20091002

La creación de la memoria


Cierto día descubrí que no podía contar una anécdota de lo más frecuente sin inventar adornos y detalles, en parte porque convenía para aumentar el efecto –por algo tengo el oficio de escritor–, pero sobre todo, porque estaba plagada de lagunas... Y no todas eran hijas del olvido.

Me descubrí escamoteando la realidad tal como se había registrado, por bochornosa o por anodina, y en cuanto la ficcionaba no podía estar seguro ya de cómo había sido en verdad.
¿Hasta dónde son reales los recuerdos que contamos? ¿Dónde comienza la ficción, bien o mal intencionada, con que nos enaltecemos para quedar bien parados ante el auditorio?
Una verdad ineludible es que, conforme se acumula el tiempo, nuestros recuerdos y autopercepción se amontonan y erosionan, mientras que la percepción social de nosotros, de ‘mí’, se transforma de simple miembro del grupo a figura de autoridad, o sentimos que debería transformarse, y duele la discrepancia entre esa autoestima devaluada y la presión social (real o percibida) de ser un modelo para los hijos, alumnos, subalternos, etcétera.
Así que, dicho en corto, me descubrí en la edad de los recuerdos creados. Eduardo, Carlos y todos los que han leído los pasajes de estas memorias que ellos también vivieron, no se han tardado en señalar los rasgos generosamente exagerados, ni los avaramente escamoteados, minimizados o de plano extirpados de mi versión de mi historia... Porque también es su historia, y con toda justicia me exigen ocupar en ella el lugar que, desde su percepción retrospectiva, realmente me corresponde.
Al contrario de esos autores de sabrosas memorias que se esperan a enterrar a todos sus pares para que nadie los refute ni llame embusteros, yo he optado por exponer mi versión de las anécdotas ante sus coprotagonistas, no por dar ejemplo de algo, sino porque en realidad me asusta cómo se va desintegrando mi pasado y lo suplantan las ficciones.
Si en la noveleta Soliloquios por combatir el reto fue ficcionar un pedazo de pasado hasta volverlo irreconocible para poderlo conjurar, con estas escenas que he dado en llamar ‘memorias’, el propósito es, por el contrario, pescar lo que haya de realidad antes que termine de desvanecerse entre ficciones más o menos involuntarias: es reconocerme, el que he sido antes de hoy. Sería ingenuo; más: hipócrita, afirmar que no hay ficción; claro que sí la hay, y agradezco a quienes les constan los hechos que me la señalen, ahora que todavía es posible.


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