20100831

El Estado de comodidad (la batalla iii / una nueva revolución ii)


Lo más importante de un campamento no son las aventuras que viven los niños, sino cómo los desafíos, privaciones y fatiga calculados estimulan su maduración física y emocional. Igual efecto deberían tener las crisis sobre el ser colectivo, sin embargo, siempre aparece un «amortiguador social» que nos evita el trabajo de crecer: el Estado resguarda a toda costa nuestra comodidad.

Sea encarnado en una autoridad maternal que va detrás de nosotros recogiéndonos el cochinero, un político paternalista que nos da (promete) todo para no soportar lloriqueos, o una institución equis que ofrece cumplir nuestras obligaciones como padres y ciudadanos con tal que no nos cargue la zingá por irresponsables, de lo que se trata es de «mantener las cosas (y personas) como están».
Los niños son sanos, vigorosos, resistentes y adaptables por naturaleza, e igual las sociedades. Así como nosotros mismos los volvemos blandengues, enfermizos y llorones por evitarles las carencias, heridas y otras experiencias desagradables pero fortalecedoras, así los amortiguadores sociales promueven el infantilismo colectivo: las superestructuras quisieran mantener a la sociedad pegada del pezón, en estado de absoluta dependencia y control, al tiempo que, como los niños, la comunidad quisiera sentirse siempre arropada, segura y exenta de hacer esfuerzos.
Esto es el ‘Estado de comodidad’. No es mío el concepto, solamente lo interpreto aquí en términos pedestres.
Se trata de un pacto tácito entre las superestructuras –principalmente el Estado nacional– y sus sujetos –en este caso, los ciudadanos–, mediante el cual unas y otros se comprometen a mantener el statu quo dentro de márgenes tolerables para todos, cumpliendo con los mínimos comportamentales y económicos que exige la contraparte, al tiempo de reducir en lo posible sus propias exigencias. No es lo mejor para conseguir la maduración sociológica ni cultural de un pueblo, ni un aliciente para la democracia o la legalidad, pero tampoco debería permitir que la anarquía ni la corrupción sobrepasen la institucionalidad o el Estado de derecho (con sus «asegunes»).
El Estado de comodidad atraviesa todas las esferas, sistemas de gobierno, estamentos y culturas contemporáneos; de hecho, crea pactos no sólo entre los individuos y su órgano de autoridad, sino entre países y organismos internacionales: mantén la corrupción debajo de este índice y yo mantendré el flujo de dinero para que operen tus programas de gobierno; abato la corrupción hasta este otro índice, y tú dejas de venir a regañarme por mi atropello a los derechos humanos... Etcétera.
El problema real está en la codependencia que se crea entre sociedad y autoridad; la atrofia recíproca que les impide actuar y decidir por sí mismas, criticar y exigir tanto a sí como a la otra parte; asumir compromisos y resistir hasta cumplirlos; fijar la vista en un bien mayor que los disfrutes inmediatos y sacrificarse por él. En la incapacidad para responder de manera adecuada y suficiente a las emergencias que nos sorprenden desde afuera de nuestro espacio conocido.
Al Estado de comodidad debemos el tortuguismo para resolver la crisis ambiental, para alcanzar la vida democrática plena (en EEUU, paladín universal de la libertad individual y la democracia, apenas están aprendiendo qué es la alternancia política), o para enfrentar al crimen organizado y el narcotráfico, que han creado un statu quo paralelo, con su propio sistema cultural y de valores. Porque, en este marco conceptual, ‘mover’ tiene el riesgo de convertirse en ‘agitar’, y cada nueva política que exige al individuo moverse fuera de su espacio, debe evitar el punto en que produciría agitación social, lo cual sería muy incómodo para todos, ¿verdad?
El Estado de comodidad lleva a una situación técnicamente insostenible, mantenida con palillos de indiferencia, pegostes de voluntarismo y gigantismo institucional: exige hacer cada vez más la vista gorda ante lo que no funciona, incrementar la variedad y alcance de las acciones subsidiarias; engrosar más allá de lo prudente el aparato estatal. Digo ‘técnicamente’, porque en la práctica ocurre que diversificamos y fortalecemos el aparato de control de conciencias mediante la oferta continua de nuevas diversiones (redes sociales, canales de televisión, consolas de videojuegos, estrellas del espectáculo o el deporte), lo que no sólo abstrae a la gente sino que también mantiene la economía en movimiento, produciendo recursos fiscales para mantener el gasto gubernamental. El resto lo cubren las instituciones, públicas o privadas, que llegan a sostener la estructura social cuando comienza a agrietarse por algún punto.
En otro artículo afirmé que sólo podrá desatar una nueva revolución quien se atreva a cortar el suministro del confort colectivo, comenzando por el suyo personal. Ahora, advierto a quien lo intente que se enfrentará a la represión del aparato social entero, desde las superestrcuturas hasta las asociaciones espontáneas; hasta de sus mismos familiares. Quien le haya desenchufado la televisión a sus hijos para que hagan la tarea, sabe de qué hablo. A quien le hayan desenchufado la televisión o le hayan cerrado el Facebook en el trabajo, sabe los extremos que puede alcanzar su respuesta.
De aquí, un corolario atroz: en tanto que el Estado de comodidad evita la agitación social como el peor de sus enemigos, en la misma proporción produce intolerancia, personal y colectiva, a la agitación, es decir, a la frustración de encontrar alterado nuestro espacio de comodidad.


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