, los gatos, los discos, fotos, libros o revistas sean del agrado de alguien más, así en paquete, todo lo tengo repartido en mi testamento a personas que tratarán bien mis cositas y mis animalitos. El destino de la finca es lo que más me preocupó; no quería que ocurriera lo mismo que con las anteriores. Así que recorté del directorio telefónico todas las organizaciones benéficas, metí los papelitos a la licuadora, y el que salió entero fue el afortunado.
Los gatos y sus certificados de pedigrí son para el veterinario que los mantiene alineados y balanceados; siempre quiso poner un criadero en muy pendejo, como si en este país le importaran esos animales fuera de él y de mí.
Y lo demás, que monta muy poco (los utensilios de cocina, el equipo fotográfico y de reportero), se queda con los vecinos, particularmente con un muchacho inocentón que quedó huérfano hace unos meses y me admira como a un padre. Pobre güey, hasta quiere ser como yo.

***

...Traté de hacerme una vida, muy al American way como dicen, pero el hecho es que eso de la esposa, los hijos y etcéteras viene de antes y de otro lugar. Nuestra civilización materialista no fue creada por los gringos, es sólo la rebaba de otras civilizaciones materialistas que por algo se acabaron, ¿no crees?
No sé a quién se le ocurrió la idea de que proliferar echando al mundo hijos, obras o cosas era el secreto de la felicidad; tampoco tengo idea de cómo se propagó esa estupidez entre la gente sensata hasta volverla pendeja, y con ello al mundo entero. Menos aún, a quién se le ocurrió que la neta de la neta de la felicidad, era propagarse en la inmortalidad.
No creas que esto se me está ocurriendo aquí y ahora nomás porque no tengo otra que estar aquí y así. Esto lo venía pensando desde hace mucho tiempo, quizá desde el momento mismo en que para darle la suave al mundo elegí una carrera, comencé a chambear como orate hiperactivo, busqué una mujer y una casita con tres recámaras para dedicarme a sembrar hijos y cosechar éxitos, o al menos intentarlo.
Eso de propagarse me gusta para los conejos, y los gatos que se comen a los conejos, y las plantitas que se fertilizan con los cadáveres de los gatos, y los conejos que se comen a las plantitas, etcétera etcétera. Pero una vez que opté por darle a «la vida» por su lado, no tuve de otra que hacer todo eso que no me gusta hacer, excepto follar, comer bueno y escuchar música de verdad. El colmo es que para darme mis gustos tuve que meterme a güevo al juego absurdo de proliferar, y vaya que jugué bien.
Desde que tuve uso de conciencia, estuve jugando a «hacerme una vida» como la que los demás llaman ‘vida’. Ése es el altísimo precio que pagué por hacerme mi vida, una vida secreta en la que sólo cabía yo y en la que cada vez sufría más invasiones, y en la que cada vez toleraba menos que alguien se metiera, porque ultimadamente, para los actos casi sacramentales de mi vida, dependía de las actividades forzosas de la otra vida, ésa de tener un hijo, plantar un árbol y escribir un puto libro. Lo del libro me faltó, pero te aseguro que ya llegará el desmañanado que recopile cuantapendejada he publicado, y ten la certeza que no dejaría de hacerlo ni sabiendo el asco que me provoca la idea.
Porque lo mío no es proliferar, nunca lo fue. Simplemente ocurrió, por inercia, como ocurre todo lo que significa «hacerse una vida» en este mundo enrevesado. Todo eso tiene qué ver únicamente con la idea generalizada y fundamental sobre la que se justifica nuestra civilización. Y ¿sabes qué? No soy el único. Todos estamos jugando el mismo juego pendejo de «hacernos una vida» para pagarnos así la verdadera vida; la diferencia es que casi nadie se da cuenta y se va con el borrego de que basta con hacerse una carrera, tener una familia and all that shit, sin darse cuenta jamás de que la auténtica neta no está ahí, sino en la experiencia interior, en elevarte sobre todo eso; quiero decir, cuando lo importante no es la casita y los hijos y el árbol, sino tú mero, crecer hasta verte de tú a tú con el mundo y decirle: «No te necesito, quédate con tu infinito, tu eternidad y tus finales felices; me bastan mi chachito de carne y de tiempo para ser feliz».
Y ¿sabes? Precisamente de eso se trata el albedrío que tanto dicen y redicen los profetas de todos los credos y todas las herejías, y que tanto contradicen los hechos. Si te fijas bien, en esta dinámica babosa de «hacerse una vida» que nos meten desde que perdemos el cordón umbilical, nuestra libertad de elegir se reduce a fresa, vainilla o chocolate, es decir, qué eliges hacer para ganarte la papa, si quieres jardín al frente o detrás, si dos o tres recámaras, y cómo lo vas a pagar.
Los conceptos están pervertidos. Deberíamos decir «hago esto con la vida», no «hago esto para vivir»; seríamos en verdad libres y felices, porque siempre estaríamos conscientes de que sólo estamos matando el tiempo y llenando la pancita mientras realmente vivimos, y criaríamos hijos libres, ¿no crees? Porque no estaríamos jodiéndolos todo el tiempo con lo de la carrera, el carro y la casita, o lo del libro, el árbol y el hijo, que viene a ser la misma cosa.
El verdadero albedrío, la verdadera libertad, están en darle la espalda a all that shit, o al menos estar metido en ella pero con la conciencia de que es pura mierda y al cabo vale y valdrá menos que eso: valdrá nada de nada.
El albedrío es saber que puedes sacar la cabeza para respirar, o de plano convertirte uno que otro día en algo como una esponja o una planta que no necesita nada de eso para existir: quedarte viendo fotos chidas en tu centro de esparcimiento personal, follando, oyendo música de verdad o todo junto, pero con la conciencia muy clara de que eso es sólo un vehículo y también vendrá a valer un cero a la izquierda; no vaya a ser que te apañe como la chamba, cocinar todos los domingos o llevar en chinguiza los nenes a la escuela todas las jodidas mañanas, que precisamente por eso se vuelven jodidas.

