20080407

Presentación de textos litúrgicos


Principios generales

El texto
Es un hecho que no todos sabemos leer «bien», y que aun entre quienes nos consideramos buenos lectores, sólo una parte del texto es asimilada de manera congruente con lo que pretende comunicar el autor. Así, para asegurar un aceptable grado de compresión, el material escrito debe atenerse a un mínimo de principios:
  1. Conocimiento del tema. El redactor debe saber de qué habla, nunca improvisar ni suponer. Ante cualquier duda, debe detenerse e investigar, hasta cerciorarse de que su comprensión es correcta.
  2. Claridad de ideas. Para que el texto sea comprensible, el autor debe tener claros los conceptos, su jerarquía y organización, antes incluso de escribir la primera línea. Ayuda a esto comenzar por un esquema conceptual, que poco a poco será afinado y ampliado, de modo que contaremos con un índice general como guía del trabajo antes incluso de comenzar a escribir.
  3. Claridad de lenguaje. Las reglas básicas de sintaxis y ortografía son las mejores aliadas del redactor al trasladar una clara estructura conceptual a un texto con alto índice de comprensión. Asimismo, ayudará cuidar la elección de las palabras, evitando en lo posible términos especializados, además de aclarar oportunamente el significado de los que empleamos. Se trata de escribir frases u oraciones breves, concisas, sin adornos ni rodeos, sin tampoco reducir el lenguaje a un mínimo de vocablos que volvería la obra repetitiva y monótona.
  4. Conocimiento del género. No es lo mismo escribir una historia para niños que un manual de ritos; tampoco, un ensayo sobre las coyunturas económico-políticas de nuestro país que una nota de prensa sobre la inauguración de una obra pública. Es igualmente importante considerar si nuestro texto será leído de manera individual y privada, o en público y en voz alta; eso determina buena parte de las reglas de redacción que aplicaremos.
  5. Manejo de citas y referencias. Si nuestro texto remitirá a ideas o incluso a pasajes literales de otras obras, debemos cuidar que no sobreabunden, pues dichas referencias terminarán por aparecer ante el lector como desarticuladas, inconexas y, ultimadamente, incomprensibles. Asimismo, debemos dominar las técnicas básicas para citar y referir, por dos razones: para que el lector pueda acudir a esas fuentes si lo considera necesario, y por respeto a la propiedad intelectual.
  6. Validación. La naturaleza de nuestro trabajo vuelve extremadamente delicado cualquier error conceptual, sea de comprensión o de exposición. No debemos dar a la prensa un proyecto sin que pase primero por:
    1. La revisión doctrinal del superior y quienes él considere pertinente.
    2. Darlo a leer a alguien más experimentado que nosotros en la redacción de textos de nuestro campo.
    3. Darlo a leer a alguien que llene el perfil de nuestros destinatarios finales.

El texto litúrgico
De acuerdo con lo dicho arriba, antes de redactar un texto litúrgico debemos comprender claramente:
  1. La ocasión. ¿Nuestro texto se empleará en una sola ceremonia o pretende ser una obra permanente? ¿Apoya o adapta un texto existente de la Liturgia? ¿Está dirigido a toda la comunidad o a grupos particulares de ésta (familias, grupos de apostolado, institutos consagrados...)? ¿Se propondrá a la diócesis, la Conferencia Episcopal o –¿por qué no?– a la Iglesia universal? Las respuestas a estas preguntas definirán:
    1. El lenguaje, que puede ser muy familiar e íntimo, abundante en referencias a situaciones locales y en vocablos propios de la comunidad o, progresivamente, cada vez más impersonal y genérico, apoyado en textos del Magisterio, y cuidadoso de emplear un lenguaje estandarizado («de diccionario») que sea comprensible para el mayor número y diversidad posible de lectores.
    2. La profundidad conceptual. Cuanto más lejos vaya nuestro texto en el tiempo y la geografía, más hondo debe apoyarse en el Magisterio y la Liturgia. Esto no disculpa la frivolidad ni la trivialidad con que se realizan muchas ceremonias particulares.
    3. Objetos litúrgicos y arte sacro. No todas las comunidades ni todas las Iglesias regionales o nacionales cuentan con el mismo acervo cultural; lo que en unas es aceptable o incluso encomiable, en otras puede estar prohibido. Conviene de cualquier modo cerciorarse qué objetos, cantos y música son convenientes en el ámbito donde se empleará nuestro texto.
  2. El tipo de celebración. Todas las celebraciones de ritos, y las devociones, están reguladas por la Liturgia, y deben seguirse las reglas establecidas tanto en la manera como en las partes. Esto, a su vez, nos determina...
  3. El género litúrgico. Contamos con magníficos ejemplos de Oficio Divino, Misas, Te Deum, Réquiem, Liturgia Penitencial o de la Palabra; no sólo en la Liturgia sino en la música, o en obras para culto privado que siguen los requerimientos litúrgicos. Recurramos a ellos como guía para nuestra propia obra. El género determina:
    1. El lenguaje general.
    2. La frecuencia y tipo de referencias y citas a otra obras.
    3. Las partes (moniciones, textos presidenciales, responsorios, plegarias...).
    4. Las fórmulas requeridas.
    5. Objetos litúrgicos.
    6. Cantos y música.
  4. Principios de diseño y diagramación. El texto litúrgico es para ser leído en voz alta por el presidente, monitores, lectores y, a veces, también por la comunidad celebrante. Esto, además de los principios referidos antes, determina:
    1. Las características físicas del volumen.
    2. Las características tipográficas.
    3. Tintas.
    4. Composición gráfica y textual.

