20090908

Literatos


Éramos una bola de borrachotes. Creíamos saberlo todo; la carrera nos quedaba chica y llenábamos el tiempo con lo que mejor nos pareciera; mayormente con alcohol, discusiones bizantinas sobre música, escritores de algún o ningún renombre y alegatos sobre por qué nuestra propia obra merecía pasar a la posteridad.

Las compañeras, por su parte, eran en buena proporción niñas bonitas que todo anotaban en lindas libretitas y nada parecían comprender; cuando no «macheteaban» sus extensos apuntes, ocupaban sus horas de vacío intelectual hablando de hombres, moda o de lo bonito que es todo lo bonito.
Llegamos de distintos estratos y con variadas historias de vida, pero coincidíamos en sentir que la universidad no satisfacía nuestras expectativas. Para quienes ya habíamos pasado por los talleres literarios, trabajábamos en contacto cercano con la lengua o ambas cosas –como era mi caso–, estábamos tardando mucho en «entrarle a los trancazos», mientras que los ingenuos (en su mayoría ‘las’) no veían la hora en que el ambiente se llenara de hadas, príncipes, versos perfumados y estrellas de la literatura que dieran autógrafos y se dejaran tocar, como si el talento y la fama fueran contagiosos, o como si la facultad fuera una agencia matrimonial.
Esto, en los primeros dos o tres semestres. Durante ese lapso no había mejores aliados del novato que los fósiles bohemios y los juglares de autobús; con ellos nunca faltaban cervezas, «toques», ilusiones de una vida consagrada al arte y sin preocupaciones profanas; sobre todo, poesía callejera de impromptu y muchas canciones «de contenido». Incluso las muchachas se sumaban ocasionalmente al círculo, quizá buscando en ese amasijo oscuro un sucedáneo de la vida etérea postergada o príncipes encantados en espera del beso redentor.
Llegando al segundo tercio de la carrera, las cosas cambiaban. Cada vez se veían menos cervezas y más vasos de café en las manos de los hombres, y las muchachas dejaban aflorar su verdadera personalidad. Convencidas al fin de que no había buenos candidatos para «echarles el lazo», porque los pocos adonis eran homosexuales o ya estaban casados, se dedicaban a sus asuntos académicos, por fin se entregaban al simple placer, a una profunda irritante devoción religiosa, o a su preferencia sexual recién descubierta... Claro, quienes no habían desertado o perdido el pase por reprobar materias que de entrada nos habían parecido insulsas.
Las noches en blanco se debían con mayor frecuencia a la lectura intensiva, análisis literarios, redacción de ensayos o a investigaciones documentales; conforme nos subíamos al tren de la vida adulta, los huaraches y camisas de manta se transformaban en zapatos y corbatas; las ausencias se debían más al trabajo que a la «peda» o la «cruda»; la propia obra engrosaba con mayor lentitud, cuando no se detenía por buenos periodos y, para colmo, algunos habíamos adquirido responsabilidades familiares, por descuido o voluntariamente éramos los menos, lo que terminó de una vez por todas no sólo con la bohemia nocturna, sino con el sagrado sueño de cada noche.
Para los últimos semestres, el aspecto del grupo había cambiado tanto que los sobrevivientes no nos reconocíamos. Hasta los más aferrados a la ingenuidad inicial habían cambiado el tono de su atuendo y su voz, de jipitecas a darketos, o de darketos a yuppies, y si compartíamos un trago o una tertulia literaria de vez en cuando, era con la vista atenta al reloj y cuidando de quedar sanos para librar las responsabilidades de la mañana, y del resto de nuestras vidas.


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