20100929

La revolución interior


Si hace diez años, en el breve clímax de mi ejercicio profesional y con una vida cómodamente arreglada, hubiera visto mi existencia de hoy, me habría parecido una versión imposible de mí mismo. ¿Renunciar a tanto, y con tanto esfuerzo conseguido, sólo para adoptar un montón de compromisos a todas vistas sin retribución?

A los sobrinos... y al clan

Para mi egolatría de joven profesionista, entonces era imposible percibir la gratificación, duradera y profunda, de actuar por altruismo puro, de cumplir hasta los más pequeños y estériles deberes, aunque sea por ayudar a los hijos a crearse disciplina... Lo que, desde hace unos años, llamamos en casa «la sabiduría de la constancia».
No es que antes yo fuera una mala persona; compromiso social, moral cristiana y ética sólida, me fueron imbuidos desde chico, en casa igual que en la escuela y la «manada». Pero ahora soy mejor –tampoco el mejor–, porque he aprendido que las buenas acciones rara vez tienen efecto instantáneo o siquiera visible en su objeto; que «ser bueno» con el prójimo no lo obliga a corresponderme, menos aún, de inmediato ni con la misma moneda... Que el buen ejemplo, cuando es intencionado, se vuelve mezquino y repugna en vez de arrastrar.
He aprendido que actuar, pensar y hablar bien no es una obligación venida de fuera que alguien califique con criterios eficientistas, sino una elección personal que da fortaleza íntima y asertividad. De lo que se trata –ahora lo sé– es de pasar uno por el mundo creando concordia en lugar de conflicto, antes que esperar concordia del otro. Y sí, me falta mucho, pero menos que hace diez años, menos que ayer.
No desprecio los placeres, antes cotidianos, de una buena copa, el platillo perfecto o un concierto sinfónico en vivo; es que acepté mientras tanto el riesgo de conocer los disfrutes que se adquieren a pulso, no con dinero ni privilegios. Tampoco renuncié a los bienes materiales; es sólo que ahora normo mi criterio por cuántas personas fuera de mí serán beneficiadas, y cuán duradero será el beneficio.
Simplemente, he tenido el valor para dejar mi espacio de comodidad y salir de mí. De criticar menos y actuar más. No pontificar tanto desde el inexpugnable sillón, exponerme más al ridículo del fracaso y la esterilidad aparente del éxito verdadero.
Porque –lo he descubierto en este decenio– la vida –mi vida– no se trata de un concurso de popularidad, de complacer ni aplastar a nadie; de cosechar aplausos ni ganarse un pedestal. Se trata de construirme yo a diario: más elevado, fuerte, sano; de ver con más horizonte y distancia; de ser más útil para mi gente y para mí mismo.
Muchas veces fracaso, pero cuando lo consigo, al final del día sé que tantas renuncias y compromisos valen la pena.


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