***

A pesar de todo este rollo, sería una gran mentira decirte que no le agarré cariño a lo que hice y las personas con quienes lo hice; vale igual para his hijos que para las fotos colgadas de las paredes; mis reportajes lapidarios y las notas de opinión que pocas veces me publicaron firmadas; es más, hasta para la tele, aunque nomás la usaba para ver películas y muy de vez en cuando.
Por supuesto que no era igual con todos ni con todo; eso no sólo sería otra mentira sino una imperdonable promiscuidad emocional. Afortunadamente –al menos para mí–, nunca fui muy apegado a las cosas ni las personas, y si algún apego me quedara, creo que ya valió gorro, o quizá al revés, estaría desgarrándome de dolor y no aburriéndome tan campante. Creo haber dejado todo puesto para que nadie necesite de mí. Igual puedo seguir así y aquí, que volver a mis notas y entrevistas deshaciéndome la vida, quiero decir, ésa que uno tiene que hacerse a güevo, o largarme a vivir encuerado en el cerro de una buena vez.
Le tuve bastante cariño –así en pasado– a una de mis hijas; de la primera vez que estuve casado. Es la mayor de mis criaturas; sería por eso. También me causó mucho dolor, por supuesto. Debe estar pensando en una nueva manera de vengarse de mí por traerla a este mundo de orates y catatónicos. Si me pongo en sus zapatos, no sólo la disculpo sino que le echo porras, aunque también me preocupa que se haga daño. Ella siempre apuntó a mi mala conciencia, como si no supiera que eso se me perdió hace muchos años.
Como te digo, la comprendo. A ella le tocó sufrir todo mi aprendizaje como padre y como hombre. Si a alguien le prediqué de manera obsesiva y muy poco prudente en mi cruzada contra el «creced y multiplicaos», fue a ella, y en su tierna mente se formó la idea de que era pleito personal. Por supuesto que no la odiaba ni renegaba de su venida; sólo me daba mucha pena haberla traído a un mundo enrevesado y frustrante, sin saber cómo quitarme de encima ese materialismo obsesivo que entonces me estaba cobrando cuotas muy altas.
Lo que en mí ha sido mandar al cuerno todo lo que no es necesario en mi vida, en ella es odio a la vida, porque sólo ve la parte de afuera, la del trámite que debemos cumplir en nuestra estúpida in-civilización de checar tarjetas y cuidar los pesos para que nos deje vivir de verdad.
Para colmo, cuando el matrimonio valió madre, su ídem agarró la costumbre de proyectar en la chamaca todo lo mío que la hizo infeliz, sobre todo –y precisamente– que no hubiera sabido cuidar el dinero y defender el patrimonio, aunque en realidad nunca necesitó esa casa, porque en su familia sobraba quién le regalara una. Pero ya ves, así somos los seres humanos cuando se trata de joder a los demás.
El caso contrario fue uno de mis hijastros más baquetones. Quién sabe por qué me agarró un cariño enorme, al grado de llamarme ‘papá’ y pedirme permiso para llegar tarde. A él le tocaron circunstancias opuestas a las que vivió mi hija, sin casita ni tías alcahuetas ni un padre que se negreara todo el día para asegurarle un futuro, pagar la despensa y la hipoteca. Excepto el tiempo que vivimos como familia, él se la pasaba en la escuela o encargado con las vecinas, porque su madre tenía que sudar la gorda para llevar la papa. Pero era feliz el cabrón, muy creyente en dios y consagrado a servir al prójimo en los ratos que le dejaban la escuela y arreglar el desorden de su progenitora.

