20140830

Idea de la ciudad


Dos ideas: el poeta y la ciudad. El poeta, según mi vieja y constante definición: hombre inmerso en y gozoso de su mundo, quien además comunica ese fervor. La ciudad: espacio en que se habita y sobrevive, que vive por el aliento de su gente y, además, lo perpetúa. 


En mi corazón habita la ciudad con sus niños,
tú y tres o cuatro señoras de mal genio.
Jesús de Loza Paiz

¿Quién es esta ciudad que no conozco?

¿Quién este enjambre donde me veo repetido,
atrapado por buscar a quien no hallo porque me busca?
Ricardo Castillo

El poeta es una ciudad. Quiero decir: en el poeta habita una ciudad con sus personajes y centros rituales propios, quizá similares a los que atestigua en la otra ciudad, la tangible y compartida, pero con reglas propias: quizá sólo introyecciones de ésta, pero al cabo imágenes propias, maleables según la propia voluntad u otra, más honda e imperativa, que han dado en llamar ‘subconsciente’, y con ello se le establece como la fundacional del individuo.
El poeta también habita esa ciudad del sueño –ensueño o pesadilla–; su esperanza y su guerra son ahí la ley; ahí exigen cumplimiento antes de aflorar en los actos que enmarca la otra ciudad, los que afectan a las gentes y los espacios de la ciudad física.
La labor del poeta es encontrarse en la ciudad interna, en cada muro, cada calle y prójimo: al cabo son suyos, son él; él los alienta y en ellos multiplica su aliento –deseo de seguir delante, impulso de vida–, como el hombre físico busca perseverar –sobrevivir– mediante un empleo y una rutina.
El oficio del poeta es tender un puente entre ambos universos. Porque cada ciudad es una muestra total de las leyes del universo: del único y el propio, que al cabo –imagen y semejanza; polvo del polvo– se reflejan uno en otro. Y si no es así, el poeta-ciudad y poeta-ciudadano está para proponer las soluciones posibles por medio de sus imágenes –utópicas o estrafalarias–, siempre suyas, y siempre prestadas de una idea de orden que alcanza a atisbar, que comunica con el lenguaje de los seres que lo habitan. Porque toda ciudad tiene un lenguaje propio, hecho por todos y hecho por otros, heredado de otros, quienes a su vez lo hicieron y heredaron.
El poeta es una ciudad porque tiene una ciudad adentro, igual que el hombre es carne porque la tiene dentro e inteligencia porque tiene un cerebro. Dice ‘mi alma’, ‘mi corazón’, ‘mi mente’; como hombre de oficio poeta expone una de las voces que lo habitan: en la carne y el corazón y la palabra se reconoce, pero le es difícil enfrentar el ‘yo’ que hace común denominador: no puede observarse una ciudad desde el otero de las sienes sin perder el panorama o perder el detalle.
Pero, al cabo, el poeta es habitante de, y habitado por, una ciudad. Ahí está su hogar, ahí él; ahí busca al prójimo que rompa la soledad, intenta romper la soledad; ahí se busca, aunque encuentre un hombre que desde hace un instante no es el mismo.




De la columna «El Diario Mundo», 1998.


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