20121019

El Pentathlón es humanista


Cuando acompañé por primera vez a mis hijos mayores a una Ceremonia de Cuadro, los estandartes, guiones, espadas y kepís me provocaron recelo de cualquier mensaje fascistoide que quisieran imbuir en sus tiernas almas. Ocho años después, con mando, cargo y la responsabilidad de transmitir la ideología pentathlónica a otros muchachos, enumero aquí las razones que he encontrado de por qué esta institución, mi institución, no comulga con las doctrinas totalitarias. 


Los fundadores del PDMU eludieron consciente y consecuentemente tanto la demagogia fascista como la retórica de izquierdas. Si en 1938 hubieran empleado la primera, el proyecto pentathlónico habría nacido muerto, estando inmersa la Nación en un régimen de corte socialista. Si la segunda, habría incitado al Estado a absorberla en su dinámica corporativista, que entonces tenía todo el impulso de las cosas nuevas y le faltaba, precisamente, un ente eficaz para aglutinar a las juventudes.
Jorge Jiménez Cantú, sus compañeros Fundadores y el Benefactor, Gral. Dr. Gustavo Baz, no podían optar por alguna de estas tendencias, luego de atestiguar el sufrimiento causado apenas unos años antes por la Guerra Cristera, cuando chocaron el Estado jacobino-socialista y la masa católica-derechista. No podían elegir entre estas dos opciones viendo la tragedia sufrida por los pueblos de Rusia-URSS, Italia y Alemania bajo sus respectivos Estados totalitarios, de distinto color pero del mismo cuño. 

Quizá corporativismo, nunca fascismo
La Nación –como siempre– atestiguaba y seguía las tendencias de la época. La corporativización de gremios o grupos se veía entonces como un sistema viable para organizar, atemperar y orientar las inquietudes sociales hacia una meta política. En el caso mexicano, se buscaba la legitimación del régimen postrevolucionario, la pacificación de las facciones que participaron en la guerra civil y la reconstrucción tanto social como económica.
Entendamos ‘corporativismo’ como la militancia forzosa de los individuos, según su gremio o función social, en un organismo supervisado por el Estado, que se caracteriza por la ideologización intensiva, el empleo de emblemas de identidad con gran carga simbólica; uniformes y disciplina militaroides o de plano militarizados; homogeneización sociológica y obligación de donar trabajo a las instituciones estatales, sea o no en beneficio de la comunidad.
Tanto regímenes de derechas (Italia, España, Alemania) como de izquierdas (URSS, China) recurrieron al corporativismo, y en México el régimen postrevolucionario no solamente lo explotó, sino que lo institucionalizó desde el principio mediante la creación de centrales obreras, campesinas, juveniles y gremiales afiliadas al partido de Estado, cuyo monopolio era confrontado por organizaciones espontáneas, principalmente de filiación católica.
Entre los ensayos más radicales, caracterizados por la implantanción a ultranza de la «receta» europea, en los años 1930 se vieron, por la izquierda, agrupaciones como los Camisas Rojas, filocomunistas apadrinados por el gobierno de Tabasco; por la derecha, los Camisas Doradas, filofascistas. Estas agrupaciones «uniformadas» terminaron pronto en la desgracia, el olvido o disueltas en grupúsculos que iban de la clandestinidad a la militancia moderada.
Con mayor impacto social, en parte por su carga simbólica más liviana pero sobre todo por la afiliación forzosa, se conformaron las grandes centrales obreras y campesinas, que siguieron el modelo soviético, aunque con bastante libertad. A éstas se opusieron las cooperativas, partidos, sindicatos y asociaciones sinarquistas, demócrata-cristianas o socialdemócratas, modeladas a imagen de asociaciones religiosas seglares como la Acción Católica, esa gran protagonista y sobreviviente de la Guerra Cristera, y en distintos grados, de la Falange Española, tradicionalista, ultracatólica, anticomunista y antiliberalista.
Así, la iniciativa pentathlónica llegó con muchos aprendizajes adquiridos en cabeza ajena: en los ensayos fascistas de Europa y los corporativistas del propio México. Tomó de ellos algunos principios estructurales: una ideología definida, un método ideologizante, la disciplina militarizada, fundar la educación moral sobre los valores del nacionalismo, el honor y lealtad; empleo de uniformes e insignias. Y hasta ahí el parentesco.
Nada de recargarse en el Estado, un partido o religión; nada de militancia forzosa ni de servir como herramienta de control o escalera del poder; mucho menos separar a los hermanos en «buenos» y «malos», ni de exaltar los ánimos de los compatriotas contra «los de afuera».
Su corpus ideológico era muy sencillo y puntual, desligado de cualquier orientación política o religiosa –apenas cinco preceptos para memorizar y vivir, compatibles con la mayoría de los credos–, con una propuesta positiva para la juventud que merecía la confianza de los paterfamilias, no vindicativa –como el comunismo–, mitomaniaca –como el fascismo  o el nazismo– ni nostálgica –como el falangismo–.
Sus insignias, derivadas de los Símbolos Patrios y los emblemas universitarios, respetuosas de éstos, sin pretensión alguna de suplantarlos, tenían además una elegancia intrínseca y un aire de familiaridad que no provocaba cejas fruncidas, como los logogramas de las corporaciones estatales, las insignias de las agrupaciones filocatólicas o –peor todavía– los exóticos símbolos de las organizaciones cobijadas por los Estados totalitarios de Europa (hoz y martillo, cruz gamada, haces de varas o de flechas...).
La exigencia física, moral y disciplinaria de la propuesta pentathlónica era muy alta, pero tenía el atractivo de ser una organización abierta a todos, sin discriminación de credo, raza o partido; de pertenencia voluntaria; apadrinada en sus aspiraciones intelectuales nada menos que por la Universidad Nacional, y en las deportivo-militares, por el Ejército, que entonces monopolizaba los mejores instructores y espacios deportivos del país.
Ajeno a los intereses de los grupos de poder, el servicio de los muchachos tenía –y tiene– el buen sabor del altruismo, de la honestidad, de la lealtad a los propios principios. Sin sombra de «borreguismo» –exento del control estatal–, el PDMU puso el acento no en sí mismo ni en el proyecto gobiernista, sino en el individuo como principal sujeto de su superación material, corporal, intelectual y espiritual como requisito previo, indispensable, para la superación de la Patria.
El delicado balance entre autonomía respecto de las instituciones y el respeto debido a éstas, granjeó al PDMU apoyos sustantivos y sustanciosos durante años, principalmente del Ejército, como la designación gratuita de instructores a tiempo completo, el patrocinio a sus actividades deportivo-militarizadas, y la liberación «automática» del servicio militar para sus miembros. 

