20150816

Crónicas de transterrado


Contemplo desde mi ventana en el segundo piso cómo el nubarrón pasa tras el hotel de enfrente, de derecha a izquierda; cosa de veinte minutos. Mi callo de tapatío tormentero dice que cae un chubasco sobre el norponiente de la ciudad y viene hacia acá. 


No me animo a dar una pedaleada de tres kilómetros. Aunque sé que aquí la lluvia es mansa, gana mi experiencia de años sobre el conocimiento de horas. Así que espero frente a la ventana, viendo venir otra nube y oyendo el parloteo de la televisión. Además, espero la llamada.
Hace un par de horas que salió mi familia, de regreso a Guadalajara. Llevo, pues, dos horas viviendo solo, en una ciudad nueva, esperando la hora de empezar en el trabajo nuevo, y –sobre todo– esperando con ansia de novia adolescente el «ya llegamos, estamos bien, los gatos están bien, los árboles están bien, la ciudad sigue existiendo sin ti».
Temo oír que todo está bien. Porque me entristece no estar ahí para constatarlo. También temo que algo saliera mal, de camino o allá: que los detuvo el retén militar y se pusieron nerviosos; que se equivocaron de carretera; que «Retacitos» se dejó vencer por la depresión gatuna y está muerta, tiesa como el pajarito que vimos hoy camino del templo de San Marcos.
Las nubes engrosan y adelgazan. Es como la respiración de esta ciudad. Como ayer: parecía que la lluvia iba a caer cada veinte minutos, y cuando al fin llovió, fue tan poquito, tan apacible, que nos quedamos esperando la lluvia de verdad.
Ya me harté de la televisión. De la fachada del hotel de enfrente. Me largo del cuarto.

Lunes 17 de agosto, segundo día. Nunca ‘foráneo’ había sonado tan peyorativo, quizá porque no lo había aplicado nadie a mí. Y no es que la señorita de Recursos Humanos lo hiciera con intención; ella fue muy propia y amable todo el tiempo. Pero quedó muy claro, aun sin el propósito de tocar llaga alguna, que debo ganarme el derecho a ser parte de la tribu.
Ni los queretanos, tan peculiares en esto de la territorialidad y la pertenencia, me llamaron ‘foráneo’ una sola vez durante el año que viví entre ellos. Pueden hacer sentir su ajenidad a los fuereños de muchas maneras, groseras o sutiles, pero nunca con esa palabra.
En fin. La jornada inició temprano. Desperté a las 6:22; a las 6:40 estaba en el comedor y no recuerdo bien qué desayuné; básicamente era el mismo menú de ayer y antier, y no estaba más apetitoso por ser más temprano. Pero es gratis.
Compartí esa soledad de mesas y sillas de triplay moldeado con un tal ingeniero Garza de Nuevo León que es la viva imagen de mi sobrino Elías, desde las facciones hasta el tono de voz. Igual nos aburrimos juntos en el transporte a nuestro nuevo empleo, y terminamos sentándonos lado a lado durante el puño de horas que duró la inducción: él también trabajó con los indios en Guadalajara, así que teníamos algo de qué hablar (‘indu’ is a rrreligion, vi arr ‘indians’, yu nou).
A las 14:00, cuando terminó la sesión (incluido el pasaje ése de los foráneos), un puño de newbies, más de diez, hicimos carpooling al banco para tramitar las tarjetas de nómina; nos apropiamos de todos los ejecutivos y más de un copetón con golden card se engrifó al ver la fila (para rematar, detrás de nosotros llegó una hornada de empleados nuevos del Oxxo), pero qué se le va a hacer. A las 16:00 tomé un taxi al hotel, llegando lavé mis trapitos en el lavabo (que no se han secado luego de tres horas sobre las lámparas de cabecera encendidas) y me preparé para salir a pedalear (ahora sí).
Luego de perderme por olvidar una vuelta y terminar más al sur de la «remota» Jardines de Versalles (aquí las distancias se miden diferente); volverme a perder en el regreso por olvidar otra vuelta, ponchar una llanta y detenerme dos veces a echar parche, conseguí volver a rumbos conocidos. Mientras tanto descubrí que hay una Comercial Mexicana a diez minutos, pero no sabría llegar otra vez; que hay un Chedraui y un Aurrerá a poco más de quince (tampoco), y que el Walmart, mi objetivo original, está el línea casi recta rodando sobre la avenida Ignacio Chávez-Maestros, que pasa a espaldas del hotel.
La calle ésta de I. Chávez-Maestros va a resolverme la vida durante las dos semanas que viviré por San Marcos: hay una planchaduría, una lavandería, una tintorería, panaderías, una sucursal de Helados Bullit, al menos tres talleres de bicicletas, Oxxos, tiendas de abarrotes, una quesería, tiendas de ropa; varios puestos de tacos, uno de tamales, y hasta una proveedora para reposteros que hará felices a mis hijos cuando vengan... Y el Walmart de marras, en una placita comercial de nombre muy exótico: «Velaria».
Por cierto, ayer mi gente llegó tarde a Guadalajara; por fortuna no sufrió el chubasco que hizo trizas la ciudad, pero dio una vuelta mal y tuvo que seguir el interminable libramiento nuevo. «Retacitos» estaba muerta en medio de la sala, efectivamente, tiesa como pájaro serenado.

Martes 18 de agosto. Tercer día –nótese que aún los cuento. Hablando de contar, «eran un chilango, un culichi y un tapatío, hablando con una mushasha shihuahuense»... Pero no es un chiste malo, es, literalmente, como empezó la jornada de trabajo.
Luego de rodear todo el norte industrial de Aguascalientes repartiendo huéspedes, el transporte nos dejó algo más que tarde en el trabajo; pasamos lista en Recursos Humanos y nos mandaron a esperar que nos buscaran nuestros nuevos jefes. Garza aparentemente se fue al pool por problemas con la verificación de sus referencias; el chilango (también compañero de hotel) y el culichi, cuyos nombres de plano no puedo recordar, fuimos llamados por la mushasha de Shihuahua, quien la juega de nueva líder de proyecto y, por cierto, es literata como yo. Si alguien duda su profesión, tiene que oírla contar historias de terror organizacional y comprobará qué buena mano tiene para el suspense. O sea que ya estamos advertidos de a qué vamos; algo así como Los indestructibles región 4, versión IT, o Los tres mosqueteros 200 años después.
De ese punto en adelante, fue el clásico primer día: leyendo manuales, viendo trabajar a los que saben de qué lado masca la iguana y sintiendo las miradas de quienes sienten peligrar su trabajo por dedicarse a actuar como iguanas. Es algo incómodo, no tanto por el ambiente humano (que es materia común) sino por el hacinamiento de tres proyectos en un módulo, si vale decir, más pequeño que el de mi trabajo anterior, con mobiliario apenas un grado arriba de improvisado, en un edificio dejado en obra negra aquí, allá, acá y más allá, como si la urgencia de ponerse a chambear no hubiera dado tiempo de enjarrar las paredes o echarle anticorrosivo a la viguería. O como si la empresa prefiriera darle el dinero a la gente y no a las paredes.
Eso de la promiscuidad de proyectos es feo. Una chica del grupo justo junto a la puerta estornudó; como hombre bien educado le dije ‘salud’ y se chivió bien gacho. No sólo se abstuvo de decir ‘gracias’, sino que me vio toda colorada sobre los lentes y apuntando con las cejas hacia sus compañeros de pasillo, como diciendo: «mis papás me dijeron que no hable con la chusma». Y cada que me levantaba de mi lugar pateaba sin querer la base de la silla a un fulano del grupo del rincón, hasta que me vio con cara de «otra más y te parto tu madre»... Chaaaaaaale.
Como sea, las tardes todavía son mías. Llegando al hotel comenzó a llover; mientras escampaba me reporté con mi gente, reservé la renta del cuarto donde viviré a partir del día 29 y me apresté a pedalear al Walmart (ahora sí). Salí después de las 20:00 hrs., luego de encontrar baja la piiiinche llanta trasera y echarle aire (nota mental: mañana mismo paras en el primer changarro de rilas a cambiar la cámara). 
Ya en el supermercado, descubrí los hábitos inútiles que delatan al hombre de familia convertido en soltero a güevo (para sorpresa y diversión de las señoras que lo ven a uno pararse a cada rato con cara de idiota): 1) aunque sólo vas a comprar tres cosas, llegas con tu listita escrita y comparas precios para elegir el producto 50 ¢ menos caro; 2) te detienes junto al pasillo de mascotas para preguntar a tu acompañante invisible si hoy toca comprar una lata grande de Whiskas; 3) echas a la canasta un paquete doble de dentífrico en promoción «para que dure», reflexionas que se te va a secar y lo cambias con cara de forever alone por una promoción de tubo mediano más cepillo de cerdas medianas (¿por qué los de viaje siempre son blandos?); 4) aunque vas a media quincena y entre semana, y sólo llevas tres tiliches en tu canastita, sigues buscando la fila de los solteros-aburridos-que-sólo-llevan-chelas-y-dentífrico para tardarte menos... Y te percatas con un sonoro suspiro (para diversión de las doñas) de que ahora eres uno de ellos.

Miércoles 19 de agosto, quarta-feira. Por supuesto, así como los tres mosqueteros en realidad eran cuatro coprotagonistas, acá en el trabajo también hay un D’Artagnan y creo que el papel me corresponde, como el único que no lleva la investidura de sistemólogo: «El Chilas», otro defeño (que ya estaba en el proyecto pero ha sido asignado a nuestro grupo), El Culichi y SS.
Todo el día fue de capacitación, es decir, mucho que observar, mucho que anotar y algunas cabezadas; también atendimos nuestro primer caso: Thank you for calling [undisclosed name], my name is Mario. What can we do for you? May I have your user ID? En la pausa de la comida firmamos contrato y nos entregaron los gafetes; sin embargo nuestras credenciales electrónicas aún no abren la puerta del módulo.
Muchas conversaciones xenófobas fuera de los tiempos de trabajo. No se puede esperar otra cosa en una van llena de «foráneos»: muchos mecatrónicos poblanos, un tabasqueño sentado junto al chofer (autóctono), un chilango, un tapatío y un regiomontano llenando los espacios libres; teniendo en el radio como nota de primera la golpiza que dos futbolistas, un uruguayo y un chicano, acomodaron a un grupo de aguascalentenses a la salida de un bar (sonó peyorativo lo de ‘autóctono’, ¿verdad? Es tan lexicográficamente correcto como el ‘foráneo’ de antier; así que no lo voy a cambiar).
La pedaleada y el cambio de cámara tendrán que esperar; llegó trabajo freelance de Guadalajara con ‘U’ de urgente, así en mayúscula, y la verdad es que no estoy para despreciar dinero ahora que también a mí me urge con mayúscula pagar los gastos de la venida.
Hecho comprobado: aquí no tiznas la toalla cuando te la pasas por la cara.

