20091019

Mis muertos


Desde 1992 he acumulado «efemérides personales» que, hasta el nacimiento de Inés, estuvieron por encima de cualquier conmemoración colectiva, incluida la Navidad. El problema con este calendario es que se está llenando de obituarios y tiene muy pocos cumpleaños.

Eso, que de por sí es insano, se vuelve muy incómodo para la familia cuando se tiene una, y qué decir cuando sus miembros se saben todas las fiestas de memoria y, en cambio, les importa un rábano el oscuro autor de una oscura novela catalana, menos aún el aniversario de su muerte, o del caudillo que llevó la revolución socialista a Acatempan de las Cebollas.
Comencé con el aniversario luctuoso de Emiliano Zapata y las explosiones del Sector Reforma; siguió el aniversario de mi abuela, el desalojo violento de los damnificados por las explosiones que protestaban en la Plaza de Armas; el 24 de julio se encimaron el cumpleaños de Megan Hope y la muerte de Irma Zavala; en agosto, el aniversario de Rosario Castellanos y la bomba de Hiroshima; para septiembre, muy pronto registré el asalto a La Moneda, aunque todos piensen en aviones que se estrellan contra la nueva Babel. Anoté hace poco la Batalla de Chapultepec, y el día 29 es el turno de mi tío abuelo Catarino... Por supuesto, 2 de Octubre no se olvida, ni el asesinato de Vallegrande («hasta la victoria siempre»); tomé nota del cumpleaños de mi padre hasta que a Inés se le ocurrió nacer el mismo día, pero la fecha sólo se me grabó bien cuando la escogió mi suegra para morirse.
No parecerá extraño que el 2 de noviembre esté entre las pocas fechas públicas que he conservado en mi calendario personal.
También diciembre tiene sus muertos: Juan José Arreola y John Lennon. Enero está libre hasta el momento, pero febrero le pertenece a la Hermana Violeta y, desde que entré al PDMU, el primer domingo de marzo es la conmemoración del heroismo pentathleta; el día 14 lloramos en Guadalajara al gran benefactor Fray Antonio Alcalde.
Al escribir estas líneas, en octubre, alrededor del mundo lloramos sobre el cadáver aún tibio de La Negra, y ciertamente tengo anotada ya la fecha.
¿Y las fiestas convocadas por el solo gusto de reunirse? ¿Dónde están las celebraciones de la vida? Hace más de la mitad de mi existencia que paso por alto mi propio cumpleaños, y he tenido que emplear los de mis hijos en las contraseñas de algún aparato o cuenta electrónica para no olvidarlos.
Me doy cuenta que, desde la adolescencia, he cultivado con demasiado esmero la imagen de un hombre amargo que se ocupa mucho del dolor. Eso me hacía un personaje interesante para algunas chicas, entre el rebaño preparatoriano de imberbes y frívolos –además de otras no tan chicas, algunas maestras incluidas–, pero con los años se fue haciendo una verdad impuesta, además de perder eficacia como imán.
En la época de mi máxima creatividad y productividad, tanto literaria como existencial, mi actitud convencidamente vitalista marcaba un contrasentido ridículo con este calendario necrológico. Ahí comencé a quitarme telarañas y a ponderar que vale menos llorar la muerte de Irma que festejar el nacimiento de Mario Elías, él presente aquí, vivo, carne de mi carne, sin importar que estuviéramos juntos o a 500 kilómetros uno de otro; igual entre la Hermana Violeta y Ariadne: el memorial de los muertos sólo será, siempre, remover nubes de ceniza; festejar una vida, aunque sea un soplo nada más, es avivar una llama.


Publicar un comentario

Sabiduría Pentathlónica