20120109

La ingenuidad es un lujo caro


Donde dos o más se reúnen, ahí está no solamente Dios: también está el bullying. No importa cuán virtuosos o disciplinados sean los muchachos, el instinto de exterminar al miembro más débil de la manada está inscrito profundamente en nuestros genes; es un mecanismo necesario para la sobrevivencia de la especie.

Todavía recordamos con gran pena lo ocurrido hará dos años a un tropero de Chile la noche de su investidura, cuando la «novatada» se salió de madre y el jefe de grupo dormía en sus laureles más que al calor de la fogata, apenas a unos metros del desastre. También nos enteramos cada tanto de los pequeños o grandes abusos (sexuales, físicos o psicológicos) entre monaguillos, en los encondrijos de los curatos; o entre esculapios, en los rincones de los más beatos colegios... De las «potreadas» que algún oficialete o sargentillo orquesta para darle «la bienvenida» a los reclutas de los planteles militares o las organizaciones militarizadas.
De lo que se trata siempre es de dejarle claro al recién venido, y de recordarle a los miembros que están debajo de la propia jerarquía, cuál es su lugar en el grupo y lo que deberán enfrentar para permanecer en él, así que bien pueden darse por satisfechos con lo que tienen o irse por donde vinieron... O igual el grupo pierde el control y desata sus instintos, cobrándole al sujeto la cuota más alta que puede exigir la sobrevivencia de la especie: el sacrificio del individuo más débil.
El hostigamiento o bullying, como ahora dan en llamarlo, es un fenómeno natural y omnipresente en todo grupo humano. Quien afirme que el suyo está libre de bullying, es porque no reclutó humanos sino ángeles, aunque es más probable que nunca se haya asomado a las actividades no reglamentarias de los muchachos, que él mismo bloquee la experiencia por el daño que en su tiempo recibió, o peor aún, que lo considere «normal» y lo alcahuetee (el llamado «código rojo»).
Porque nuestro subconsciente-consciente tiende a suavizar (evadir) este fenómeno inevitable mediante varios mecanismos, como la negación individual o colectiva, las clásicas disculpas «son muchachos, no se hacen daño»; que son «pruebas de valor», «ritos de iniciación» o «de paso», aunque conservan poca o ninguna relación con los propósitos, mística y mecanismos institucionales.
Hay actos de hostigamiento que van de la espontaneidad pura (los más agresivos en lo físico) a la ejecución y transmisión mediante una estricta ritualidad (los más lesivos psicológicamente), y todos tienen como rasgo común descubrir hasta dónde permite la persona que se le denigre. Una vez alcanzado ese punto, se le obliga a emplear toda su energía para evitar que se le humille aún más. Con eso queda establecida o refrendada su «jerarquía no oficial» en tanto llega otro nuevo al grupo o se va alguien antiguo; se le asustó suficiente para que se largue, o se le ha causado suficiente daño físico, psicológico y moral para que no se atreva a competir por una mejor posición.
El hostigamiento es tanto más sensible cuanto el ‘superego’ individual y colectivo está menos desarrollado, en tanto que el ‘ello’ recibe más estimulación. Es decir, su incidencia aumenta conforme la edad del grupo se aproxima a, o inscribe en, la adolescencia.
La representación sensible del ‘superego’ es el adulto que lleva la autoridad del grupo: instructor, jefe, maestro, comandante o como se le llame. En la medida que esta figura de autoridad se desdibuja, sea por falta de carácter, lejanía jerárquica, excesiva distancia o proximidad a la edad promedio de los miembros, etcétera, se acentúan las manifestaciones de violencia contra el eslabón más frágil de la cadena.
Un descuido del adulto a cargo, un lapsus de exceso de confianza, pueden implicar un costo impagable para la institución: una vida baldada o, peor, segada.
Como responsables de vidas humanas, vidas jóvenes, no podemos jugar al ingenuo y suponer que todo saldrá bien sin nuestra supervisión constante y directa; no debemos confiar sola ni ciegamente en la bondad del método institucional, la virtud de sus valores ni en la profundidad con que los hemos sembrado en la conciencia de los chicos: antes que seres conscientes, son seres de pulsión: son muchachos y, por eso mismo, son capaces de hacerse mucho daño.


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