¿Por qué en la Universidad Nacional?
En ese momento histórico la Universidad, crisol de las ideas, era más bien una caldera a punto de explotar, con una montante confrontación entre simpatizantes de la izquierda y la derecha.
El Gral. Dr. Gustavo Baz debió ver una oportunísima y sana válvula de escape en la «tercera vía» ideológica que proponían los jóvenes Fundadores del PDMU: un nacionalismo autorreferente, comprometido con la construcción de una Patria mediante su propio camino, no importando modelos que confrontaran a los hermanos, como en la situación que se vivía dentro y fuera de las aulas.
Orientado hacia el presente y el futuro, no plañidero del pasado; inclusivo, apartidista y arreligioso, al tiempo que comprometido con una toma de postura cívica y moral: más que un concepto de nacionalismo, éste debió parecer al Benefactor –no parece: es– un proyecto de Nación, sólo esperando mentes universitarias dispuestas a aterrizarlo en planes concretos, y manos vigorosas dispuestas a ejecutarlo.

El nacionalismo pentathleta
No es una «vocación de imperio», como el nacionalismo falangista, sino un compromiso personal de autoconocimiento y dignificación. No es un «destino manifiesto», como la Doctrina Monroe estadounidense o el pangermanismo hitleriano, sino compromiso personal con el engrandecimiento de la Patria ponderada contra sí misma, no con otras naciones. Tampoco es una nostalgia de glorias pasadas, pues en una Nación donde los héroes de ayer tenían la mala costumbre de convertirse en los tiranos de hoy y los parias de mañana –recordemos: apenas se aquietaban las aguas revueltas de la Revolución y sus marejadas–, había poco que diera pie al orgullo.