Viernes 21 de agosto. Ha estado tupidito con el freelance; otro par de días sin arreglar la bicicleta ni pedalear. Nublado, además. Y lo que aquí llaman ‘lluvioso’. Llegamos al hotel botados de la risa con nuestras pláticas idiotas, que fluyeron libremente gracias a que hoy los poblanos se fueron con todo y su cara de palo, así que no pasamos por ellos. Nos recibieron en el lobby con cortesías para un concierto de la Sinfónica y piano solista, en luneta: sí, en luneta. Luego de rogarle a El Chilas un rato, lo convencimos de ir con nosotros a cultivarse tantito, con el soborno de «ver forros» y un trago a la salida (lo que espero resulte barato, porque es abstemio).
Los chamacos allá en Guadalajara están acoplándose a su nueva rutina y parecen no resentir tanto la separación como los adultos, entre el cambio de escuela y los cursos de idiomas. Mi señora es, aparentemente, la más afectada de todos, pues está deslizando por aquí y por allá insinuaciones de tristeza, a pesar de que le están lloviendo ocupaciones.
Mañana será un largo sábado, sin dinero para salir a algún lado, sin familia, sin corretear gatos, con trabajo a montones y otro montón de ropa sucia por lavar; afortunadamente gratis, porque en el hotel prestan lavadora, secadora y hasta plancha (habérmelo dicho desde el principio, zingaos).
Cuando veo cómo nos chiquean acá (hotel con desayuno, lavandería y transporte; café, laptop para todos sin preguntas insidiosas, cortesías para eventos, ayuda para conseguir casa), siento mucha pena por los colegas que dejé en Guadalajara, sobre todo los transterrados; algunos esperando ya por años el reembolso de sus gastos de reubicación o de viáticos por una ida con el cliente.

Sábado 22 de agosto. El día estuvo mayormente cubierto, excepto la hora que gasté en ir a Wal-Mart para comprar desodorante, jabón de ropa, suavizante y algo de comer. Minutos de llovizna; en la tarde, cayendo el sol, rachas de viento muy fuerte y muy fresco que me hicieron preocupar por mi gente en Guadalajara. El tabasqueño, El Chilas y SS llegamos anoche como a la 1:30, luego de parar en uno de los baresillos del centro a pagar la promesa del trago. El concierto fue prácticamente perfecto, por cierto. Hoy coincidimos en el comedor para almorzar, junto con Garza (quien también trajo su bicicleta), que iba de salida a hacer compras.
Yo en realidad no tenía ganas de salir; pensaba desayunar y regresar de inmediato al cuarto para seguir con la corrección que debo y no salir hasta terminar, pero apenas encarrerándome llamaron de la recepción para preguntar si de veras prescindiría hoy del aseo. Así que lo volví a pensar, cambié de planes y bajé por la bicicleta. Me topé con Garza, que venía de regreso, y encontré la cámara trasera, milagrosamente, llenita de aire. Con una persignada y más sospecha que confianza pensé: «vamos rodando a ver qué pasa; quizá de momento nos ahorramos un gasto». Y todo bien.
Así que fue un día tendiendo al gris, encerrado con mi trabajo para no tener pensamientos tristes y con los audífonos encasquetados para no oír la vocecita ésa que acalambra a los solitarios. Todo el día vi por la ventana la gente que entra y sale del hotel vecino, imaginándole historias, pero sobre todo a un perrito callejero que por alguna razón insiste en aquerenciarse aquí: viene, va, esquiva patadas y automóviles, llega con algún alimento robado en el hocico; vuelve a irse y regresar. Aunque es seguro que lleva una vida triste, también resulta evidente que no por eso está triste. Luchón, el animalito; al menos es más optimista que algunos transterrados que populamos este hotel.
Con la noche llegó una lluvia que no ha parado; muy a tono con el maratón de Pink Floyd que suena en la laptop. A ver si no dicen de mí como en 2000 decían de mi tío Francisco, cuando emigró a Sayula: que los De la Rosa llevamos la lluvia a donde vamos. Desde que soplaron las rachas he estado preocupado por mi gente de Guadalajara: si así sopló, ¿cómo estará la tormenta allá? Sobre todo por Edgardo, que andaba en la calle con sus ex compañeros de la secundaria.

Domingo 23 de agosto. Sí, el segundo domingo; he sobrevivido a la vida en un hotel y me voy a adaptando. Terminé mi pendiente a las 4:00 y a las 10:00 ya tenía los ojos abiertos. Regadera, ropa, desayuno, al banco para revisar mi saldo y sacar algo de efectivo. Otro día gris y lluvioso. El Chilas y yo salimos a comer unos tacos en el Jardín San Marcos, volviendo me puse a lavar y planchar. ¿Y luego? La modorra tristona de un domingo lejos de mi gente, sin nada bueno en la televisión y con llovizna; eso que Charly García explica como «solamente muero los domingos | y los lunes ya me siento bien».
Estuve tentado de buscar a mis conocidos aguascalentenses para citarnos y no estar solo pensando estupideces, pero éste es –precisamente– un día para la familia y no iba a arruinárselo a otros con mis lloriqueos. Afortunadamente el cuarto de lavado está en el mismo piso que yo, y mis colegas pasaron a buscarme cuando subieron a hacerse cargo de su ropa. Cuando terminaron era buena hora para cenar, así que salimos a recorrer el centro y comer una torta de lechón, de nuevo en el jardín.
El problema es la vacuidad. No la soledad ni el silencio, como le dije a Edgardo cuando me preguntó cómo afrontaría esta nueva situación: sé estar a solas con mis pensamientos, el silencio no me asusta. Pero no es agradable estarse sin nada que hacer luego de tantos años acostumbrado a cumplir un catálogo de responsabilidades personales, familiares, sociales. Es este tiempo vital vacío, improductivo, en que no se produce nada que quede frente a los propios ojos y en los que uno vea comprobada la razón de su existencia.
Como escribí ayer en otra entrada, todo se resume en asimilar que el ciclo está recomenzando. Y hoy agrego: debo ser humilde para aceptar que la existencia no necesita autocomprobarse «haciendo»; que, al final, toda existencia consciente de sí misma es una falacia.
Quizá la fase del Grado Cero ha llegado a su fin y es hora de volver a escribir con tinta.

Lunes 24 de agosto. Hoy deberían definirse los últimos pendientes que dejé en Guadalajara (el pasaporte y el finiquito de mi trabajo anterior), pero ha sido una jornada pesada allá y estoy ayuno de noticias. Necesito saber, además, si será necesario apersonarme el sábado para una junta escolar, porque eso cambiará todo el plan para la mudanza este fin de semana. Acá, hoy comenzaron a llegar nuestros accesos en los sistemas del cliente; fue una hora de pánico activando contraseñas pero no resolvió mucho, pues todavía faltan muchos. Si llegan, mañana será nuestro primer día de locura.
Llegamos al hotel después de las 18:30; subí a ponerme ropa cómoda y salí a pedalear una hora. Aunque no llegué a mi punto objetivo, hoy no me perdí, y eso es muy satisfactorio: aprendo de mis errores.

Martes 25 de agosto. Hazaña de hoy: pedalear «por instrumentos» (de memoria) hasta un punto determinado sin perderme; regresar por otro rumbo (sin perderme) y recorrer el centro bajo la lluvia.
Cada día de bicicleta es un cigarro menos. Vamos, pues, cumpliendo el objetivo de aprovechar el cambio para mejorar calidad de vida; al menos en lo que toca a salud. Luego vendrá la mejora económica; pasando el día 31 terminan las privaciones.
Pronto comenzaré a hacer calistenia; pronto volveré a comprar plata; pronto mi gente se moverá con menos estrechez. Ins’Allah!
Lección de hoy: pedalear por las calles estrechas del centro de Aguas en hora pico, es para pros. Hacerlo además con lluvia, es una refrescante estupidez.

Miércoles 26 de agosto. Hoy fue nuestro primer día de locos. Mi parte de la chamba fue atender a muchos canadienses, un argentino y un puño de gringos; sólo hubo desesperados entre éstos. Y jornada pedestre, para no ensuciar más ropa ni perder tiempo en sacar la bicicleta. Será también la última noche en este hotel que he llamado ‘casa’ por trece días: debo volver a Guadalajara mañana por la noche para resolver algunos pendientes y traer algunas cosas, entre ellas la motocicleta.
Hoy nos «echaron al ruedo», con accesos incompletos y hartos nervios. Siento que los resultados fueron buenos, aunque no quedé satisfecho. Como agente de mesa de servicio pude servir mejor; no quiero flagelarme pero tampoco ser autocomplaciente. Cada que alguien  cuelga la llamada porque siente que eres un inútil, se siente una espinita en el costado. Esto marca una diferencia fundamental respecto del servicio de segundo nivel al que estaba acostumbrado: allá todo se maneja principalmente por escrito, tienes tiempo de analizar el requerimiento, entender la necesidad y elaborar la solución. Aquí, la mayor parte del contacto es por teléfono y debes estar en alerta constante para entender-analizar-resolver (o derivar) en unos pocos minutos. Allá se rasca uno mucho la cabeza; acá, se suda. En fin. Venimos a dar un servicio de calidad, empático y asertivo; quienes nos entrevistaron están convencidos de que somos capaces, y nosotros tampoco nos habríamos postulado si no creyéramos estar a la altura del reto.
Como sea, ya está arreglada la mudanza, la ocupación de la que será mi casa por los próximos meses y el plan para viernes, sábado y domingo. Sólo falta comprar el boleto de autobús, reempacar mis cosas y dejarlas listas en la bodega del lobby.

