20171120

Cristal


Entre los dedos se nos escurre el tiempo, y su flujo nos ha adelgazado hasta volvernos transparentes. Pasamos ya por la forja del acero, experimentamos la humildad del latón, la suave resistencia de la seda. Y nos vemos hoy frágiles; es imperativo tener cuidados que antes nos parecían absurdos. 


Hicimos lo que pudimos con lo que teníamos, y mucho más. Acometimos las batallas que se plantaron en nuestro campo. Blandimos la espada y el escudo cuando fue preciso; custodiamos con toda nuestra debilidad –y seguimos custodiando– lo más sagrado, para entregarlo inmaculado a los hijos. Entonces vino un último sacrificio para dar plenitud, según la medida de nuestro honor, al legado que recibimos y más adelante entregaremos.

No ha sido sencillo. Esta circunstancia nos exige el vigor de la juventud y la ciencia de la vejez, cuando estamos a medio camino entre ambas. Sobre los 300 kilómetros que nos separan, nos reconocemos frágiles, tanto como juntos nos creíamos invencibles.

Puede verse con perfecta claridad, a través de nosotros, lo que tenemos detrás, lo que espera adelante; lo poco que hoy somos y nos esforzamos en multiplicar, como la cuenta de cristal reproduce en sus facetas una brizna de luz.

Hace quince años era impensable todo lo que hemos vivido. El futuro era opacado por nuestra misma corporeidad: con frecuencia el impulso dejaba a la razón atrás, y la soberbia a la fe. Hoy, más serenos –por necesidad aunque también por experiencia–, entendemos que cuanto hemos conseguido, y cuanto aún construimos, es producto no de nuestra pequeñez y fragilidad, sino de la Mano que nos guarda y nos guía. Comprendemos que la Luz no es un tesoro que podamos acopiar, sino que debemos transmitirla, dejarla ser; ayudarla a penetrar los rincones.

Para obtener las cualidades de transparencia, refracción, brillo, el cristal debe ceder otras. Su fortaleza intrínseca ha de sublimarse, dejar de ser roca un tanto. Y así nosotros.

Lo que nos correspondía hacer y decir, está casi concluido. Los hijos no necesitan escuchar ni observar más lo que aprendieron de nosotros; es su hora de mirar y aprender afuera. Y nosotros comenzamos a ser prismas que dirigen sobre ellos la mirada del Creador, la luz de su gracia.


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