20150822

El valor de obedecer (crónicas de transterrado ii)


Cuando sabes dónde estás, qué debes hacer y cuál es el objetivo, puedes tomarte la libertad de ser creativo y ejecutar las órdenes como se te dé la gana. Cuando carezcas de uno o más de estos datos, sé humilde y sigue puntualmente las instrucciones. 

Mis primeros días en Aguascalientes se han caracterizado por un fenómeno reiterado, desesperante a veces y cada vez más aleccionador: perderme. La culpa no es de la ciudad, de Google Maps ni de las señas que da la gente: es de mi (ahora) perniciosa costumbre de INTERPRETAR en vez de OBEDECER.
Llegué hace tiempo a esa etapa en la que pareces haber aprendido todo, practicarlo y dominarlo, de modo que los demás te señalan como el indicado para enseñar y guiar a los que vienen detrás: padre en mi familia, single matter expert en el trabajo, instructor y mando en el PDMU; alguien cuyas opiniones atraen la atención hasta de quienes están «fuera del ajo» y, a veces, se les atribuye autoridad de magister dixit.
Y de pronto esto no es más así. Desde hace una semana, soy «soltero a güevo», el newbie del trabajo y, desde hace un par de años, un oficial egresado a quien cada vez menos gente pide opinión; menos aún, consejo. Es hora de asimilar que el ciclo vuelve a comenzar y que, en términos de asertividad existencial, soy nuevamente un niño que debe aprenderlo todo mediante la obediencia y la corrección. Pero es difícil. Con esta edad y este hábito de ser el que «se las sabe todas», ordena y corrige, cómo cuesta bajar el índice, agachar la cabeza, decir «sí, señor» y, sobre todo, hacer las cosas como dijo el tal señor.
Hasta el momento no ha pasado de extraviarme por las calles, sea unos minutos en automóvil o una hora en bicicleta, por leer descuidadamente las instrucciones de Google Maps, soslayar detalles en las señas que da la gente o asumir que el recorrido es más fácil de lo que parece; peor aún, por la conchudez de pensar que, en el peor de los casos, aquí el taxi es tan barato que los errores se pagan con morralla.
Confío que ahí quede. Estoy arriesgando mucho con esta aventura. Nos ha costado bastante –a mis ex colegas, a mi familia, a los nuevos compañeros y el nuevo patrón; a mí– en esfuerzo, dinero y tiempo, como para echarlo a perder por causa de mi soberbia.


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