20111215

Mirar hacia arriba


«El bonsai nos recuerda que debemos voltear hacia arriba». Éste no es un antiguo y sabio refrán japonés, ni una de esas frases que incluye cierto camarada —cuyo nombre, con mucha pena, nunca puedo recordar— en sus mensajes para la «lista de interés» a la que me suscribí hace unos meses: es una conclusión rotunda que obtuve desde que volví al redil de los jardineros-en-maceta y me dediqué a recolectar codos y semillas de árbol.


Cuando allá en la niñez me empeñé en ser un buen «lobato», me fascinaba cómo Baden-Powell se escabullía de sus profesores trepando a los árboles: sacó en claro que tenemos muy poca costumbre de mirar hacia arriba. Pero no fue hasta unos meses atrás cuando me di cuenta realmente de lo que eso significa. Ya puedo ir echando a la basura bastantes cuartillas de cierta novela en la que hablo de cuánto se han desgastado los colores del mundo de una década para acá: me doy cuenta de que no tenía ni idea, cuando emprendí el proyecto, de lo que es un tabachín florecido —símbolo de importancia en el texto—, aunque abundan en mi ciudad.
Pero igual puedo decir ‘hacia arriba’ que ‘hacia adentro’; ‘tabachín’ que ‘limpieza perceptual’: al cabo se trata del embotamiento que padece mi capacidad de asombro o, peor aún, de vivir, a consecuencia de empeñarme en ver hasta la punta de mi nariz. En la mencionada noveleta me he quejado amarga y reiteradamente de cuánto se ha devaluado la ciudad como un medio para alcanzar la plenitud humana, y ha resultado mero escribir por escribir, sin darme cuenta de que —como muchas veces y de muchas maneras he afirmado— «escribir sólo puede ser consecuencia de vivir»... O, por retomar la metáfora, hacer bonsai sólo resulta bien cuando se entiende cómo crece un árbol.
Resulta curioso —al menos para mí—: tuve que fijar los ojos otra vez en lo pequeño, en lo sutil de un árbol metido en una maceta al que se le da forma, viendo hacia abajo, para caer en la cuenta de cuán libre, soberano y colorido sería dejándolo crecer por su propia ley, hacia arriba, a donde no nos damos tiempo de voltear. Porque el bonsai exige respetar la ley de la naturaleza, para podar y orientar sin matar; exige tener presente que no podemos expropiar ningún elemento del mundo para recrearlo por medio del arte, sin respetar sus propias reglas: exige conocer antes de transformar; comprender las leyes de esa existencia singular para que el resultado esté vivo.
Por eso, estoy convencido de que puedo descartar esas cuartillas de la historia. No sólo me debo reconocer que mentí al involucrar los tabachines en el asunto sin conocerlos, sino que esa bruma tan reprochada por mi personaje no es culpa de la ciudad, sino de su (mi) renuencia para voltear a ese simbólico «hacia arriba» que no es otra cosa, al final, que cuanto fue (fui) incapaz de percibir a tiempo, necio en buscar respuestas a puros problemas prosaicos.


De la columna «El Diario Mundo», 1998.


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