Lunes 31 de agosto. Primer día en casa de A. Ayer saqué la moto del rincón, le quité las telarañas y nos echamos a la autopista. Sonó a canción. «Éste es el corrido | de la gran “Pitufa” | que en día domingo | feliz arrancara: iba con la mira | de llegar a Aguas, habiendo salido | de Guadalajara». Fue el largo final de un largo fin de semana, que comenzó la mañana del jueves bajando mi tilichero de la habitación; siguió con la sanfrancia del thank you for calling [undisclosed], subió de tono al encontrarnos con H., el chofer, a la salida y correrle a casa de A. a dejarme con todo y chivas en tiempo récord, para que los huéspedes de la otra empresa no la maliciaran y metieran reporte. La señora –como se verá, esto es bastante común– no estaba, así que fue un poco complicado colarme hasta mi nueva habitación, medio botar todo y agarrar camino a la central de autobuses.
La caminada de «las orillas» al centro me tomó poco más de hora y media; hubiera llegado a la central de no haberme dolido los pies. Pero benditos sean los taxis baratos de Aguascalientes, que no descalabré mi agonizantes finanzas más de lo que hice con las propinas para la mucama y H., y llegué harto temprano a esperar mi camión. De ahí en adelante fue puro aburrimiento hasta las 22:30, que llegué a Guadalajara; Norma y Edgardo me levantaron media hora después y nos desvelamos todos alegremente.
El viernes fue otra historia. Inés pidió que la llevara en moto a la secundaria, así que sobre la desvelada vino la desmañanada. Volví a casa para aliñarme, tomar un café y revisar unos datos en la computadora; de ahí a la Pequeña Caracas (Tlajomulco, pues) para recoger el pasaporte y, mientras se llegaba la hora, cancelar la vieja cuenta de nómina. Para entonces ya iba en piloto automático. El maratón siguió visitando Home Depot para comprar un apagador de escalera con base y tapa, de ahí a mi antiguo trabajo a recoger el finiquito, y otra visita al banco para hacerlo efectivo. Lo que quedaba de tarde se fue en instalar el apagador y acompañar a Inés en sus pendientes. Afortunadamente, pudimos dormir temprano.
El sábado fue otra desmañanada para Norma y para mí; ella en sus clases y yo en una larguísima junta de la preparatoria. La tarde fue para asistir a la fiesta de quince años de una vecina, y tantán. 
La odisea de «La Pitufa» merece párrafo aparte. Está bien que Willy, el mecánico, jura por su llave de 1’ que las maquinitas japoneses son guerreras, pero tienen sus límites. Y ya le conocí en cuatro horas todos los que me faltaba descubrir. Salimos a las 11:00 de casa, la cajuela llena de ropa y el tanque por ahí de la mitad. Según mis tanteadas, esa gasolina debía bastar para el viaje y dejar un buen resto para salir la quincena. Pero no. Será por los tapones de oídos (que son la onda para rodar en carretera), pero parece que traía a la pobre moto un poco forzada; veníamos a 80-90-100 kilómetros por hora excepto en las subidas, que caía a 70 o menos (bajando a cuarta), y da la casualidad que de Guadalajara a Aguas, las subidas son más de un tercio del camino. Hecho comprobado de la semana: a las motos de 125 cc no les gusta que las aceleren a 8 mil revoluciones por minuto; gastan más y en algún momento se ponen necias. Segundo hecho comprobado: lo que más se gasta al rodar una de estas motocicletas en autopista, después de la gasolina, es la luz direccional izquierda: «haga usted el favor de rebasarme».
El caso es que paramos en Plaza Vestir un poco antes de las 15:00; estacionamos, la apagué para dejarla reposar y dediqué casi una hora a recorrer un lugar que en mi memoria era ya puros borrones. De ahí fui al Centro a buscar a El Chilas (sin encontrarlo), luego al museo de José Guadalupe Posada (media hora dando vueltas en esta ciudad de calles que se cortan por todos lados), a comer en la Cenaduría San Antonio (el mismo gusto que recuerdo de 1996, pero hoy mi lengua es otra), a Misa en San Antonio (no es el mismo lugar), y de ahí a Plaza Universidad haciendo tiempo para llamar a A. y alojarme. Pues tómala que no contestaba el teléfono de la casa y su celular estaba apagado. 
Haciendo fuerza de la necesidad, ahí voy a la casa. La reja del condominio cerrada, la cochera vacía, más llamadas sin resultado. Huí al supermercado antes que los vecinos me echaran a la policía. Volví para encontrar lo mismo, pero ahora a oscuras. Coincidió que me llamó Norma para preguntar cómo seguían las cosas y que una vecina estaba afuera de su casa, casualmente oyendo mi conversación. La buena samaritana mandó a su hijo a timbrar, y nada. Pues resignación, que más. A los 20 minutos sale el otro inquilino, me abre como si nada, y vas pa adentro. No sé a qué hora llegó A., pero hoy en la mañana parecía que yo era el único habitante.
De mis llaves, pues tuve que sacar yo las copias; pero ya no dependo del teléfono ni de que el muchacho éste oiga el timbre. Gracias a Dios, A. estaba en la casa cuando volví del trabajo, le saqué el llavero a cambio de mi renta y depósito, y de inmediato corrí al centro para que me hicieran los duplicados. Para el expediente: son casi las 23:00 y A. aún no llega.
Tarde-noche de lluvia, rodando por las avenidas más imponentes de esta ciudad, de regreso a la que a partir de hoy he de llamar ‘casa’. Aquí lo que da miedo no es la fuerza de los chubascos, sino cómo se alebrestan los automovilistas con tan poquito.
Tercer hecho comprobado de la semana: salir quebrado de una ciudad y volver a ella con cinco cifras en el bolsillo cuatro días después, te hace sentir como don Ruy Díaz entrando a Burgos... Armado con espada de jedi... Montando a Godzilla. 

Martes 01 de septiembre. Doña A. es vecina de un antiguo amigo de Norma, David, quien de hecho conoce a la señora porque ella le vendió la casa donde vive. David salió de Guadalajara como cocinero y, luego de trashumar por el Bajío algunos años, llegó a Aguascalientes hecho un colmilludo empresario gastronómico; tiene algunos changarros aquí que la verdad ameritan (el siguiente día de nuestra llegada conocimos uno). Tengo esperanzas de que Elías, mi hijo mayor, ahora encantando con su chamba de parrillero, se anime a venir en vacaciones para ocupar la cama vacía de mi cuarto y «descansar haciendo adobes» con David; sería mano de obra barata para el empresario en temporada alta, y una gran experiencia para mi primogénito que le ayudaría a definir si éste es su camino. Cuando Norma me presentó con mi aval tácito (porque de hecho eso David es ante A.) y le comenté de mi hijo, no sólo no dijo ‘no’, sino que se le escapó un ‘órale’ cómplice... Ins’Allah!
Hoy tocó turno a «La Abejorra» de salir a estas peligrosas calles del norte aguascalentense. Hice apenas 20 minutos pedaleando de la reja del condominio a la pluma en la entrada del trabajo, incluida una subida matadora que me tomará algunos días domar, y el regreso no tomó menos, aunque era de bajada, porque hay un rodeo obligado para entrar al fraccionamiento desde el sentido norte-sur de la avenida Universidad. Supongo que a paso de no sudar, media hora es una expectativa decente. Pero los enlatados acá son muy broncos; no es la lluvia, como supuse ayer, es su estado natural. Rodar junto a ellos es una experiencia tan cardiaca como hacerlo en el centro, pero con el triple de velocidad y de densidad vehicular. Creo que por mi propio bien, «La Pitufa» estará a cargo de los recorridos laborales y «La Abejorra» se encargará del acondicionamiento físico, y sólo en rutas de bajo riesgo; algo así como acercarse al centro pero no tanto, porque la avenida Convención es el «Primer Anillo», sí, pero del Purgatorio de Dante, y de ahí hasta Catedral, más vale moverse a pie y con harta precaución (como Dante y como en todos lados, valga decir). Trazando arbitrariamente una zona segura para rodar sobre dos llantas, diría que es el área circular entre el primer y segundo anillos (excepto los cruces con avenidas grandes, al igual que las calles angostas con transporte público); las avenidas con ciclopistas (si es que lo dejan a uno pasarse a ellas) y, hacia el norte, todo lo que queda entre Universidad-De la Madrid y Héroe de Nacozari-salida a Zacatecas (exclusive) hasta Colosio. Más al este o el oeste de éstas no he ido, ni más al sur del segundo anillo. De Colosio hacia el norte, sólo las callejuelas de los fraccionamientos; las avenidas son una estampida de ñúes.
Lo siento, pero mis prejuicios peatonales relativos a la conducción automotriz de esta ciudad, en vez de ser mitigados, se están convirtiendo en certezas universales: si bien ya no carnean a la gente de a pie como hace 20 años (hay que reconocerlo), ahora hay un sentimiento adverso, muy generalizado y explícito, contra todo vehículo de dos ruedas, sea de tracción mecánica o animal; peor que el provocado por coches con placas del De Efe (quizá El Chilas opine diferente). Hubo mala socialización de las autoridades anteriores con el tema de la movilidad alternativa, eso es evidentísimo; los automovilistas sienten que las bicicletas les robaron un carril, haya o no ciclopistas, y respecto de los motociclistas, veo que hay una gran incultura, tanto de una parte como de la otra, y eso está costando una vida por semana... Que en Guadalajara ocurra, con sus millones de almas en prisa constante, no extraña, pero aquí, donde toda la metrópoli apenas suma el primer millón y la mayor parte de la infraestructura vial fue planeada, es noticia.

Miércoles 02 de septiembre. Mi primera escalación: un canadiense ofendido porque según él lo llamé american, o sea, ‘gringo’. Se queja de que le pedí identificarse como los usuarios de EEUU, cuando le pregunté, después de buscarlo sin éxito entre la gente de Canadá (me había comido una letra), si by chance would you have an x ID, porque efectivamente estaba viéndolo entre los usuarios del país más odiado del mundo. Como sea, el pedido del fulano se hizo en el momento (él mismo lo reconoce); la jefa por el lado del cliente regañó a mi mentor diciéndole que me regañara, y tantán, o eso espero.
La lluvia empezó con mucha timidez cuando terminé de comer, se soltó con ganas justo cuando salí de trabajar, y paró por ahí de las 18:00, así que llegué «a casa» empapado y salí a pedalear entre charcos. Como había calculado, incluyendo el rodeo intencional por la avenida Colosio, luego de media hora estaba en el mero centro (por fin conseguí un traste para usarlo como jabonera), ubicando de pasada los restaurantes de David y algunos changarros que podrían hacerme la vida durante el tiempo que viva en estos rumbos. Aprovechando que había buena luz, regresé haciendo varios rodeos intencionales para ubicar uno de los sitios de reunión de los hermanos grises, y para verificar/corregir los datos viales en la entrada de ayer. 
Con la cena de hoy se terminaron el jamón serrano, el pan y el tinto; a ver qué se me ocurre comprar mañana. 
La jornada terminó con más de una hora en videochat, so pretexto de ayudarle a Inés con una tarea de Español. Es raro eso de ver a tu gente más cercana en una ventanita pixelada y oírla a ratos con voz de robot. En vez de sentirme cerca, esto me hizo patente que estoy a más de 200 kilómetros, sin posibilidades de rascarle la cabeza a los gatos que veo ir y venir en el fondo de la imagen. De darle el beso buenas noches a mis hijos.

Domingo 06 de septiembre. Ahí disculpe su mercé tanto silencio, pero es que no hubo gran cosa que comentar, ni muchas ganas de escribir. Preferí juntar las minucias hasta que dieran suficiente material. 

