20100629

La voz


La metamorfosis más dramática durante mi adolescencia, y quizá la única que me provocó orgullo, fue la transformación en tiempo récord de «pito de calabaza» en galán radiofónico.

Sólo quien pasara en pocos días de aturdirse con su propia voz a enamorar desconocidas por el auricular, entendería lo importante que es un cambio así para la autoestima de un puberto, asediado por la anarquía de su crecimiento físico, el acné, la inestabilidad emocional y la libido desatada.
Salvo esas pocas semanas en que todo varón adolescente es confundido con su madre cuando contesta el teléfono, fueron mínimos los inconvenientes que me causó el cambio de voz, comparado con los sufrimientos que acarrearon los demás... Al menos como lo recuerdo ahora. Las clases vespertinas de guitarra y solfeo, en la secundaria, y el taller de teatro en la preparatoria, aunque no me hicieron una estrella juvenil del espectáculo, sí me ayudaron mucho a controlar los «gallos» y modular el tono en un cálido ‘la’ o un solemne ‘mi’. Ya encarrilado en la bohemia bachiller, los frecuentes palomazos o lecturas eran buenas ocasiones para practicar... y para ser el centro de atención, sin provocar repudio.
Durante la niñez, al serio problema del tono natural de mi voz, que era un ‘si’ muy chillón –mis tíos, tan lindos siempre, conservan grabaciones–, se sumaban la egolatría del hijo único y la costumbre de hablar con una abuela medio sorda, así que con harta frecuencia me mandaban a callar, o yo mismo me interrumpía a mitad de una frase por la reverberación en el tímpano. Pero el hábito de acaparar todas las conversaciones y protagonizar las reuniones era más fuerte aún que hoy, de modo que pasaba saliva o me tapaba el oído, y volvía a la carga.
El tono se remedió gracias a las hormonas, el solfeo, el teatro y, tal vez, el cigarro; sin embargo, no fueron de gran ayuda para controlar el volumen, pues luego que mi abuela se llevó a la tumba su sordera, no pasó mucho tiempo para que me habituara a hablar en público: el teatro escolar y las lecturas de obra no son las mejores ocasiones para hablar en voz baja; ni qué decir de la docencia, con la que empecé en 1995 y no he podido terminar.
Padecí tanto –e hice padecer– durante la niñez por causa de mi voz, que no comprendo cómo se toleran a sí mismos los adultos de tono agudo, algunos comunicadores de oficio entre ellos, cuando la solución es tan sencilla como aprender a oírse uno mismo –por eso, comprendí después, la infame grabadora de mis tíos– y, luego, a modular las cuerdas vocales, ejercitándolas hasta que se habitúen a un tono que no haga al prójimo rechinar los dientes.
Aprendí de mi propio caso que quien habla con voz chillona, suele ocurrir que no sólo desafina feamente al cantar, pues no sabe oírse, sino que tampoco sabe escuchar al otro: su egoísmo termina por aislarlo.


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