20111201

Misiva desde El Grado Cero


Amigos, enemigos y mirones me han criticado acre y contundentemente desde hace diez años por dedicar más energía a educar niños en fin de semana o a presentar decorosamente el discurso de alguien más, que a mi propia producción literaria. A todos ellos les digo: ahora es el tiempo de construir mi mundo deseado con hechos; volveré a hacerlo con palabras cuando me falten las fuerzas para actuar.

A los hermanos que me vieron nacer a la Palabra
y me acompañaron en mi nacimiento a los hechos.
 
De los 15 a los 27 escribí y leí hasta por los codos; tuvo su tiempo la producción febril, y en ella agoté alma, cuerpo y mente. Quien diga que ése fue un periodo estéril, lea primero los tres o cuatro monumentos a esa edad que dejé en el camino:  mi opera prima, el poemario Tras los ojos (1997), que resiste la crítica mejor que muchas obras maduras de algunos colegas más dedicados; la noveleta Soliloquios por combatir (1998), cuya existencia es más real que la obra maestra nunca escrita de muchos; el poemario (Tres) Variaciones de la semilla (2000) que llegó a más lectores reales que a críticos o criticones, a pesar de ser una edición artesanal; la columna «(Papeles de) El Diario Mundo», que mantuve con pura buena fe de 1998 a 2002, además de una cantidad bastante decorosa de publicaciones sueltas, creativas o de análisis literario, en medios de interés general y especializados.
Mi vocación literaria está incólume. Publicar o dejar de hacerlo; producir o dejar que la péñola se seque, no es asunto de vocación, sino de enfoque y de discernimiento. De enfoque, porque en algún momento el muchacho mira más allá de su nariz y descubre el libro abierto; luego ve más allá del libro, y descubre la hoja en blanco. Yo soy de los que miraron más allá de la hoja en blanco, y descubrí que el mundo necesita más acción directa para materializar ideas simplemente hermosas, que gastar tinta propalando ideas exquisitas pero intrascendentes.
Tardé algunos años en pasar del concepto del Grado Cero a su aplicación, como bien pueden recordar Carlos, Eloy, Alex, Geo o Víctor, además de los Gansos Itinerantes que por algún tiempo fuimos (Jaime, Arlette, Octavio, Alfredo, María, Elsa...). Pero un día el cuaderno de originales me resultó tan insípido, que durante años no supe dónde se extravió.
Y es asunto de discernimiento, porque un día se vuelve insostenible trabajar a destajo en la Palabra, en «producir» arte, porque las tripas gruñen de hambre, y los nenes lloran de hambre, y uno cae en la cuenta de que toda esa estética es muy baja en proteínas. Honestamente, prefiero recibir un salario digno como corre(da)ctor, guionista, editor, copywriter o diseñador editorial, presentando dignamente un mensaje que merece ser conocido, aunque no sea mío ni sea poesía, que recibir muchos aplausos y un microsueldo como profesor de literatura... En algún momento se debe optar entre la esperanza de que mágicamente cambie el statu quo y la profesión literaria reciba un sueldo digno, o bien resignarse a que eso es puro sueño de opio y ejercitar el músculo creativo en menesteres menos excelsos pero más compatibles con la corporalidad.
Mencioné a toro pasado el Grado Cero. Esto tiene qué ver con el asunto del enfoque, y en mi caso es fundamental. Dijo alguna vez el señor R. Barthes —y lo puso por escrito— que algunos autores terminan prefiriendo escribir en la realidad con hechos, que en el papel con palabras. Ese punto lo llamó ‘El Grado Cero de la Escritura’: cuando la producción autográfica se reduce a cero, pero la persona obtiene su plenificación existencial creando, o luchando por obtener, su mundo real-social deseado.
La escritura es solitaria y, para algunos, solipsista: el lector, destinatario o interlocutor, termina importándoles un pito, mientras tengan el sustento asegurado y una corte de aduladores que les impida ver la fealdad que espera allá afuera (y de sus propios textos). La obra es comunitaria, social, se propone levantar a los hombres del barro en que están sumidos, o al menos redimir ese barro en ladrillos útiles para los hombres. Y la obra no es necesariamente escrita. La obra incide en el mundo, preñándolo de ese ideal de vida mejor, trascendete, sublime, que alienta en todo ser realmente humano, y —se supone— de mejor manera en el artista.
Así que llevo diez años empeñado en el Grado Cero. A veces me sobran unos minutillos para descansar, o si me pega la gana, para escribir, como en este momento. He estado —figurativamente— haciendo, cociendo y cargando ladrillos para que otros se construyan con ellos un muro o un techo mejor; sacando chiquillos del lodo y enseñándolos a caminar sin que azoten en el suelo cada que tropiezan, con la frente alta, hablando con palabra clara y escuchando la belleza sutil que se esconde bajo el ruido mundanal.
Bien lo dije, cuando escribí el último renglón de Soliloquios: «Basta con construir... Es el tiempo». Todavía es ese tiempo. Me quedé sin literatura qué decir luego de esos tres libros; sólo me quedaron ansias de hacer, de actuar, y hasta que ésas queden satisfechas, o de plano mis brazos no puedan ayudar a un prójimo más, no volveré a cebar la pluma.


Publicar un comentario

Sabiduría Pentathlónica