***

También sería injusto ponderar sobre las demás a alguna de las mujeres con quienes compartí mesa y cama; cada una tuvo algo distinto. Hubo algunas muy joviales, una primavera cualquier día del año; otras, profundas pensadoras y acérrimas enemigas de la falsedad. Algunas más, no tenían rival en algún talento, pero no tardaban en prestar demasiada atención a cómo «me hacía la vida».
Las relaciones más difíciles y breves, aunque también la más movidas, fueron con mujeres de más o menos mi misma edad. Pronto entendí que con ellas podía esperar emociones fuertes pero no estabilidad ni tranquilidad, porque siempre surgía el problema de qué entender por ‘vida’, ‘estable’ o ‘tranquila’, y mientras yo saltaba encuerado por toda la casa al son de la Música para los fuegos de artificio, ellas estaban frilanciando para completar el gasto o arreglando el changarro para recibir visitas.
Las más jóvenes, en cambio, siempre estaban dispuestas a que les abriera un poquito el mundo (de algo sirven los añitos que uno les lleva de ventaja) o, por el contrario, les importaba un pito lo que no/nbsp;fuera el ídem y todo el día se largaban a hacer sus cosas, sin quejarse de mi música, del desorden ni de nada.
Las mujeres algo mayores que yo, como ya tenían la vida hecha –o deshecha–, no estaban jodiendo todo el tiempo con la carrera, la casita, los hijos, la vacuna del perro y que se vea bonito el jardín. Por lo general eran geniales en la cocina, aunque algo lentas para todo lo demás. En mala hora me metí con maleta y malas costumbres bajo el techo de una de ellas: en el momento menos pensado dejó de verme como amante y comenzó a tratarme como hijo, jodiendo con todo eso de que viera por mi futuro y bla bla.

***

La cosa es que el placer también es parte del paquete, es la capsulita en la que el mundo te envuelve todas sus ocupaciones y preocupaciones pendejas para que te las tragues, y si ya te las tragaste, para que te dé pena vomitarlas. Ésa es una de las cosas que mi hija no ve: que el placer es parte del paquete.
Pero no soy un hedonista. La hedonista es esta in-civilización, y los que la crearon eran muy idiotas o muy putos: mucho Kant y Santo Tomás, que la vida es un deber y hay que ganarse el pan con el sudor de la frente y que la recta razón, pero en el fondo de todo siempre encuentras el cebo del placer: toda esa chinga de vida es para comprar una migaja de placer, pero nomás tantito y más al rato, cuando estés muerto, porque si te atascas en vida es pecado. El deber y el placer son la gasolina y el aceite que mantienen en marcha la maquinaria de la proliferación; si revisas las grandes religiones e ideologías, todas tienen como principio y fin la producción y la reproducción; lo único que cambia es la dosis de placer que prometen a sus prosélitos si se rompen bien el lomo y el tamaño de la culpa si se desvían de la meta de producción.
Pero como ya sabes, proliferar nunca fue lo mío, y si entendiste bien, comprendes que si no compré las obligaciones de proliferar, tampoco sus placeres. Cuidé de no atarme al sexo, como no lo hice a la música, la comida ni la fotografía; solamente los empleé como medios para gozar mejor mi vida, igual que usa uno el taxi para llegar a algún sitio con mayor comodidad que en el camión, pero igual podría ir a pie... Y prefiero ir a pie.
No, nunca fui precisamente nihilista ni hedonista. Fui catalogado, etiquetado y archivado con las denominaciones más absurdas y babosas, a veces hasta por mí mismo; igual intenté ser buen cristiano y creer en la vida eterna, que le dediqué sus épocas al pesimismo, el orientalismo y el existencialismo. Con lo que al cabo me quedé, luego del consumismo y el socialomismo, fue con el profundo e imbatible valemadrismo.

***

Y mira tú que de pronto me encuentro aquí, aburriéndome una enormidad durante una eternidad, procurando ocupar el tiempo, o esto que se parece al tiempo, en hablar o algo que se parece a hablar. No sé, y no me importa. Creí que me entraría un miedo enorme, como el que tuve durante mucho tiempo, o coraje, como también llegó a darme cuando pensaba que, en algún momento, todo lo que hiciera valdría nada. Pero no. Fue tan sencillo como cerrar los ojos y descubrirme aquí como si así hubiera sido siempre, y no la rutina de levantarse, limpiarse, vestirse, desayunar, etcétera; pensando en hacer bien el nudo de los zapatos o hacerse la vida, en chinga porque ya se hizo tarde.
Lo único que tengo más o menos claro es que volvía del periódico a pie, más o menos a las doce –estaban sonando las campanas– cuando vi demasiado cerca algo que parecía ser el frente de un minibús.






Del cuaderno de originales, agosto 01 de 2003


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