20141120

Seda


Cuando Europa conoció la misteriosa fibra, 
fue impresionada de manera tal por sus cualidades, que le atribuyó propiedades mágicas y la consideró un material entre los más preciosos, digno de revestir los cuerpos de la casta noble, las prendas del honor y los objetos sagrados. 

So they rode till they came to a lake, the which was a fair water and broad, and in the midst of the lake Arthur was ware of an arm clothed in white samite, that held a fair sword in that hand...

Así, pues, llegamos al tiempo de la seda. Tiempo del temple y la suavidad. De la dignidad munificente. También, del disfrute casto, de la temperancia alegre.
La seda no es sólo resistente cual acero y liviana como brisa. Es, también, hermosa a la vista y suave al tacto. Resulta comprensible que, sumadas tantas cualidades en una misma materia, los hombres medievales supusieran un origen mágico para la fibra, cuyo origen escondieron bien los mercaderes de Oriente. Es comprensible que accedieran a adquirirla por un alto precio y la reservaran para confeccionar las galas más dignas.
Ahora que los hijos llegan a la edad de aventurarse al mundo y de cuestionar la calidad de cuanto han recibido, no se exige menos de los padres que lo exigible de la seda: tenacidad de acero para resistir los embates del siglo, para combatir sus engaños; suavidad de palabra y gesto para quienes son la propia sangre, a pesar de los dolores que llegan a causar; preservar el brillo sutil de la honra; mantener el alma ligera en su vuelo hacia la victoria eterna.
Para la imaginación, es difícil discernir qué es más maravilloso: el origen o las cualidades de la seda. Hoy sabemos que proviene de una vil polilla; de sus larvas siendo preciso; que es una sola hebra en que se envuelve el animalillo para protegerse durante la metamorfosis... Si es que no se encuentra con el humano durante esta fase, en la que está, precisamente, más inerme. Entonces, el capullo que debería ser su armadura se convierte en ataúd, pues se le sumerge en agua hirviente para desmadejar el filamento, matando a la criatura en el proceso.
Sabemos que para hilar una sola hebra de seda se requieren decenas de hilos, es decir, de capullos. Esto representa miles de polillas que nunca llegaron a volar, sólo para urdir la más pequeña de las prendas.
Hoy se intenta explotar la seda de araña, y el animal tiene una suerte quién sabe si mejor o peor: no se le mata, sólo se esclaviza durante el resto de su vida para «ordeñarla». También se ha intentado durante decenios sustituir las sedas naturales por polímeros sintetizados del petróleo. En cualquiera de los casos se siente algo extraño, entre la complicidad criminal y tomarse uno mismo el pelo. Quizá saber que la auténtica y milenaria seda se obtiene al precio de vidas –«inferiores», si se quiere, pero vidas– nos impele a darle usos nobles, a revestir con ella los objetos a que atribuimos cierta (o  mucha) dignidad.
Y así como revestimos los copones y cálices que contienen las Sagradas Especies con conopeos de seda, así revestimos a los hijos con la más solemne de las bendiciones que pueden pronunciar nuestros labios.

...Then there entered into the hall the Holy Grail covered with white samite, but there was none might see it, nor who bare it.
Thomas Malory, Le Morte Darthur


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