¿Huellas del pensamiento falangista?
El cimiento ideológico del PDMU tiene ecos, aunque menores y callados, del falangismo «original», como lo formuló José Antonio Primo de Rivera antes de la Guerra Civil española; no de la Falange cooptada por Francisco Franco como brazo paramilitar, primero, y después instrumento de control ideológico y social en su Estado totalitario.
Conceptos como la lealtad a la Patria, al grupo y a sí mismo –ejes del Pentálogo– están presentes, con tonos más o menos familiares, en los Puntos de la Falange y la Promesa del movimiento que la sucedió, el Frente de Juventudes; pero también en una institución castrense conformada por voluntarios, anterior a la Falange: la Legión Española.
Es en las consignas posteriores donde se dejan sentir resonancias algo más notorias del lenguaje falangista, pero cuidando muy bien de dejar fuera toda descalificación a las instituciones, todo intento intervencionista en el Estado y la política, y qué decir de cualquier afiliación ideológica, fuera política o religiosa.
Llama la atención cómo el Mensaje al Pentathlón Menor, al tiempo que reproduce en lo esencial los principales conceptos falangistas relativos a la justicia social y el nacionalismo, corrige lo que tienen de cerrazón, discriminación interna y xenofobia, dándonos un texto pleno de humanismo no sólo mexicano, sino universal.
Por su parte, el Mensaje al Pentathlón Femenino, aunque de entrada parece reflejar las ideas de sometimiento al varón, del servicio al hogar y la maternidad como destino inexcusable, que regían la tan caricaturizada –con razón– Sección Femenina de la Falange, avanzando los párrafos muestra una profunda convicción en la dignidad humana de la mujer, y la impele a ser su primera promotora y defensora.
Luego de un análisis serio y completo, incluido el Ideario, queda claro que el PDMU tomó prestado el estilo, el lenguaje y algunos conceptos, pero no compró la ideología, la «receta».

Claves de supervivencia
El PDMU sobrevivió a la primera era socialistoide y, luego, a la primera ola liberalista del siglo XX, gracias a una autonomía defendida a rajatabla ante la Universidad, el Estado y el instituto armado, sin menoscabo de una cordial relación, que llegó a ser filial con este último.
Por otra parte, sabemos que «el poder corrompe». El PDMU ha evitado la presencia de arribistas manteniéndose al margen de los poderosos y, en sentido contrario, el chantaje y la manipulación de éstos para servir a sus intereses.
Su carácter de organización civil, con la carencia crónica de recursos económicos y materiales que esto implica, fue capitalizado por la estructura de mando para cultivar el sentido de pertenencia y responsabilidad personal de los miembros en el sostenimiento de la institución, llegando en un momento más cercano a nuestro presente a recibir con suspicacia cualquier apoyo venido del Estado u otros protagonistas del poder.
La desvinculación de las tendencias políticas epocales y las ideologías opositoras de moda, ha permitido al PDMU como institución pasar con las manos limpias por la historia, dejando a sus miembros actuar de acuerdo con su conciencia.
Así, en sus primeros años, el Águila Bicéfala fue vista sobre los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial, llevada por muchachos voluntarios en ambos bandos. Sin cumplir siquiera un lustro como institución, los voluntarios del PDMU ya eran regla áurea para la conducta de los militares de línea.
Muy pronto se hizo ver la vocación de servicio de los pentathletas, pues comenzaron a nutrir las filas de las fuerzas armadas, cuerpos de socorro y de policía; el servicio público y la academia, además de presentarse como voluntarios para asistir a la población en desastres.
En los años 1960, cuando un Estado reaccionario fue contrastado por la moda de la psicodelia, la socialistización y el libertinaje, este deslinde ideológico e institucional permitió al PDMU también mantenerse al margen de las protestas civiles y la dura represión estatal, negándose por igual a respaldar con su nombre las manifestaciones de la población universitaria, que a prestarse como grupo de choque paramilitar. Nuevamente, se dejó a los individuos actuar de acuerdo con su conciencia.
Aunque es una institución tradicionalista, en el sentido de que se funda sobre la escala clásica de valores, el carácter universitario del Pentathlón le da la perspicacia necesaria para adaptar sus métodos de trabajo a la evolución de la sociedad, sin adulterar su esencia, sirviéndole por ello de roca segura en tiempos agitados. Su disciplina militar da la perseverancia para resistir los episodios adversos y los ataques sin perder el decoro; su aspecto deportivo le da el vigor para consumar sus empresas.
Conjugando valores inobjetables, inquietud intelectual, disciplina y juventud, es una institución que combina firmeza y flexibilidad, optimismo y sentido de realidad, compromiso y esperanza. Esto, no se consigue en la anarquía ni en el totalitarismo. 


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Sabiduría Pentathlónica