20120619

De Soliloquios por combatir


Digo que amé sin saber qué padecía. Que después de saber qué era, tuve miedo y más dolor. Digo que es más fácil besar la ciudad entera que una mujer. 

Te digo, muchos años antes de conocerte y saber cómo te llamas, que estoy aquí por el mismo error y dolor que tú, y amo el suelo y el muro, y el ruido que también tú supiste como palabra primera y última maldición.
Digo que he conocido más rostros cuanto más he cerrado a fuerza los ojos, y cuando más solas son las calles.
Te digo que mi vida ha sido más dolorosa que cualquiera porque es mía, y que mi dios es más cruel que cualquiera porque tuve la osadía de verle el rostro, y era como el mío y el de todos los hombres que odio, y el de todas las mujeres que desamé.
Digo que aprendí a amar a fuerza de violentar el terror, y de antes amar todos mis muertos.
Te digo que hasta hoy los pañuelos no habían secado más lágrimas ni sangre que las ajenas; que he sido fiel a menos ideales de los que he seguido, y menos aún de los que he respetado.
Digo que odio saber que llegarás y no tendré más remedio que legarte mi ciudad, para que sepas odiarla por parirme.
Te digo que tendrás más dudas que verdades. Que odiarás mis palabras, libros, canciones, porque no te darán respuesta alguna.
Te digo que amé sin saber qué padecía y aprendí a gozar el dolor. Sin embargo, nunca tendré más grande dolor que enseñarte mi amargura, y que no haya más.
Digo que mi sombrero te quedará grande y no te importará. Que aprenderás a jugar con la baraja y seducir mujeres que no te importan; que hablarás conmigo los idiomas del odio y sólo balbucirás los del placer, que al cabo la ciudad no pide más.
Digo que sufrirás aprendiendo a amar sin dolor, ante cada una de las madrugadas que te ofrezca la ciudad. Amarás sin palabras porque las gasté todas antes de saber su uso y razón, y no las merecerás.
Odiarás tus cigarros, vino, café, pañuelos, navaja, alcancía, boca, futuro, esperanza, nombre, callos, paredes, libros, camisa, religión, porque antes fueron míos y no dejé en ellos otra cosa que dolor.
Lo digo antes, muchos años antes de conocerte y saber cómo eres y te llamas, para que sepas cuánto te importará no haber llegado a otra parte.


A Mario Elías.  
De Soliloquios por combatir. Guadalajara 1998, pp. 41-42.





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