20120802

Pensar desde el amor


«Toma tus decisiones desde el amor, no desde el dolor»: una bonita frase que, si tratamos de comprender y aplicar, igual parece verborrea de superación personal, que una verdad profundísima capaz de revolucionar el destino individual. Todo depende de qué entendamos por ‘amor’. 

A M-E.

Necesitar a alguien, sentirse necesitado, son ideas que en el fondo implican la interna, poderosa y dolorosa urgencia de que los otros (sobre todo, ese otro) reconozcan el valor de uno; de encontrar el espejo imposible donde la realidad interna de uno (‘yo’) se vuelva perceptible (palabra, acto, caricia, gesto, silencio cómplice) para los propios sentidos externos, para las propias sensaciones y sentimientos.
Sólo es desperdicio de tiempo y energía ese afán de retener al otro, ese espejo imposible... Porque no existe. Porque lo sublime no se construye sobre la NECESIDAD, sino con ASPIRACIONES. La necesidad es motor sólo de la subsistencia; la aspiración, de la trascendencia.
Desde el principio y al final de todo, uno es uno, es ‘yo’, nunca ‘tú’, y pedirle a otro que entre en la mente, alma, cuerpo de sí; peor aún, que acepte y comprenda lo que encuentre ahí, es pedir lo imposible.
Sólo pueden construir un ‘nosotros’ –trascender la individualidad– el ‘tú’ y el ‘yo’ que se buscan desinteresadamente, o al menos con el interés de sorprenderse con lo que hay de humanidad distinta en el otro, no de reflejarse en él. Este deseo de salir de sí para percibir al otro en su realidad, antes que rebotar en él para volver a sí, es una concepción del amor, si bien imperfecta como la otra, al menos más positiva, e inmune a los sufrimientos que conlleva la posesión: celos, codependencia, dominación/sometimiento, represión...
Tampoco significa que el amor-entrega esté libre de dolor. Al contrario: desprenderse de las máscaras, las armaduras, las preconcepciones sobre sí y los otros –principalmente la persona amada–, conlleva el sufrimiento de la indefensión; es un desollamiento del alma, y es precisamente la experiencia de entregarse totalmente al otro‑equivocado, la causa de que muchos abandonen esta manera trascendente de amar y, al cabo, ejerciten la otra, la utilitaria.
Amar como entrega, pues, no sólo requiere valor para desnudarse de los prejuicios y egoísmos que impiden a las almas tocarse, conocerse: también exige inteligencia. Sin ésta, el amor universal que nos debemos como seres humanos degenera en promiscuidad, sea emocional o carnal, y el amor personal, en juegos de posesión. Sin inteligencia, el amor‑entrega se desgasta, fatiga y degrada en amor‑posesión; al cabo, en cinismo: «Para que nada nos separe, que nada nos una».
Una decisión tomada desde el amor, así, puede ser la más inteligente o la más estúpida. Puede transformar el mundo o aniquilar al individuo. Una decisión tomada «en clave de entrega» tiene resonancias de generosidad, de don; busca el bien del otro u otros a quienes va dirigida la acción. Tomada «en clave de posesión», suena a especulación, a cálculo de riesgos, a buscar el bien propio a costa del otro.
Traducido en ejemplos, el amor‑entrega está operante al tomar decisiones sobre el futuro de nuestros hijos: idealmente, decidimos desde lo que deseamos para ellos o lo que ellos quieren para uno, alegrándonos con la expectativa de su felicidad; no desde el rencor que nos producen sus faltas en el presente o el pasado... Cuando pateamos puertas, corneamos paredes y aventamos vigas verbales para no agredir físicamente al cónyuge, amigo o hijo que nos lastimó, estamos frustrados por un «mal cálculo» del amor‑posesión, decepcionados por una promesa fallida de goce, de contento. Es lo que ocurre frecuentemente con las parejas enamoradas de una falsa imagen de la contraparte, sea por engaño o por autoengaño.
Hay una tercera interpretación del amor, que tomo prestada de mi madre: el amor como un acto de la voluntad. Yo decido a quién amar y qué sacrificar para sostener ese amor. No para retener a la persona‑objeto, sino para alimentar el vínculo que voluntariamente decido construir hacia su alma; si acaso hacia su inteligencia; raramente hacia su emocionalidad y corporalidad. No es siquiera un «convenio», no es necesaria la reciprocidad. 
Este amor‑voluntad se distingue también en que no aspira a conocer al otro ni comprenderlo. Es el amor del místico por su dios; del patriota por su nación, del héroe anónimo por la humanidad. Quizá el místico sepa de un paraíso que lo espera, el patriota de un laurel y el héroe de un epitafio, pero no son los premios su motivación: son vidas ofrendadas con absoluta gratuidad y, a veces, hasta un ‘gracias’, un aplauso, les parecen retribución excesiva. Pero no es fanático ni ciego: es razonado, conoce, pondera su capacidad de sostenerse, se fortalece con las experiencias del fracaso.
Es difícil encontrar un ejemplo de este amor en las relaciones humanas. Muy pocos merecen ser amados así; son menos aún los capaces de amar así a otro ser humano individual. Pero algo es seguro: los matrimonios fieles hasta la muerte no sólo tienen mucho de entrega recíproca, también de voluntad. Cuando una persona toma sus decisiones desde este plano, generalmente hay un dejo ‒o de plano un manifiesto– de autosacrificio, negación de sí, con la mira en una causa suprema que no beneficia siquiera al amante, en lo que a él respecta: sólo al amado, y si éste no recoge el beneficio, tampoco importa.
El amor posesivo tiene mucho de niño, de inmaduro: amo a mi madre porque me alimenta; amo a mi padre porque me provee; a mi hermano mayor porque me defiende. Por eso los novios nos parecen como niños: te amo porque incrementas mi buena presencia, porque me‑gusta cómo hueles, el tacto de tu piel, tus rasgos, tu figura; te amo porque me‑das (¿darás?) el placer del sexo.
El amor entregado es, más bien, esponsal: luego de la experiencia egoísta del noviazgo, de disfrutar‑me en el cuerpo o la presencia del otro, decido salir de mí y conocer la real‑persona que es ‘tú’, sorprendiéndome de todo lo que no conocí por consagrarme a mi satisfacción. Es también el amor de los amigos: no importa qué tan grandes sean tus virtudes o graves tus defectos, siempre me sorprenderá hasta dónde puedes llegar y siempre te seguiré hasta esos extremos, para igualarte o para rescatarte. Es, al menos en parte, el amor paterno: te proveo lo necesario para que te desarrolles, porque en tu realización, en tu evolución humana, en la elección y construcción de tu camino existencial, me desapropio de ti, voy conociendo, admirando y respetando tu maravilla de ser humano individual, al mismo tiempo que tú lo haces.
Pero el amor-voluntad es difícil hasta de conceptuar, de tan escaso. Es sobrehumano. Es más frecuente encontrarlo como ingrediente en las relaciones fundadas sobre los otros tipos de amor: para ruina de los amantes que se poseen uno al otro; para engrandecimiento de los que se entregan uno al otro.
Así pues: ¿qué significa eso de «decidir desde el amor»? Para el que ama poseyendo, es dolor y temor. Para el que se entrega, es el bien del amado. Para el que «decide» amar, es su manera de vivir.



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