20131115

Once años en la forja


Como Ruy Díaz, que en la desgracia conservó la lealtad y aun en el exilio batalló por su rey; que si ausente guardó la honra de los suyos, ya vuelto al hogar fue devotísimo padre, marido, vasallo y señor hasta el sepulcro: así obliga el honor al hombre que elige formar una familia. 


Gritan socorro y dárselo quiero,

que oigo crujir el acero;
y si a los peligros voy
porque desgraciado soy,
también voy por caballero.
Duque de Rivas

Al consumar un decenio y un año en esta empresa, no por mérito –que ninguno tengo– sino sólo por gracia, pido al Señor de los Ejércitos que nunca nos despoje del escudo de la fidelidad ni la espada de la perseverancia, y que un día nos permita revestirnos con la cota de la santificación, para ser al fin guerreros dignos.
Once años en la vida de uno solo, son pocos. Pero en la mínima, preciosa sociedad fincada sobre un hombre y una mujer, tanto tiempo de forja igual entrega acero del más fino, que consume en ceniza el carbón de los vicios y el hierro de las virtudes.
Hemos llegado por fin a ese plazo. Ya dejamos en el horno lo más de las impurezas de la tentación, la rutina, las estrecheces y los metiches; purificamos la fidelidad, el amor y el respeto con que se forjan los escudos y espadas destinados a defender el honor. Se siente llegar otro tiempo: comienzan los infieles a amenazar la pureza de los hijos. Ya prueban sus uñas los usureros sobre el patrimonio, reunido con sudor y trabajo. Y mientras habituamos el cuerpo y el espíritu a las armas con que defenderemos hogar y progenie, el tiempo se ceba con nuestra energía e inteligencia.
No es la dignidad, no la valía propia, lo que convierte a un hombre en caballero, a una mujer en dama: es la elección, el espaldarazo del Señor. Si fuera por lo que uno solo acopia de virtud, nadie llegaría a peón siquiera. Es, por la elección misma, que uno ha de crecer en merecimientos, adiestrarse en las armas y merecer el título. Y si alguien es indigno, soy yo. Si alguien ha faltado, si ha fallado miserablemente en la encomienda, una y dos y muchas veces, soy yo. No merezco llegar al tiempo del acero, y sin embargo, corre prisa para dominarlo: los enemigos ya baten tambores, están casi a la puerta.
La nobleza no es una condición inmanente del humano, con la que se nace o no; ni privilegio que se recibe gratis en herencia o se compra con humillaciones –como creen los criollistas y los esnobs–. Es destino. Y es camino. Esta convicción me sostiene en el esfuerzo y me da esperanza de merecer las armas que esgrimo. Soy desgraciado, sí, pues me solté de la mano de la Gracia y así he errado por el mundo, muchas veces sin luz. Pero la Gracia misma me ha elegido campeón de mi dama, defensor de mi familia, cabeza de un hogar.
Dicen que los once años son el tiempo del acero. Mi dama y yo hemos recorrido, cada uno por su lado, los modernos caminos de la hidalguía; ella ganó en su tiempo el bordón ahorquillado, que para el propósito vale igual que la espada de los caballeros, y me acompañó en la brega por ganar la espada bicéfala de los oficiales. Así que sabemos de qué se trata eso de acrecentar el honor, de defenderlo, pero la hora de merecer la elección divina, apenas se atisba. Antes era una campaña personal, no sabíamos cuánto más grave y ardua se torna cuando se hace por otros, que al cabo se sienten como uno mismo.
Nuestros hijos nacieron y han crecido como escuderos, y saben por propia vista lo que cuesta merecer el mote de ‘don’; saben que todo lo verdaderamente bueno se logra con dedicación y esfuerzo, que nada de lo que realmente vale se obtiene gratuitamente ni se recibe como dádiva. Los hemos preparado para que, cada uno a su tiempo, pueda alzar la frente y la diestra para jurar, por su honor, que hará cuanto de sí dependa para cumplir sus deberes ante Dios y la Patria.
Pero esto se ve muy poco ante la turba de la perversidad, la degradación, la miseria espiritual, y ve uno cómo los vástagos comienzan a andar solos en ese barrizal, y quisiera uno blandir la espada ahora mismo para apartar a los engendros que tientan sus almas. Pero los brazos no tienen ya el tono de la juventud, ni la agilidad. Y ellos, también, deben hacer sus correrías por el mundo, como uno las hizo y de ellas aprendió a distinguir el bien del mal y el amigo del traidor; de ellas es que se aprende el arte de la lucha.
Es el tiempo del acero, sí, y uno se siente inquieto, insuficiente, para alzar el escudo y blandir la espada. Sólo con la fuerza que viene de lo alto, sólo con la confianza de la fe. Así sea.

Nisi Dominus ædificaverit domum

in vanum laboraverunt qui ædificant eam.
Nisi Dominus custodierit civitatem
frustra vigilat qui custodit eam.
Psal 126, 1


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Sabiduría Pentathlónica