20120506

El uniforme: orgullo e identidad


En el uniforme no sólo se puede leer la pertenencia, procedencia, méritos, antigüedad y cargo de quien lo porta: también el grado de corrección con que viste y de pulcritud con que se presenta, comunica la medida de su orgullo institucional, espíritu de cuerpo e integridad moral.

Es discurso viejo ése de «como te ven, te tratan», y como todo lo viejo, suele sufrir el desprecio de los jóvenes... Hasta que éstos topan con su meridiana verdad, frustrados y molestos por someter su bisoñez y soberbia a la sabiduría y autoridad de los mayores.
El problema está en que, al pedirle que se atavíe y apersone con el mínimo decoro que la etiqueta señala, el joven promedio se siente obligado a «parecer» «respetable» ante «los grandes», es decir, «lejano», cuando lo que desea es ‘mostrarse’ a ‘sus iguales’ como ‘afectuoso’ y ‘cercano’. Es comprensible que sienta asco ante la hipocresía de «disfrazarse» como alguien que no es, que no cree ser, que no quiere ser, o que reniega de ser, pues le hemos transmitido un concepto erróneo de la adultez.
En modo alguno deseamos que el hijo, sobrino, nieto, alumno o subalterno se apropie atuendos y méritos que no le corresponden, pues pronto se evidenciaría su real calidad humana y sufriría como la urraca ataviada con plumas ajenas. Pero tampoco deseamos que una y otra vez pierda oportunidades de empleo, de mejora económica o escolar, o el amor de su vida, por encarar esa entrevista trascendental sintiéndose asfixiado en el lazo de una corbata al que no está habituado, o –ellas– por una falda recta a la rodilla y medias que parecen arrancar la piel a pellizcos.
En nuestras Instituciones, las reglas de aseo y presentación personal, sobre el atuendo en general y el uniforme en particular, son un medio para que los chicos se habitúen a manifestar congruentemente, en el exterior, lo que son por dentro, y que al encarar el mundo real no sea su presentación y prestancia un obstáculo más por superar, pues los adultos estamos habituados a interpretar qué hay adentro de la caja por lo que muestra la envoltura.
Así, el uniforme es un signo visible del amor no tanto a la Institución sino, más aún, a sus ideales, valores y método; es decir, a la esencia del modo de vida que comporta para sus miembros. Es signo del espíritu de cuerpo, manifestando el deseo de verme como mi hermano de ideal y caminar juntos, sin nada que llame la atención sobre mí más que sobre él.
En la medida que la uniformidad del muchacho o señorita sea correcta, nos manifiesta su amor a lo que representan esas prendas, insignias y divisas para su moral, pensamiento y sentimientos.
En la medida que se muestre «de una misma forma» que sus compañeros –eso significa ‘uniforme’–, está manifestando el grado de dominio sobre su soberbia y su adhesión a la comunidad de jóvenes que lo ha recibido.
Y en el decoro que muestre su presencia, atuendo y lenguaje los demás días de la semana, manifiesta qué tan hondo se han grabado los valores y principios de conducta transmitidos por la Institución.