Jueves y viernes fueron en general la misma locura que ya describí antes durante las horas laborales, y las tardes fueron, también, de largas pedaleadas, y de darle página arriba y página abajo al Facebook hasta que se llegaba la hora propicia para bañarme. La única variante es que el viernes llevé la ropa a la lavar y que más tarde di con un tal don Mario que se ofreció a echarle mecánica a «La Abejorra» ya tarde por la tarde (a las 19:00, por Dios santo. Como si aquí la gente se fuera a dormir con la caída del sol y se levantara con el canto del gallo); la rila traía una matraca muy fea en el eje de los pedales y resultó que no tenía nada de grasa (pinches chinos, ni cuando hacen bueno lo hacen bien) , así que el eje está desgastado. Con su buena limpiada, baleros nuevos y harta grasa, seguirá rodando sin broncas algunos meses, pero esa pieza necesita reemplazo (igual que la cámara trasera, nota mental).
El sábado fuimos citados a «capacitación»; algunos de los convocantes llegaron tarde y otros nunca, pero por lo menos terminamos antes de la hora prevista y, para no llevar programa, fue una reunión muy productiva. De ahí fui a comprar un par de playeras polo a la tienda mayorista que conocí antes de mi visita exprés a Guadalajara, luego pasé a conocer uno de los restaurantes de David, el Roma-Roma, donde me encontré con el mero propietario en persona y me consintió con una lasaña en salsa de cuatro quesos... Creo que él o su hijo hicieron trampa con la cuenta, porque fue menos de lo que había calculado. Volví a casa de A. con el tiempo justo para asear mi cuarto de arriba a abajo y recoger mi ropa lavada, secada, doblada y perfumada, con el bono de un extraño olor a pelusa remojada y secadora, todo por $ 90 a razón de 5 kilos. No sé si darles otra oportunidad, visitar la próxima vez la otra lavandería del fraccionamiento, o de plano ir a la vuelta de con don Mario, a una lavandería algo desvencijada pero que es de autoservicio; imagino que más barata. 
Llené las restantes horas de luz con una visita al centro, donde conocí una tienda de ropa «de viejitos» muy interesante pero fuera de mi presupuesto; terminé comprando enfrente, en la sucursal de cierta cadena trasnacional de medio pelo, la chamarra azul de entretiempo que he estado buscando por $ 300 (nota mental: cancelar el recordatorio de a Plaza Vestir después de la quincena).
El domingo (hoy) es tema aparte. Desde anoche tenía pánico de qué carambas hacer con tantas horas para mí... solo. Eso fue resolviéndose como por arte de magia: desperté cerca de las 10:00; a las 11:00 estaba pedaleando con rumbo a Calvillo, por recomendación de David (él dijo que en moto, NB); a las 12:00 pasaba junto a la planta donde hacen la sidra Valle Redondo y me enteré que restaban más de 40 kilómetros a mi destino, así que cambié a algo más realista: el Cerro del Muerto, donde llegué a las 12:30 por el lado de los pies. Cuatro minutos después bajé de «La Abejorra» para tomar la foto del recuerdo y, sobre todo, darle descanso a mi trasero (nota mental: en vez de Plaza Vestir, la próxima quincena vas sin falta a reemplazar ese pinche asiento chino). Descansado y refrescado, agarré con ganas la ruta (que ahora era de bajada) y no paré hasta el centro; de ahí a casa de A. estuve aprovechando cada ocasión posible para detenerme a descansar el trasero.   
Luego de enfriarme, bañarme y pregonar la hazaña en el Feis, quise publicar las fotos y descubrí que el cable USB no servía; de ahí tomé pretexto para ir al centro (en moto). Compré otro cable (me dejó sin dinero para comer, pero se comporta de maravilla), rematé en el puesto de tacos de «El Primo», entre el templo y el jardín de San Marcos; a Misa exprés en la parroquia del Sagrario, una caminadita y vas pa atrás.
Así que termino el día con la cara y los brazos quemados, tirando teclazos para continuar la crónica y oír algo que no sean las pláticas de A. con sus amigas, en la habitación de al lado.

Lunes 07 de septiembre. Hoy fue feriado en EEUU; hubo –relativamente– poca chamba, pero ya estamos esperando el trancazo doble para mañana. Como la mayoría de los proyectos da servicio a empresas estadounidenses, hasta el estacionamiento fue una vacación. Llegué ardido de los brazos y las pantorrillas, además de tener la baja espalda entumida a consecuencia del pedaleo extremo de ayer, pero satisfecho. Entre eso y que llegó más chamba freelance, pasé la tarde en mi cuarto, entre trabajando y oyendo música.
El nieto de A. pasa la mayoría de las tardes aquí, jugando en la computadora y gritando en el micrófono. Como el estudio de la señora está frente a mi lugar, los gritos de su vocecita me alcanzan a distraer aunque use audífonos. Normalmente me vale gorro porque llego, me cambio de disfraz y salgo a pedalear, pero hoy he estado aquí, tratando de concentrarme, y si le subo más a la música me zumbarán los oídos toda la noche.
La Zona II de hermandad gris acero me invitó a la ceremonia de los Niños Héroes el próximo domingo, y las insinuaciones de que me reincorpore se están multiplicando. También las viejas amistades aguascalentenses me invitan a una plétora de actividades culturales. Ahora debo organizarme y ver a dónde puedo ir cuando termine con esta chambita que cayó; sobre todo, que casi no cueste o de plano sea gratis, porque con los gastos imprevistos del fin de semana sólo me quedan como $ 400 para salir la quincena.

Viernes 11 de septiembre. Es una noche demasiado hermosa para pasarla encerrado en el cuarto y oyendo los gritos del pequeño A., nieto de doña A. Así que vengo llegando de recorrer la colonia a pie, y de comprar al paso un «Vikingo» y un «Arizona» en el Oxxo. Como anticipé el lunes, la carga de trabajo estuvo brutal el martes; igual el miércoles y ayer. Para rizar el rizo, terminé el trabajo freelance hasta la noche del miércoles. Así que el jueves me dediqué a contemplar la señora tormenta que estaba cayendo (nostalgias de Guadalajara), a pedalear y a lavar/desmanchar las camisas que se estropearon durante la mudanza. Hoy todavía hay encharcamientos por todas partes. El trabajo estuvo más relajado; llegando a la casa agarré mi maleta de ropa sucia y la llevé a lavar. Volví por la bicicleta y agarré por todo el segundo anillo hacia el oriente, hasta un punto algo tétrico donde el enorme Club América de Aguascalientes languidece solitario. Me recordó el edificio de la FEG.
Siendo sinceros, la casa de A. es lo más cercano que he visto a la casa de mis sueños: mucha madera y mimbre, cocina bien equipada, pisos cubiertos con loseta de barro, calentador solar; iluminación natural y artificial bien diseñada; sin grandes espacios que empequeñezcan el alma ni apreturas de Infonavit. Quizá un poco femenina –no podía ser de otro modo–, pero se siente acogedora sin ser calurosa (excepto mi cuarto). Vale lo que pago de renta, que en Guadalajara sería mucho más. El único defecto grave está frente a mi cuarto, pero si la madre no hace nada (lleva horas en comedor trabajando frente a su laptop), ¿quién lo hará? Hace varios días oí a A. lamentarse con la inquilina (su habitación está más allá del estudio, así que también le toca fiesta); incluso se ha disculpado conmigo, pero a fin de cuentas ella no es quién para cerrarle la puerta ni ponerle un tentequieto. Caramba, yo también fui un niño sin padre que pasaba las tardes (cuando me dejaban) metido en mi obsesión, pero yo no le pegaba de gritos al Corsario Negro ni al Doctor Ox.
La estrechez económica no me ha afectado en realidad; creo que entre la tarjeta de crédito y la austeridad autoimpuesta llegaré al martes sin ayunos forzosos. Mañana seguramente pasaré el tiempo entre despertar tarde, asear mi cuarto, recoger la ropa limpia y callejear montado sobre «La Abejorra». El domingo ya lo tengo comprometido con los pentas y, aunque en teoría sólo es una ceremonia cívica matutina en memoria de los Niños Héroes, estoy seguro de que algo se les ocurrirá para después.

Sábado 12 de septiembre. No hay nada más caro que ser pobre. Es el hecho comprobado de hoy y de la semana. No pude ir a otra lavandería porque en ésta, la de la otra vez, aceptan tarjetas bancarias y no piden anticipo. Me habían citado a las 14:00 y tuve que volver a las 15:00, porque mi ropa apenas había entrado a la secadora. Ocupé la hora en ir a la plaza cara de estos lares (casualmente, se llama «Galerías» como una de las plazas caras de allá) a comer una hamburguesa cara en el Vip’s, porque ahí aceptan tarjetas bancarias y me dan descuento por ser miembro del Sam’s Club (nota para Inés: la próxima que vayas al Vip’s, pide la hamburguesa monster). 
Cuando volví a la lavandería apenas estaban sacando mi tambache y empacándolo. Tuve que esperar como 15 minutos para que me lo entregaran y llegué a tender casi la mitad de la ropa, porque estaba húmeda. Me borraron toda la intención de llevarles mis camisas a planchar. Definitivamente, lo hago yo mismo esta noche, cuando vuelvan las horas frescas.
De hecho éstas son las peores horas del calor, sólo por eso estoy en la computadora. Igual en la mañana (por más que intenté, no pude seguir acostado después de las 9:00), aproveché el fresco para asear el cuarto y «reconocer» en bicicleta la ruta para llegar mañana al acto cívico (fueron más de 25 kilómetros y quedé algo entumido, pero hoy no me insolé). En cuanto se amanse el sol iré a ver si es cierto que ya me depositaron el reembolso de los viáticos, para hacer algunas compras mínimas, sacar algo de efectivo y resistir mejor hasta la quincena. Es un hecho que lo haré aunque no haya caído nada a la cuenta de nómina, pero preferiría usar mi propio dinero antes que deberle más al banco.
Aprendizaje de la semana: 1) no presumas que te va bien, porque te verás como el peor idiota del mundo cuando te lamentes porque te va mal; sobre todo, si pasan menos de 15 días entre ambos episodios. Y 2) si tienes gastos imprevistos, hazlos con la piiinche tarjeta de crédito, no con lo que dejaste en la de nómina para los gastos ordinarios. Me refiero a la comida de hace ocho días en el restaurante de David, la chamarra de entretiempo y etcéteras. He estado guardando cada comprobante de compras, retiros de efectivo y comidas en restaurante; a fin de mes sacaré el total para revisar si mi presupuesto imaginado hace dos meses corresponde con la realidad.

