20150617

Cortesía


Ser amable es una inversión segura: no cuesta nada y siempre reditúa ganancias. 


«Por ‘caballero’ no quiero decir esos pedantes que usan polainas, monóculo y tienen dinero, sino un hombre... que siempre hará tratos correctos... Igual de difícil es ser caballero para un duque que para un albañil» (B-P, Roverismo hacia el éxito).


Ojo: digo ‘amable’, no ‘servil’, ‘adulador’ ni ‘alcahuete’. Por complacer a otro, la persona servil (entre nosotros, el lambiscón) atropella su propia dignidad y, a veces, hasta las reglas establecidas, poniéndose en riesgo de pagar esas infracciones ante la sociedad y quedarse sin el reconocimiento que esperaba. El adulador es un hipócrita que busca sacar provecho de otro con halagos y no con trabajo, para luego clavarle en la espalda el puñal de su maledicencia. El alcahuete quizá sea el caso más lamentable: busca el beneficio de un tercero a cambio solamente de sus sobras.
En el extremo opuesto, el pedante y el prepotente creen que todos los demás están a su servicio y deben complacerlos sin necesidad de retribuir. La diferencia entre éstos es que el primero cree suficiente mérito haber venido a este mundo, mientras el segundo se escuda en una autoridad que detenta de manera frágil y transitoria.
No merecen ser llamados ‘caballeros’ los agachones ni los pisoteadores, por mucho que los haya cruzado la reina de Inglaterra o pertenezcan a una orden ecuestre: en modo alguno manifiestan nobleza de alma, pensamiento ni intención. Hablo, por supuesto, de la virtud de la nobleza, no de un pergamino comido de cucarachas en el fondo de un cajón.
La cortesía, la gentileza (no insisto en ‘caballerosidad’ para evitar el asedio semántico de las  teóricas del género y la pasividad conformista de las damas), es parte de la educación sociológica que se recibe en la familia; es nuestra primera –para algunos, la única– lección de civismo. Desde los años infantiles aprendemos que ‘gracias’, ‘por favor’ y ‘con permiso’ son lubricantes universales que facilitan el flujo del individuo entre la colectividad y, en el sentido contrario, la respuesta de la colectividad al individuo. No entremos en las particularidades culturales de a quién y cuándo se le puede mirar a los ojos, si hombres o mujeres deben cruzar primero una puerta: esas tres frases existen en todas las lenguas y en todas cumplen la misma función.
Por supuesto que la amabilidad es mucho más que repetir tres fórmulas, pero por ellas se empieza en tanto no sean cáscaras vacías. Se puede ser un patán magnífico disparando un ‘con permiso’ mientras se pasa como rinoceronte por en medio del grupo, y se puede ser la mar de amable haciendo sólo un ademán silencioso acompañado de una sonrisa.
‘Amable’ significa «que merece el amor de los demás», es decir, su cariño, respeto y admiración. Pero –recordemos– «amor, con amor se paga»: sólo se puede merecer cariño, respeto y admiración de alguien, si se tienen esos mismos sentimientos hacia él. Esto no significa que para sobrevivir en el océano de las relaciones humanas se deba ser un promiscuo emocional, sino que la precondición para ser amable es ver al otro como un igual: como un ser igual en dignidad, pues sólo quien se sabe honorable reconoce la honorabilidad en el espejo del prójimo... Y, visto bien, tanto el pedante como el lamebotas manifiestan serios desajustes en la percepción de su propia dignidad.


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