20100728

Mentalidad de paracaidista (la batalla que ya perdimos ii)


Es más que escandalosa la cantidad de gente que, en nuestro México industrial y postmoderno, vive la cultura de apropiarse lo que no es suyo y aguantar, en condiciones de miseria y promiscuidad, hasta que las autoridades se compadezcan y le den servicios que no ha hecho nada para merecer. Esto legitima el expolio no de un propietario, sino de todos los que sí cumplimos nuestros deberes, incluido el de pagar impuestos.

No siempre se trata –de hecho, casi nunca– de inmigrantes desposeídos de su modo de vida agrícola, ni refugiados del Sureste o Centroamérica: son personas nacidas y crecidas en el medio urbano, educadas, criadas y mantenidas saludables por el Estado, mediante los servicios públicos que pagamos todos; en teoría, cultivadas en los mismos valores que los demás. Tampoco son desempleados, aunque ocurre mucho que no aparezcan en las cifras oficiales, pues son empleados o empleadores al margen de la ley, renuentes a pagar impuestos sobre la renta, cuotas de seguridad social y de vivienda popular.
Tampoco tienen credencial para votar, así que no eligen a sus representantes en los órdenes de gobierno, y si tienen CURP y acta de nacimiento, es porque se les exige para recibir los beneficios del Estado. Con frecuencia, son adeptos a pequeños grupos religiosos que no llevan registros de nacimientos, matrimonios ni muertes, pues la «burocracia» de las Iglesias históricas les da «güeva» y, al cabo de los años, les impide casarse dos veces o morirse «de mentiras» para evadir alguna vieja deuda.
Eso sí, son los primeros en sumarse a las marchas y mítines contra la autoridad regente, y los primeros en apartar camisetas gratis, despensa gratis, plumas gratis y gorras gratis en las campañas políticas; en peregrinar de rodillas a los santuarios católicos cuando la calamidad se adueña de sus casas o comunidades insalubres.
Son los primeros en criticar al gobierno y a la Iglesia Católica, pero también en hacer fila para exigir la cuota de tortillas, leche y otros beneficios que ha creado la política asistencial, sea gubernamental o eclesiástica, para los pobres... Con su radioteléfono de 500 pesos mensuales a cintura, por supuesto.
No es gente pobre, aunque el INEGI la reporte así. Es gente miserable en un sentido mucho más doloroso que el económico: son conchudos profesionales, limosneros de profesión; gente habituada a vivir como casi-ricos a costo de casi-pobres. Invaden terrenos sabiendo que la autoridad terminará legalizando su posesión, aun en zonas con alto riesgo de desastres (al cabo los indemnizará con casas en buenas zonas si se les cae el techo encima), conscientes de que la prensa los defenderá cuando los bulldozers amenacen con desalojarlos. Compran autos y camionetas de lujo en la frontera a precio de chatarra, sin registro ante Hacienda federal ni Vialidad estatal, no tanto por lo barato sino para no pagar derechos de circulación ni crear registro fiscal; abren drenajes improvisados de su casa a una calle mal rayada por ellos mismos, que encharcan y vician el ambiente, para que las esposas de los políticos en gira se compadezcan y les consigan instalaciones sanitarias gratis.
Estos ‘paracaidistas’, como los llamamos coloquialmente, se dan el lujo de tener megatelevisiones, superlavadoras, macroestéreos y astrocelulares (o radioteléfonos) que alguien de la clase media-alta se pensaría en comprar. ¿Cómo le hacen, si para las estadísticas son desempleados, desposeídos e incapaces de salir del hoyo, pues no tienen escolaridad? Además de su vida económica marginal, que les permite hacer carísimas pachangas de quinceañera sin pagar un  centavo de impuestos, es gracias a los abonitos chiquitos, por supuesto. A ellos debemos que el precio del crédito en México sea de los más altos en América, pues luego de ganar la confianza del vendedor y cerrar el trato de venta, pagan tres o cuatro cuotas a los cobradores y luego, cerrando la puerta en el muro de su casa sin número en una calle sin nombre y abriéndola en otra pared, se vuelven invisibles, volviendo sus cuentas incobrables. Y no hemos hablado del robo de servicios, públicos o privados: televisión, electricidad, agua potable, gas... Que por algo son, también, caros para quienes sí los pagamos.
Éstos son los mexicanos que ponen cara de circunstancia y mirada beatífica al traernos a sus hijos al templo o el grupo juvenil para que los hagamos «muchachos de bien», porque «ya no se aguantan». Por supuesto, ya no nos extraña que al cabo de tres semanas vengan muy airados a reclamarnos sus retoños porque «les están metiendo ideas»: de cumplir obligaciones antes de exigir derechos, de servir al prójimo a cambio de los servicios públicos que gozan; de obtener lo mejor de su educación, no para «transar» (fraudear) sino para ser miembros dignos de su Iglesia, de la Patria y su familia.


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