Domingo 13 de septiembre. Con un cielo encapotado que parecía anticipar las banderas a media asta, caminé hasta la Universidad Autónoma de Aguascalientes para el acto cívico en memoria de los Niños Héroes y la Defensa de Chapultepec. Por fortuna para mis piernas adoloridas y para la moto –inmovilizada por el automóvil de una de las hijas de doña A.–, la sede se cambió a última hora del parque Landeros, por la entrada sur a la ciudad, a la unidad deportiva universitaria, apenas a dos kilómetros de «mi casa». Fue un placer realmente encontrarme en primer lugar con el 2º Oficial Correa, un viejo conocido y compañero en muchas andanzas con los grises. Bonita ceremonia, en realidad. Un pelotón de la Fuerza Aérea representando a las escuelas militares, una sección del Arma Blindada a cargo de las salvas (¿evocación de los Sanpatricios?); magnífica banda de guerra escolar conformada por las mejores bandas de las prepas técnicas... Toda la plana mayor de la Zona Militar; toda la clase política y la alta burocracia universitaria (con cara de chingue a su madre el rector por hacernos venir en domingo)... Bonita la cosa, sencilla, poca gente, impresionante por íntima (he de confesar que se me vidriaron los ojos en el pase de lista de honor, y que se me quebró la voz cuando respondí al nombre de Francisco Márquez); no como en los eventos de la Zona Jalisco o en las Convenciones Nacionales del Penta, que impresionan por la magnitud.
Baste como ejemplo de la escala en que suceden aquí las cosas, que el señor General de Brigada DEM Comandante de la XIV Zona Militar se acercó a saludar de mano a cada uno de los muchachos, y que el gobernador no quiso quedarse atrás. Otro ejemplo: todos los grises de la zona cupieron en un solo autobús (claro, faltaron algunos, y los miembros del Estado Mayor venían en sus automóviles).
Tengo más que decir sobre esto de las proporciones. Luego de la ceremonia vine a descargar las fotos para pasárselas al buen Grosh (lo dejé cabo en el último Curso de Instructores que coincidimos y lo encontré sargento 1º); esperé a que el clima se definiera y, no viendo nada claro, me fui a lomos de «La Pitufa» hasta Calvillo. Más de la mitad del camino estuvo fresca, pero pasando el Cerro del Muerto (algo así como el diferenciador de microclimas de acá), hubo sol a plomo y parejo. Luego de vagabundear por el pueblo y quedarme con las ganas de saber de dónde le viene lo de «mágico», agarré camino de regreso. Desde mucho antes de llegar, se veía cómo la ciudad estaba cubierta de nubes gordas y el chorreo de la lluvia en varias zonas.
Todo el día tuve antojo de pizza. Así que nomás cruzando el segundo anillo comencé a atisbar entre los gogles salpicados de insectitos destripados los rótulos de las fachadas, pero lo único que encontré fue una llovizna fría, irritante, que me daba ganas no sólo de pizza, sino de sentarme junto al horno. Para ser una ciudad tan pequeña, de veras que da trabajo encontrar un changarro pizzero que no tenga cara de malo ni de caro, y que además acepte tarjetas bancarias. Terminé más resignado (aterido) que gustoso en un changarro cerca de la casa que más parece casa de ropavejero que restaurante; la verdad no me habría detenido si no veo clara y en letras redondas la palabra ‘pizza’ colgando sobre la banqueta. Y sentado ahí, en una silla desproporcionadamente baja, ante una mesa coja, viendo ir y venir a las muchachitas en mezclilla y Converse rojos que la hacen de meseras y me recordaron a mis hijas no sólo por lo bonitas, sino por lo peinadas, mientras me servían mi pizza me puse a pensar en eso de las proporciones; de hecho lo anoté en un papelito:

Del sol a la llovizna en menos de 50 kilómetros. Todo el día pensando en una pizza, más con la ropa mojada encima, y bebiendo una cerveza fría. Canciones ochenteras del rock en español a ritmo de bossa. Todas las contradicciones caben aquí. Del caos decorativo en este restaurante a la simplicidad monacal de mi cuarto... En esta ciudad tan pequeña, todo da paso a su contrario sin espacio para las transiciones.

Y ya no seguí escribiendo porque me sirvieron la pizza y no quería que se enfriara, aunque de todo modos a los diez minutos estaba como suela de huarache.


Sábado 26 de septiembre. Casi dos semanas sin actualizar estas líneas. Ya dije algo antier en otra entrada, pero me ahorré los detalles para hoy. Valga decir, cada vez hay menos detalles y más rutina, lo que ha de ser bueno porque significa que estoy menos estresado y más adaptado.
Una razón importante para no escribir durante la primera semana es que me dieron un ultimátum en el trabajo con los cursos virtuales de nuevo ingreso, así que pasé las tardes en eso, y que el viernes 18 agarré camino a Guadalajara.
La visita a mis rumbos estuvo movida. La noche del viernes y mañana del sábado fueron para rematar los mentados cursos; la tarde la pasamos con mi madre, a quien no había visto desde antes de transterrarme, y el domingo fue bien hasta que se nos ocurrió ir a la plaza Centro Sur para arreglar la situación de nuestros celulares, lo que resultó largo, improductivo y frustrante. Terminé cambiando la hora de mi boleto de regreso y mareado como si me hubieran batido en un volantín, y como familia sufrimos un momento explosivo que pudo salir caro.
Lo del celular terminé arreglándolo acá, más o menos. Mi teléfono de Guadalajara estuvo bloqueado desde el viernes por la mañana, con todo y mi urgencia de informar a la familia cómo habían quedado mis horarios de viaje. Lo que pretendíamos en Centro Sur era cancelar el contrato y trasladar los números (subcontratados) a la empresa que directamente nos provee el servicio, lo que no se pudo hacer porque el proveedor de cable adquirió los números de manera medio chueca. Tampoco pude contratar una línea nueva vaya Dios a saber por qué, pero el hecho es que acá contraté el martes 22 el mismo plan que pedí allá, con aparato casi que de cortesía, muchas sonrisas y una mochila de regalo, en sólo 30 minutos.
Con eso pasamos a esta semana. Las jornadas laborales no han sido excepcionales en modo alguno: la locura de lunes y martes, carga bien distribuida miércoles y jueves, y las llamadas raras de los viernes; esta vez, rescato la de una argentina que tiene todos sus accesos en la empresa local pero por alguna razón necesitaba meterse a la red trasnacional, sufriendo tanto con el inglés que de plano le pregunté si prefería hablar en español. Otra, de una brasileña que por alguna razón fue enlazada desde Estados Unidos, y el gringo metiche no dejaba la llamada ni nos dejaba entendernos en portugués.
Hoy amaneció algo tarde y, hasta sentarme a escribir estas líneas, fue un día ocupado: fui –por fin– a saludar a los hermanos grises que se reúnen cerca de la casa; pasé una hora con ellos compartiendo experiencias de lo que implica coordinar una unidad en promoción. De ahí fui a comprar la cámara nueva –por fin– para La Abejorra y regresé a casa para hacerle justicia a la pobre rila renga. Luego, asear el cuarto, con su polvo de dos semanas, llevar la ropa a lavar, comer, hacer compras y vas pa atrás. De nuevo en la casa, encontré la hermosa novedad de que no había nadie además de mí, así que me apropié del patio y el cuarto de servicio para bolear mis zapatos. Lo demás, ha sido estar frente al teclado, entre estas crónicas, chatear con mi señora y los amigos. Tantán.

Martes 29 de septiembre. He estado haciendo números y veo necesario «recortar algunas esquinas», como dicen los gringos. Aunque no me he pasado del presupuesto que hicimos en Guadalajara a mediados de junio, cuando los reclutadores de acá comenzaron a coquetearme, sí estoy llegando muy justo a la siguiente quincena. He estado guardando los comprobantes de casi todos los gastos, pero ordenarlos y sacar la suma real, me da miedo. Sólo totalicé los gastos fijos y añadí un aproximado de lo demás.
Lo primero, es que el cigarro y la bicicleta llegaron a un punto de equilibrio y se ha dificultado la reducción del vicio. Aunque no parezca, representa un gasto significativo comparado con el presupuesto total. Estoy haciendo al fin lo que debí hacer hace tres años, cuando recaí: aguantarme las ganas lo más posible; es cosa de cinco minutos cada vez. También estoy incrementado el acondicionamiento: tiempo con las manos en el manubrio es tiempo que no puedo agarrar un cigarro, además de extender el esfuerzo cardio-respiratorio y músculo-esquelético. Esto ha implicado pequeñas inversiones –y serán más–, como arreglar el eje de los pedales y cambiar la cámara ponchada. También de tiempo: ya quedé con los grises en que, mientras el trabajo y la familia lo permitan, las mañanas de sábado apoyaré la instrucción de los muchachos y los domingos participaré en la escuela de instructores (esta vez terminé algo aporreado, pero fue tiempo ganado a la pereza y el cigarro). 
Otro tema que me está descalabrando son los abarrotes. No porque sea mucho, pero con pequeñas cosas se hacen grandes agujeros en el «cochinito»: de cada cuatro virotes que compro en el supermercado, termino tirando al menos uno (por fortuna ya detecté un minisúper a la pasada en mi regreso de la chamba donde venden pan de verdad; menos gasolina en vueltas y menos dinero a la basura). Y esto nos lleva a mi régimen alimentario. Los tiempos para usar la cocina son un desmadre y el espacio del refrigerador está peor, de modo que no puedo guardar despensa ni confiarme en que diario tendré mi hueco para preparar itacate. En las mañanas bebo un vaso de leche; llevo galletas, barras de cereal o una manzana para el almuerzo; recurro al comedor de la empresa a mediodía, y ceno invariablemente pan con queso de cabra, algún embutido y vino tinto (neta que sí ayuda a reducir la grasa corporal). Estoy comprando la leche por litros para que no se eche a perder; lo del pan ya lo arreglé, y estoy pensando seriamente si vale la pena cambiar la dieta nocturna por algo menos burgués, con el considerando de que no he tenido gastritis ni agruras desde que me impuse ese régimen.
El problema llega cuando en la ida al supermercado se me pega un seis de cervezas o una botella de algo. O una prenda de ropa... Las compras de soltero son deprimentes.
Los fines de semana mis finanzas sufren otra sangría. He caído regular y puntualmente en la tentación de comer fuera, y no en cualquier fonda, porque por aquí no hay. En tanto no pulse bien la rutina de A. y mis coinqulinos, ni supere la depresión que me da comer solo, cocinar tampoco es opción esos días.
Y el gasto que más me irrita: la lavandería. No he podido divorciarme del changarro al que fui la primera vez, caro y no bueno. Entre que aquí la mayoría de negocios cierra temprano o de plano los sábados no abre; que se me atraviesa algún contratiempo y no alcanzo abiertos otros lugares, o que ya no tengo efectivo y acá aceptan tarjetas de crédito: por el pretexto o razón que se quiera. Lo único que estoy lavando a mano son mis camisas claras (no quiero que desde la entrada vean colgados mis calzones en los tendederos del patio, como ocurre con otros/as aquí), y yo mismo estoy planchando la ropa. No sé si sea mejor juntar el doble y «aprovechar» la «oferta» para encargos mayores de cinco kilos (a ver cómo los acomodo en la moto, además de que tendría que invertir/gastar en otro puño de prendas para completar dos semanas), echarme la vuelta a la lavandería de autoservicio que queda casi hasta el primer anillo (a ver si la alcanzo abierta) o probar suerte en otros changarros de la «zona fresa» que quedan relativamente cerca.
La renta ni debería mencionarla, aunque es el mayor de los gastos fijos. Me molesta, sí, pero desde el principio sabía que sería la mayor inversión para tener este trabajo. También sé que al término del medio año firmado con A. tendré vistas opciones mejores. 
Así las noticias de economía en mi diminuto rincón de Aguascalientes.

