20141213

Es el tiempo...


Hace diecisiete años, horas más, nevó en Guadalajara. La noche de la víspera llevamos a Elías vestido de «juandieguito», con apenas cuatro meses, al Santuario de Guadalupe; sufriendo la multitud y un frío que entonces era inusitado. Durante la noche y la madrugada estuve escribiendo: me enfrasqué tanto en cerrar las páginas de una etapa existencial e inaugurar otra –sin mucho éxito– que no me di cuenta del fenómeno al otro lado de la ventana. 


Του καθελειν και καιρος του οικοδομησαι...
Qohélet 3, 3.


«Basta con construir: es el tiempo». Así rematé la novela Soliloquios por combatir, con los dedos entumidos de frío, los ojos arenosos de desvelo y humo de cigarro. En realidad di los últimos teclazos dos semanas después, lo que tardó en fermentar la idea, pero su génesis fue esa noche, entre pisotones, apretujones, predicaciones de Agus (entonces seminarista) gritando desde el ambón, y olor a sudor e incienso. Y vaya que me empeñé en construir, no en el relato sino en la vida... Sin oficio, sin materiales ni herramientas; sin colaboradores, recursos ni plan de obra. Pero sí con mucha obcecación, las energías de la juventud y la soberbia propia de la primera adultez.
En esos días, mi reducido mundo era sacar la universidad a matacaballo, sostener a la familia de milagro, terminar la novela de marras y, sobre todo, mi devoción a Mario Elías. No estaban en el horizonte Ariadne, Edgardo ni Inés; la dolorosísima separación que llegó apenas un año después (con Ariadne ya en camino); las relaciones fracasadas que vinieron luego, algunas sin siquiera cuajar en un barrunto de relación y otras peligrosamente insanas; el distanciamiento de los amigos –en algunos casos, irremediable–; las peripecias laborales, la sequía escritural y, peor aún, la espiritual...
Pero cómo construí. Y cómo recogí los escombros de mis obras sin cimientos. Y volví a construir y a recoger, sin pedir consejo, sin aceptar ayuda ni reconocer errores. Complicado por naturaleza, quise aprenderlo todo solo, por ensayo y error, y enfrascado en ello, igual que la madrugada de aquel 13 de diciembre, pasé de largo por incontables maravillas: el crecimiento de Elías y de Ariadne; la oportunidad para titularme de licenciado; el empleo soñado que dejé perder por fanfarronería...
Igual que la noveleta y la etapa existencial que cerraba con ella, lo que vino después fue, también, un desastre, pero éste fue hecho a pulso y con plena conciencia, no de que sería un desastre, pero sí de que la responsabilidad era sólo mía.
De estos diecisiete años transcurridos (horas más), gasté al menos un tercio en aprender a aprender. Aprender que para construir se necesita, primero, un plan: las ganas y la energía solas, se agotan recogiendo el escombro de los fracasos innecesarios. Segundo, saber «la teoría» que se debe saber; tercero, tener un «maistro» que sepa convertir la teoría en práctica, al que se respete y siga; cuarto, contar con colaboradores que crean en la obra, dispuestos a rajársela con uno y obedientes a las indicaciones del «mai».
El resto se me ha ido en tener claro el sentido de esta obra, que es mi vida y la vida de quienes se han embarcado conmigo, por voluntad o por fuerza. Y en mantenernos leales a ese sentido. Digo ‘sentido’ y no ‘objetivo’ porque estamos hablando de vidas humanas, tironeadas a cada momento por el albedrío y por el destino, por la casualidad y la voluntad. No es, como una casa de cemento y ladrillo, plantar cimientos, echar muros, techo y tan-tán; es una obra en proceso constante.
Esto precisamente, lo inacabado e inacabable de la existencia, era lo único claro para mí en 1997; o sea, que nada estaba claro. Y me arrullaba en los traicioneros brazos de esa indefinición, como si la casualidad y el destino solos fueran los peones encargados de hacerme la vida, la familia, la carrera.
Y mira que no es así. Tuve que pasar por un infierno de fracaso, frustración, miseria y hasta peligro real para mi vida e integridad, para admitir que es necesario trazar un plan, fijar algunas metas parciales y no sólo esperar «a ver qué pasa»; trabajar para que pase lo que uno quiere, y si no sucede, fijar una meta nueva. Y si no sucede otra vez, voltear a ver al que sabe y tener la humildad para recibir sus regaños y consejos (malditos antipáticos consejos que nadie pide).
Cuando allá por 2004 me recuperé al fin del marasmo, el caos y la frustración de no llegar a nada como individuo, como padre, marido ni literato, me di cuenta de todo lo que no había dado cuenta si no era porque alguien me lo decía –comenzando por la nevada–. Y prometí solemnemente que no volvería a suceder. Hasta de los sutiles y cotidianos cambios de clima. No se diga de cada pequeño escalón que sube cada uno de mis cuatro hijos, cada nuevo achaque que me dejan los años, cada nueva cáscara de pintura que se cae en el ya añejo proyecto constructivo que es mi vida. Sí, efectivamente, es el tiempo de construir, y cómo me duele haberlo desperdiciado tanto.


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