Diagramación y diseño de textos litúrgicos

a) Características físicas del volumen
No debe ser tan pequeño que las páginas se cierren solas, ni tan grande que se vuelva difícil de manipular. Los mejores volúmenes para uso litúrgico, como demuestran las ediciones usuales del Misal Romano, los Propios y el Directorio de Ritos, van del tamaño medio oficio a carta, de preferencia con lomos cosidos (no engomados) y tapas duras; si será un folleto de pocas páginas (como el propio La Misa diaria), impreso en papeles pesados que no vuele el aire fácilmente (bond para copiadora, couché mate...) y engrapado por el lomo.
Es preponderante que el papel sea opaco, o por lo menos mate. Cualquier reflejo sobre las páginas interrumpirá la lectura, y con ello, la celebración.
Asimismo, dignificaremos la celebración según dignifiquemos nuestro trabajo. Evitaremos presentarnos con un legajo de hojas sueltas o engrapadas por la esquina, indistintamente de qué tan privada sea la ocasión; lo mínimo que debemos exigirnos es encarpetar las páginas en un recopilador o un folder, asegurándolas bien para que no revoloteen las pasarlas ni las vuele el viento.

b) Características tipográficas
La distancia del altar al presidente, o del ambón al lector, exige un «parado» textual generoso: interlineado amplio (mínimo 120 % del tamaño de la tipografía), renglones no muy largos ni excesivamente cortos (30 caracteres por línea, aproximadamente); tamaño tipográfico legible a un metro de distancia (12-16 puntos), familia tipográfica bien balanceada (minúsculas no más altas que 2/3 de las mayúsculas, ni exquisitamente pequeñas), de preferencia serif (Times, Garamond...).
Se deben evitar a toda costa los elementos de distracción:
  • Palabras o frases en negrilla.
  • Subrayadas.
  • En MAYÚSCULAS.
  • En otros colores (salvo las exigidas por las fórmulas litúrgicas).
  • O tipografías.
  • Renglones «huérfanos», «viudos» o «ladrones».
  • Páginas con tres renglones de texto o menos.

c) Tintas
Es habitual que el texto litúrgico se presente en tintas roja y negra. Aunque en este curso revisaremos los principios de su aplicación, no hay mejor maestro que la experiencia propia en la lectura de los textos litúrgicos oficiales.
Básicamente, la tinta roja solemos verla en:
  • Rúbricas (acotaciones para el presidente, aunque también puede haberlas para el monitor y la asamblea).
  • Llamadas a respuestas de la asamblea.
  • Intertítulos explicativos (citas de lecturas, bíblicas o del Magisterio).
  • Indicación de la parte que lee, cuando es imperativo para la Liturgia que sea o no el presidente.
  • Intertítulos que señalan las distintas partes de la celebración.
  • Capitulares (letras iniciales al principio de cada parte de la celebración).

d) Composición
Es fundamental que percibamos la página impresa como una superficie gris homogénea, sin huecos blancos u otros elementos que «jalen» nuestra vista hacia ellos y nos distraigan del renglón que leemos. Evitemos:
  • Ilustraciones, gráficas, esquemas, partituras o recuadros de texto no indispensables para la comprensión. Si se emplearán, colocarlos solos en las páginas izquierdas, o bien a la cabeza o al pie de las páginas derechas, mas no intercalados con el texto.
  • Exceso de intertítulos (o con más de dos jerarquías de intertítulos; conviene revisar la organización del texto) o con líneas blancas que no sean obligadas por las reglas de redacción.
  • Por el contrario, ausencia de intertítulos en el desplegado de dos páginas, o de líneas blancas donde mandan las reglas generales de redacción.
  • Los elementos tipográficos señalados arriba, que en todos los casos derivan de desconocer las reglas básicas de redacción.



20100211. Recomiendo, como un apoyo mucho más amplio que éste para aplicar correctamente diversos rasgos tipográficos, visitar este blog; también tiene un valioso comentario sobre la composición editorial. Aunque personalmente hay algunos conceptos que no me cuadran, no tuve que teclearlo yo.


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