Viernes 02 de octubre (no se olvida). No he visto la bicicleta de Garza desde hace días. Es buen muchacho, deseo que las cosas estén yendo bien para él y que sólo optara por cambiar de transporte. 
En otros temas, el plan de austeridad ya comenzó. Cuando fui a sacar el dinero de la renta me percaté de que será una quincena muy encogida. Habrá nueva lavandería, no tinto, lácteos menos catrines, y comprar con tarjeta de crédito la ropa que me falta para completar, si no dos semanas, ocho kilos de garras (la cuota del nuevo proveedor); también algunas prendas de abrigo básicas porque el frío está avanzando rápido. Espero que llegue un pequeño depósito misterioso, igual que hace un mes, para tener dinero propio en la bolsa.
Como buen transterrado, en esto de los gastos me he estado viendo solo la cara de tonto; si se quiere, de conejo aperreado, de azorado, de gato llevado a perder. Eso de no conocer y tampoco animarse a sacar la nariz de la madriguera, de veras que sale caro. Está uno a expensas de los vivales que se arriman a su minúscula zona de seguridad. Conforme conozco mejor el terreno voy liberándome de estas tomadas de pelo; es el caso –por supuesto pero no solamente– de la lavandería. La próxima vez iré a la sucursal de una franquicia, versus el changarro familiar que ha estado sangrándome, y se echan de ver las diferencias en infraestructura y gastos de operación. Por más carga será menos dinero, aun si optara por el servicio de encargo.
Voy comprendiendo profundamente a Akhilesh y toda la legión de indios atrincherada entre Plaza del Sol, Las Fuentes y Paseos del Sol; a don Severiano, don Evaristo y un largo etcétera de ex colegas.
Terminando jornada, pues, recorrí todos los supermercados del norte para comparar precios de los productos que consumo habitualmente y en adelante ir a la segura, además de revisar los pendientes dichos más arriba: en Soriana había la ropa que necesito, en mi talla pero cara; En Walmart vi los guantes que estaba buscando, caros, y la ropa al precio más bajo, pero no de mi talla; en HEB –que sólo conocía por referencias de mis primas transterradas a Texas– sólo gasté gasolina (malo y caro), y en Mega todo estaba caro, excepto los guantes, así que ahí los pepené y, haciendo caso a Norma, del puro gusto se me pegó una botella de ron, del que solía comprar en Guadalajara y aquí no había visto. Regresé a Soriana por la ropa y de ahí a la casa.
Es evidente, pues, que hoy no hubo rila. De hecho, esta expedición por los supermercados debo agradecerla en parte a los egregios colegas de Capital Humano, quienes me mandaron un afectuoso correo en el tono más o menos de «ya reconfirmamos tres veces que sí cumpliste con los cursos mandatorios y sus exámenes; por lo tanto te informamos que FALTA OTRO. ¿te lo echas este fin de semana?» Por supuesto que no arruinaré mis días de descanso con eso, aunque se trate del curso de protección civil y me lo sepa de arriba a abajo. Entre eso y la fatiga muscular por el acondicionamiento, que me obliga a tomar un día de reposo (debió ser ayer), mejor ajusté planes; moví mi viacrucis comercial para hoy y haré el curso en cuanto termine estas líneas.

Sábado 03 de octubre. Doña A. me saludó hoy con la noticia de que ya puedo usar su lavadora, «excepto la ropa interior, ésa la lavas a mano». El precio es asear el baño una vez cada quincena. Lo del baño no me pesa, es parte del convenio; el ‘cuándo’ debió definirse hace un mes, pero parece que mi coinquilina me tiene más miedo que al diablo y no se animaba ni a decirle a A. que me dijera, hasta que me vieron trapeando el «servicio», como hago cada semana después de asear mi cuarto. Lo que me pesa es el gasto en ropa que hice ayer, y que mi coinquilino suele ocupar el lavadero durante días remojando sus calzones. Como sea, en cuanto oyó nuestra plática salió disparado al cuarto de lavado, sólo para cambiar el problema del lavadero al tendedero (los vecinos hoy tienen carne asada, él sabrá cuánto se tarda en recoger su ropa olida a sebo y tizne).
Como inmediatamente se largaron todos a la calle, es de imaginar cómo procedí. Ardido uno, y mañoso, cuando regresaron ya tenía el baño lavado y casi todo el garrero tendido; las prendas cuestionables estaban convenientemente apartadas en una cubeta de color conspicuo, para que constara que esa ropa estaba aparte.
En cuanto volví de comer le di una vuelta a mi ropa tendida; con el sol parejo y redondo que pega aquí, solamente los pantalones de mezclilla quedaron colgados. La vergüenza es que mis calzones estaban frente a la cocina (para que no se vieran desde la sala) y mi estimada compañera de alquiler llegó... directo a cocinar.
Hoy no hubo acción con los hermanos grises porque se llevaron a la unidad central la única muchacha cosechada en el reclutamiento, así que tomé la mañana por mi cuenta y me puse a pedalear como loco. Dice el Runtastic que fueron 22 kilómetros pero en realidad fueron más, porque no contabilizó el tramo de la casa a la unidad. Siento las piernas pesadas y el sudor me da comezón en todo el cuerpo, pero no quiero deshacer mi trabajo con el aseo del baño. Antes de dormir me daré una larga ducha caliente para relajar el cuerpo; entonces será.

Domingo 04 de octubre. Con toda la vergüenza del mundo, hoy tuve que excusarme con los grises. Desperté acalenturado, aporreado por la pedaleada de ayer y descompuesto de la tripa (sin detalles, por favor). No sé qué sea causa de qué, pero mi experiencia dice que es fatiga acumulada, en este caso, física y mental. Además, necesito descansar bien y parejo para asimilar el cambio de horario que inicia mañana.
Apagué el despertador, envié un mensaje al oficial Correa e hice el mayor esfuerzo posible para seguir dormido, pero soñaba que estaba en el trabajo. El grupo del Whatsapp para el proyecto tiene la maldita costumbre de mandar alertas entre las 00:00 y las 02:00, principalmente los fines de semana, y aunque hasta el momento ningún asunto es crítico para mí, el sueldo incluye estar on call (disponible) a cualquier hora de cualquier día o noche. Eso le descompone a uno el sueño y, aunque duerma tendido, se sueña con el trabajo y está con la oreja parada. Así que a las 11:00 me cansé de tratar de descansar y me levanté a Misa.
Hoy fui a la que se supone es nuestra parroquia; la administran los Siervos de María, que tienen su noviciado a la entrada del fraccionamiento. Si aquí en general todos los templos están llenos en todas las Misas dominicales, hoy me sorprendió además la buena disposición de la gente (el Pbro. Benítez, líder moral de la Pastoral Litúrgica en Guadalajara, lloraría de emoción), y qué decir de las enormes filas para comulgar. El padrecito tiene sus bemoles pastorales y culturales, así que no es por él: es la comunidad.
Aunque había kermés por las fiestas patronales y las tortas de lechón eran tentadoras, visto mi estado opté por comprar un aséptico lonche en el Subway que está algo más al norte del fraccionamiento y una aséptica cerveza de lata en el Oxxo a tres puertas.
La caminata del templo al Subway y de ahí a la casa me hizo entrar en calor; ya sintiéndome mejor (aunque no bien), me enlacé en videoconferencia con mi gente. Entre mordida, trago y cháchara se fueron casi dos horas. Creo que, en ‘realidad’, allá querían que comiéramos juntos, aunque fuera de manera ‘virtual’.
Así que el día se ha ido prácticamente en cumplir con los deberes ante Dios y la familia, con muchas visitas al «servicio» y a la cocina para beber agua.
El clima ha estado chinguiñoso y el pronóstico meteorológico advierte que la situación empeorará a lo largo de la semana. Norma dice que allá está peor. Creo que destinaré las horas que restan a elaborar la vida imaginaria del elusivo Tony La Rose.