Cuestión de orgullo
Uno presume las cosas, acciones y personas que lo honran, que lo hacen sentir grande, un grado más perfecto que los demás. ¿Qué leemos en el muchacho o señorita que en cuanto termina la instrucción se despoja de cualquier prenda que muestre una insignia? ¿Se avergüenza de la Institución y sus valores? ¿Va a cometer actos contrarios a lo que aquí ha recibido? Reforcemos entonces la educación moral, sondeemos si no hay una contraposición insalvable entre la escala de valores institucional y la familiar, comunitaria o religiosa.
Hay más de una razón para que la mayoría de los Reglamentos de Uniformes estipulen, de manera más o menos explícita, que el personal debe llegar uniformado a Instrucción, y volver a su casa vestido de igual manera. Por supuesto, una de ellas es promover los valores e ideología institucionales mediante su manera de actuar y hablar. Otra es que, por el peso moral de la insignia –y conforme madure el concepto, por su honor–, se abstenga de actuar o hablar en términos que avergonzarían a la Institución y a los padres o tutores que dieron a ella su confianza.
Pero también se ordena salir de casa y volver a ella mostrando la insignia, para que la sociedad confronte al portador: que le cuestione los por qué de su pertenencia y su militancia, sus valores, sus prácticas, y el muchacho se habitúe a promover sus convicciones con pundonor, e incluso defenderlas con lealtad... Ahora son las premisas de la Organización Juvenil; después será su ideología política, su moral y ética, su religión.
Además, conforme el individuo persevera y progresa en la Institución, el uniforme se va configurando como un documento, un acta, que hace patentes sus logros y los grados de autoridad que va ganando. Al orgullo por su pertenencia institucional, manifestado en los colores de las prendas, el sector sobre la manga izquierda y las insignias en el cuello o el pecho, se van sumando las divisas de grado, los gafetes, medallas o insignias de perseverancia y especialización; las veneras de cargo... Sin necesidad de vanagloriarse, los compañeros, subalternos, superiores y observadores le reconocen el camino recorrido, las metas conseguidas, la autoridad ganada. 

Sentido de pertenencia
El valor del uniforme como signo de identidad colectiva, no es menor que como vehículo semántico del orgullo personal. Solidaridad, fraternidad, humildad, vocación de servicio y cooperación, son los ingredientes de lo que llamamos «espíritu de cuerpo». Este espíritu afirma no sólo el valor social del grupo, sino la contribución del individuo a la fortaleza grupal.
El espíritu de cuerpo tiene una resonancia social pocas veces justipreciada: la confiabilidad. Es más probable que yo le confíe la educación de mi hijo a un grupo que se ve homogéneo en su atuendo, comportamiento y lenguaje, que a una asociación espontánea y suelta de muchachos; es más factible también que las autoridades y la comunidad depositen su confianza en el grupo homogéneo para que intervenga en un accidente o desastre... Y el individuo perteneciente a ese grupo merece la misma confianza, porque se le ha visto contribuir con denuedo y equidad al cumplimiento de las metas colectivas.
Sabemos que todo lo humano es relativo y hasta engañoso, pero así estamos condicionados a interpretar la solidez de una comunidad. Porque se necesita un gran y sostenido esfuerzo personal para someter el ‘ego’, la soberbia y la necesidad de reconocimiento individual, para integrarse de esa manera a un grupo... Se necesita mucha disciplina para esto y todavía más autodisciplina, con lo que implica de capacidad para obedecer y cumplir, al menos en la percepción de la gente.

Higiene y autodisciplina
Una parte importantísima del concepto de ‘uniformidad’ en las Organizaciones Juveniles, es lo que trasciende a vestir ciertas prendas: se trata de la manera de actuar, de la presentación personal y el porte corporal. Esta parte demanda aún más esfuerzo y coherencia de los muchachos, sus mandos e instructores, pues no se trata de ponerse o quitarse algo ajeno al cuerpo, sino de la persona misma.
El sentido de pertenencia y el honor no bastan para convencer a los muchachos de cortarse el cabello, afeitarse y bañarse todos los días, ni a las muchachas de peinarse, cortarse las uñas y ser recatadas en todo momento y lugar. Necesitan demostraciones prácticas y muy prudentes en las maniobras de campo, las prácticas de defensa personal y cuanta ocasión sea propicia, para entender por qué los hombres no deben usar aretes, por qué las señoritas los usan pequeños y sólo en el lóbulo de las orejas; qué tienen qué ver la pediculosis, la sarna y las endoparasitosis con la higiene y la salud; por qué la sociedad da preferencia a quien se para erguido y camina mirando de frente... Necesitan estímulo constante de los instructores, así como de los compañeros, los padres o tutores, para convertir estas pautas en hábitos.
Llegará el día en que la vida, la Patria y Dios llamen a nuestros muchachos a obligaciones superiores, dejando el uniforme detrás. Entonces será que realmente se manifieste la solidez moral, intelectual, corporal y material de la vida que construyeron, apoyados en el andamio de nuestra Institución.



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