Martes 13 de octubre. Como estaba previsto, la semana pasada estuvo lluviosa. Por fortuna el jueves comenzó a componerse, y el viernes me fui seco a Guadalajara. Allá también estuvo agradable en lo meteorológico; el sábado por la mañana se comenzó a descomponer mi estado de ánimo. Esta vez, gracias al bendito Polo, que nos dejó tirados camino al trabajo de Norma.
En el viaje de ida a mi tierra coincidí con un transterrado conocido del trabajo anterior, también en plan de visitar a su gente. La compañía aligeró el trayecto y me iluminó algunos puntos oscuros. Llegando al rancho, estaban esperándome Norma e Inés; llegamos a casa por Edgardo y salimos a cenar tacos en un puesto del fraccionamiento.
Volviendo al sábado, sabíamos que sería un día largo pero no anticipamos las complicaciones. A los adultos nos amaneció temprano; salimos con el tiempo medido para que Norma llegara a dar su clase y con la descompostura del coche comenzamos a apanicarnos. Ella se subió a un taxi y yo me quedé viendo cómo el motor había aventado todo el aceite por la manguera del filtro de aire. Entré a la refaccionaria frente al sitio donde nos quedamos varados (una especie de Oxxo automotriz que abre temprano y cierra tarde: ¿ironía? ¿Providencia?), compré un bidón de aceite y se lo vacié. La bayoneta no marcaba nada. Hablé a la casa para despertar a los chamacos y contarles lo sucedido. Traté de mover el traste, en cinco segundos echaba humo por todos lados y se apagó otra vez. Lo acomodé a empujones en un cajón del estacionamiento y volví a llamar a casa: tendrían que alistarse ya y llegar a la preparatoria en camión.
Para entonces yo estaba mareado del enojo. Durante la caminata a la escuela y la hora que pasó antes de iniciar la junta, me serené, llamé al mecánico de cabecera, revisé la póliza del seguro y organicé mis pensamientos. El clima seguía siendo espléndido y me había calmado lo suficiente para disfrutarlo. De la junta, pues poco que decir, más allá de que fue algo completamente diferente de lo que esperaba. Sirvió de terapia relajante para soportar lo que llegó después.
Fueron largas llamadas escuchando la grabación de espera y viendo cómo la batería del cacahuats se vaciaba igual que cubeta de zinc picada. Por fin, pasadas las 13:00 y agotada mi paciencia, fui atendido y se envió una grúa. Los muchachos fueron al centro comercial de al lado para comprar comida, llegó Norma, se fue el calor de la tarde, y los 45 minutos prometidos se convirtieron en dos horas, mediando más llamadas a la aseguradora, otra a la empresa de grúas y un ataque de pánico cuando nos dijeron «no, pos la guardia con esa aseguradora nos tocó ayer, no tenemos ningún despacho para recoger un Polo como el que usté dice».
Sabiendo lo que es trabajar en una mesa de ayuda, marqué rabiando por última vez a la aseguradora (ahora sí me contestaron en menos de tres minutos) y, mientras vaciaba toda mi frustración en el oído de este pobre colega cuyo nombre no recuerdo, cuidadosamente maquillada para hacerlo sentir mal («mi familia lleva dos horas parada bajo el sol» fue la más leve), llegó la grúa y, con una destreza increíble, en cinco minutos el chofer ya nos tenía rodando hacia el taller. Buena onda el fulano; pobre cabrón debió pensar que después de colgarle a la aseguradora iba a seguir con él, pero no era su culpa. Hasta le invitamos las bebidas pal calor. Nos dejó muy contento en el Tianguis Cultural (se lo había prometido a Inés desde antes de ir a Guadalajara) y se siguió al taller junto con Norma.
Haciendo fuerza de la necesidad, ella fue a pedirle prestado su carro a mi madre y yo puse mi mejor cara caminando entre darketos, mariguanos y otakus (era difícil distinguirlos a esa hora); compramos algunas cosillas y regresamos a casa.
Mientras nos alcanzaba Norma, estuvimos conversando muy sesudamente sobre lo que vendría luego de una falla mecánica tan espectacular. Supusimos con acierto que sería algo grave y costoso; nos echamos compromisos personales para salir lo mejor librados del trance, y buenas noches.
El domingo fuimos a almorzar con mi madre en un restaurante; llevamos a Norma a su guardia por la romería de la Virgen de Zapopan, estuvimos un rato en la casa materna y de ahí a la central de autobuses para mi viaje de regreso. Así se fue este fin de semana. Tan rápido y tan lento.
El lunes tuvimos confirmación oficial de que el Polo está desbielado. No quiero prejuiciarme contra los brasileños, pero ésta es la segunda vez que el carrito carioca hace la misma gracia. La primera le costó al dueño anterior un cambio de motor. Yo no quiero que nos cueste un peso más de todo lo que le hemos puesto en mecánico y refacciones. Hace rato estuvimos hablando largamente por teléfono sobre el asunto. Así como está, nos pagarían casi lo que cuesta el enganche de un carrito nuevo. Arreglarlo nos cuesta tanto como la mitad de eso. Venderlo para comprar otro, implica gastar durante años dinero que no sabemos si tendremos. Arreglarlo, nos cuesta en lo inmediato un dinero que hoy tampoco tenemos, y no nos aseguran que quede bien.
Estoy muino, pues. En el trabajo, para colmo, ayer nos desayunamos la noticia de que el único que habla francés (indispensable para atender a los usuarios de Quebec) hizo berrinche y renunció de sopetón. Hemos estado rezando para que no hable ningún necio de allá exigiendo parler la langue.
La nota alegre es que desde ayer ha estado buscándome la persona más impensada: el indio que fue mi primer jefe en otro trabajo. En buen plan, pretendiendo mi amistad, no para hacer reclamos ni pedirme que regrese. De veras que la vida siempre tiene sorpresas.

Viernes 16 de octubre. A toro pasado, aunque mi nuevo patrón y yo seguimos de «luna de miel», ya comenzaron a salir los defectitos que uno nunca quiere ver durante el «noviazgo» aunque todo mundo los señala: no nos han pagado el tiempo extra de septiembre. No es que la empresa se haga la occisa, es sólo burocracia. El problema es que yo contaba con ese dinero para pagar la afinación de «La Pitufa». Fin de la nota (por el momento).
En otras novedades, el plan de austeridad sigue a todo trapo. Ayer compré por adelantado la leche de doce semanas en envases ultraesterilizados de ésos que aguantarán hasta que «Wall-E» quede solo limpiando el planeta, aprovechando la visita al supermercadote ése que pide membresía (iba a comprar barras de cereal para todo el mes). Menos gasto en vueltas. También compré –en el supermercado sin sufijos– queso mozzarella fresco en oferta, jamón serrano en oferta, pasta en oferta, puré de tomate en oferta y algunas otras cosillas para ahorrar en las comidas del fin de semana (incluido un seis de cervezas baratas y un litro de vino barato), y las hice caber en el refrigerador sólo Dios sabe cómo, o un estibador del Mercado de Abastos (algo que agradecer al negrero Teodoro, historia que algún día contaré). Falta ver cómo resulta la batalla por la cocina.
He tenido algunas breves pero productivas conversaciones con mi coinquilino, visto que su hermana anda de congreso y se siente igual de solo que yo, o más. Creo que ya no me ve tanto como entenado, advenedizo, especie invasiva ni competencia por el afecto de su mamá postiza (doña A.); quiero decir, ya no me enseña los colmillos cuando me le cruzo inadvertidamente, le gano el baño o la cocina, aunque de todos modos seguimos teniendo cierta competencia. A ver cómo siguen mañana las cosas, su consanguínea de regreso y los tres necesitando el lavadero.
Vuelvo a «La Pitufa». Cumplí mi promesa (a la misma moto, al mecánico, a David y a Norma); saliendo del trabajo y con la guía del GPS (comienzo a tenerle gratitud al cacahuats) la llevé al taller, allá por el sudeste de la ciudad, aunque no tan lejos como la unidad central de los grises. No es tan  glamoroso como imaginaba, pero su reputación lo antecede. Mario, el jefe de taller (¿todos los mecánicos aquí son mis tocayos? También el que intervino a «La Abejorra» comparte mi santo) se comprometió a tenerla lista mañana por la tarde. Se ve confiable. El asistente (con quien hablé hace semana y media) empeñó su palabra en respetar el presupuesto dado por teléfono, incluida la reparación de la marcha. Vamos viendo, dijo el ciego.
Creí que sería mi primera experiencia con los camiones de acá, pero viendo la ruta a pie (de nuevo en el cacahuats) decidí aceptar el reto y caminé nueve kilómetros «a campo traviesa» hasta «mi casa». Tengo los pies ampollados, pero los lugares que conocí entre el taller y el centro valen el precio. De pronto no sabía si estaba en la ciudad de México, Querétaro o Zacatecas: rincones que me supieron familiares aunque siempre con el sazón peculiar de esta urbe fundada en medio del chaparral.
Hablando de familiaridades, hoy empezó a sentirse aquí el vientecito jodón que caracteriza los otoños de El Bajío (estamos en el extremo norte de la región). En Guadalajara (extremo occidental) casi no lo percibimos ya, rodeados siempre de cemento y caminando sobre el cálido asfalto. En Querétaro (extremo oriental) es mucho mucho más mordiente, sobre todo por el rumbo de La Cañada, donde viví un año. Aunque cierta mañana de la semana pasada (creo el martes) estuvo fría y cubierta, y desde el cambio de estación he sentido rachas capaces de mover la moto, sólo desde el mediodía de hoy se ha sentido ese aire que sabe a desierto, atraviesa la ropa, hace lagrimear y da ganas de abrazarse de alguien o enterrarse bajo cuatro cobijas. El cielo, mayormente despejado, deja caer un sol bárbaro que, combinado con lo frío del viento, reseca la piel y los labios.
Mañana será mi primera ida al trabajo en bicicleta; tenemos curso. Por fin conocerá «La Abejorra» el ciclopuerto del changarro. Espero que esté más bien vacío por ser sábado, para que no se ponga celosa de los velocípedos que llevan mis compañeros solteros y sin obligaciones.

Domingo 18 de octubre. Hecho de la semana: no sé cocinar para mí solo. Según yo compré cantidades diminutas de todo, pero resultó tanto, que hoy de plano convidé a mis coinquilinos con tal de que las cosas no se echaran a perder... Inopinada ofrenda de paz. Dicen que quedaron buenos los fusilli collore en salsa Alfredo al romero, y la muchachita resultó muy elocuente, sería que en el congreso al que fue se aburrió mortalmente o que eligió un tema de conversación en el que me pude lucir. Siento que ya comenzamos a romper el hielo. Mientras yo sacaba la ropa de la lavadora, el hermano tomó los trastes por su cuenta –cosa que no esperaba en modo alguno– y hubiéramos seguido en la cháchara y el quehacer si no es porque llegó doña A. con una de sus hijas y una amiga, y sobre todo con ganas de usar la cocina.
Ayer fue en día ocupado de sol a sol. Inició con el curso en el trabajo y siguió con la caminata al taller para recoger a «La Pitufa», donde resultó que la marcha no tiene nada: el causante de todos los problemas era el foco del faro, que tenía el doble de wattaje recomendado. ‘Todos los problemas’ significa la compra de dos baterías dañadas por exceso de demanda, la revisión del sistema eléctrico por el mecánico de allá, encender la máquina a patadas en el calorón del verano o con los entumecimientos del invierno... Ochenta pesos que nunca debí gastar y que ayer volví a pagar.
Llegué tarde a la casa, como a las 17:00, luego de desviarme al centro para comprar más ganchos de plástico y pinzas de ropa (me esperaba la ropa sucia de dos semanas). Como no había nadie, hice trampa otra vez con la ropa interior, pero eran tantas cosas que me quedé sin jabón, ganchos, tendederos ni ganas para echar la segunda tanda.
Ya con la ropa tendida, cumplí mi obligación de lavar el baño y arreglé mi cuarto; cuando terminé ya pasaba de las 19:00. Hasta entonces me puse a cocinar. Al tiempo que llegaban mis coinquilinos ponía a hervir el agua para la pasta y llamé a Norma; hablamos mientras hacía mis tallarines en salsa boloñesa (me sobró la mitad de la carne) y les hincaba el diente, aprovechando los interminables minutos que tengo contratados para el cacahuats.
Debían ser cerca de las 21:00 cuando terminé de hablar / comer-cenar; subí a bañarme y a arreglar el uniforme del Penta.
Hoy pintaba para ser un día igualmente atareado, pero ha ido bajando constantemente de ritmo hasta el punto de casi quedarme dormido. Fui a la escuela de instructores para sólo hacer un poco de calentamiento punteado con instrucción técnica, y a las 10:00 nos despacharon al centro para reunirnos con los muchachos que estaban en la exposición fotográfica con motivo del aniversario no sé cuántos de la no sé qué del Ejército (he escuchado tres versiones diferentes y no pregunté). Allá los apoyé en las actividades hasta que rompieron filas a las 12:00; pasé por el supermercado para comprar más jabón de ropa y algunos pendientillos que quedaron de la compra anterior, volví a la casa y me lancé directo a la lavadora (efectivamente, se la gané a mi coinquilino por tres pasos). Como fue evidente mi cabronez, y viendo que tenía que hacer algo con la comida comprada para el fin de semana, decidí que lo mejor era relajar el ambiente con una ofrenda de paz, y ahí es que llegamos al primer párrafo de hoy.
Después de eso, la tarde y lo que va de noche se ha ido en cabecear, revisar la ropa tendida, darle arriba y abajo al feis, e intercambiar mensajes con la familia. Cada que sufro una tarde así («solamente muero los domingos...») creo entender por qué esta ciudad tiene un índice tan escalofriantemente alto de suicidios, algo que no empata con tener, también, uno de los índices más altos de calidad de vida. Me hace recordar la primera versión de la Matrix: los humanos necesitamos algo de caos para sentirnos vivos.

Martes 20 de octubre. ¿Ofrenda de paz? ¿Pláticas productivas? ¡Mis bondongos! Anoche, A. me disparó a quemarropa: «me chismearon (nótese el énfasis en el plural) que no has lavado el baño». Como mejor pude, disimulé la mueca de «vayan todos a chingar a su madre» y el nudo de tripas (estaba a punto de cenar), me puse una sonrisa elocuente y espeté: «Claro que sí, el sábado llegué como a las cinco [de la tarde] y fue lo primero que hice aprovechando que no había nadie... Como a mí molesta mucho que hagan el aseo encima de mí... Dirían las abuelas, que le barran los pies a las visitas... De hecho, aproveché para darle una tallada a los acrílicos del cancel, a ver si se les cae algo de sarro». OK, no fue lo primero que hice, pero lo hice. No debí disimular muy bien, porque de inmediato la señora reculó: «Ah, los acrílicos... Como esta niña estaba de viaje (¿se notó el singular?), no debió darse cuenta...» Balconazo.
Formado en un colegio salesiano, esculta, oficial e instructor en una organización juvenil militarizada, además de ser un De la Rosa –con todo lo que implica llevar la herencia de don José– y el único hijo de mi madre –quienes conocen a doña Juana de la Rosa Limón saben de qué hablo–, ¿cómo carambas se atreve alguien a poner en duda mi palabra?
OK, esta gente no está para decirle todo eso ni lo entendería, pero ¿no es de sentido común que el compromiso de lavar el pinche baño cada dos semanas es nada para un hombre con más de cuarenta años, que lleva la responsabilidad de sostener una familia y hace lo que sea necesario para mantener un trabajo lejos de su casa y de su gente?
Una dama es una dama aunque demuestre lo contrario, dice mi Cmte. Moisés, y mi actitud hacia las mujeres de la casa no cambiará, porque me esmero en ser un caballero (aunque a veces me salga lo patán). Pero es un hecho que no dejaré de tener atento el ojo que de todas maneras mantenía abierto. Si vuelve a darse la ocasión (que no será pronto), no les negaré un bocado de mi plato ni dejaré de cederles el paso en la puerta. Pero aniquilaron toda esperanza de llevar la convivencia obligada a algo parecido a la amistad. No digo tampoco (y ni ganas) que me incluyan en su ceremonia babosa de salir todos juntos casi tomados de la mano y dando saltitos a hacer las compras, sino simplemente dejar de sonreírnos a güevo cuando nos cruzamos por la casa. Con el muchacho no tengo tanta suspicacia, es muy transparente y directo, y quiera Dios que así siga el resto de su vida.
Como sea. Los grises me pidieron que redibuje la medalla de perseverancia de segunda clase, como hice con la de tercera hace algunos años, para incluir la imagen en las patentes de antigüedad. Entrados en el tema, comencé por calentar la mano y desentumir la técnica rehaciendo una «mascota» del PDMU, el águila real mirando hacia el cielo, custodiada por las bayonetas de seis mosquetones y arropada por un pendón tricolor. En el mediano plazo quiero hacer con ella parches tamaño espalda para regalar a los amigos (y a mí mismo. Y a la familia). Hoy fui a un changarro de bordados a pedir cotización durante mi vuelta de acondicionamiento. 
Son las pequeñas ocupaciones que dan sentido a mi tiempo libre, entusiasmándome en algo que no sea acabar de una vez con la cajetilla de cigarros, remascar las miserias del trabajo, la vida de los vecinos o la pila de trastes en el fregadero (agrego: o los chismes de coinquilinos). Creo que Norma nunca ha entendido bien por qué lo hago, sé que le molesta verme «perder el tiempo» en cosas que no producen un beneficio material directo a la familia sino que incluso nos cuestan, aunque siempre termina siendo mi cómplice. Ha de ser porque nunca antes lo expliqué, ni a mí mismo.

Domingo 25 de octubre. El viernes pasado salí a Guadalajara atravesando un clima de pánico más denso que la lluvia misma traída por el huracán «Patricia». Las noticias se amontonaron a lo largo del día con tonos cada vez más alarmantes, anunciando catástrofes de Texas a Colima (o más bien viceversa) que fueron recibidas aquí –donde la gente no ha visto una verdadera tromba en años– como las trompetas del Apocalipsis. Debí cambiar mi plan de viaje sobre la marcha, comprar boletos de camión en el último momento y regresar la moto a casa de A., con todo lo que había preparado para el viaje (la verdad es que la lluvia sí era persistente, y además fría). Uno de tapatío tormentero, los costeños de ambos mares y los regiomontanos, mirábamos crecer la histeria y simplemente no veíamos que los signos meteorológicos dieran para tanto.
Con alguna preocupación (es verdad) agarré camino a Guadalajara, vigilando el cielo e intercambiando mensajes con la familia. Sí, llegué con agua, pero no tanta ni tan violenta para preocuparnos.
El sábado –ayer– hasta vimos sol. De cualquier manera ya se habían dado órdenes de suspender clases por todos lados, así que Norma y yo sólo fuimos de paseo a su trabajo, e igual llevé a Inés a pasear frente a la capilla. Fue su cumpleaños. Todo bien, pasado el trago amargo de que los reposteros no dieron por recibido el diseño para la decoración del pastel, pero lo tuvieron a tiempo. 
Hoy también fue buen día. Terminó el horario de verano, así que tuvimos una hora más para dormir. Fuimos al taller para ver el Polo y a un señor interesado en comprarlo. Fue lastimoso ver el motor completamente desarmado, los sellos retorcidos, una biela quebrada y con los bordes de la fractura fundidos; abandonado todo ahí desde hace una semana porque el mecánico tuvo una recaída alcohólica. Pero nos consolamos de inmediato contando billetes, aunque en poco tiempo nos desharemos de ellos: mi gente tiene que moverse en algo (que no sea el vehículo de mi madre) y Norma se hado prisa en encontrar una solución al problema.
Comimos con mi madre, me llevaron a tomar el autobús, y heme aquí gastando las últimas horas del día en decir que por fin tuve un buen fin de semana en casa. Hasta encontré taxi inmediatamente a la salida de la central. La única nota gravosa es que el cliente aún no cambia de régimen horario, así que hasta nuevo aviso entro a trabajar a las 6:00. Sólo de recibir el aviso me mareé y me dolió la cabeza, pero recapacité de inmediato y me di cuenta que biológicamente será la misma hora de antes.

Miércoles 28 de octubre. Del lunes, nada qué comentar. Rutina y nada más. El martes pintaba para lo mismo, hasta que alguien (cuyo nombre fue anunciado con antelación pero nadie se ha molestado en recordar) borró una base de accesos y nos puso a bailar tarantas durante al menos 24 horas. Este golpe de fuego amigo fue tan duro, que hoy Chuck, un gringo viejito apostado en la oficina de Missouri, el miembro más ecuánime del equipo (sólo está esperando el día de su jubilación), dejó escapar en el chat grupal: I trade 400 calls for only 5 minutes alone with whoever deleted that user database... Gajes del oficio, pues.
Visto desde mi reciente experiencia de tres años dando soporte de segundo nivel en el área de seguridad y cumplimiento (cuya misión es adelantarse a los hackers, los auditores y los pendejos), alguien la regó soberanamente ordenando o permitiendo una depuración de accesos inactivos (lo que allá nombrábamos security access review, de ingrata memoria para mis ex compañeros) en un sistema crítico sin exigir controles ni ruta de ejecución, plan de contingencia ni estrategia de mitigación. Y no fue la pobre muchacha que presionó la tecla de ‘eliminar’ en el edificio al otro lado de la calle.
Como acá los horarios se respetan, las tardes extralargas de esta semana son mías. Eso significó dos buenas pedaleadas, pero hoy el cuerpo pide descanso, así que luego de un día caluroso y en vistas de un cielo chinguiñoso que podría (o no) traer lluvia, saliendo del trabajo fui a comprar el menú finisemanal y he estado en el cuarto entre acomodando despensa y narrando sucedidos.
Ayer caí en la tentación de seguir los malos consejos de Rafael Osuna, con ciertas concesiones a mi concepto del pudor cultural: en vez de clavarme viendo animé, he retomado un maratón de Doctor Who que iniciamos Edgardo y yo hace algunos meses. Así que nos leemos luego, todavía queda mucho trecho con el Primer Doctor.

Domingo 08 de noviembre. Con noviembre llegó el caos. Resumiendo la parte engorrosa de la historia (incluido por qué no escribí nada por más de una semana), estaré trabajando de las 13:00 a las 22:00, lunes a viernes. A otros newbies les está yendo peor. Lo bueno es que ahora también estoy atendiendo casos recibidos por correo, un medio que me resulta más familiar porque se parece al servicio de segundo nivel que di durante tres años. Lo malo es que mis primeros mentores se están poniendo en plan mamón y ya sacaron el látigo.
Los fines de semana han sido mortalmente aburridos. Luego de ir con los grises, hacer mis pendientes con el cuarto, la ropa y el baño –cuando toca–, me quedo dormido viendo Doctor Who o dándole al Feis arriba y abajo.
No sé si valga la pena seguir con estas CRÓNICAS. Quizá las retome sólo cuando haya algo en verdad interesante.
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Sabiduría Pentathlónica