20080103

La Nueva Canción aún es novedad


A más de tres decenios, el movimiento llamado entonces de «la Nueva Canción», «Canto Nuevo» o «Nueva Trova» continúa como una alternativa válida y viable para los jóvenes y adolescentes que abren sus ventanas al mundo, e igual que el rock & roll, ha pasado de ser signo de la ruptura generacional a un vínculo que reúne a hijos, padres y abuelos mediante un lenguaje y referentes comunes; ideales y preocupaciones compartidos.

Quizás ahora, después de abandonar en un cajón los casetes y cancioneros de la juventud, con todo lo que hemos visto y vivido en México, Hispanoamérica y el ámbito internacional, nos parezcan trasnochadas e irreales las referencias a la utopía socialista, los llamados a la revolución, las ingenuas denuncias de la injusticia; el amor que se proponía eterno aunque sin compromisos... Y por eso mismo, por la irrealidad que a cada paso le suma la realidad, la Nueva Canción adquiere mayor fuerza y pureza, se vuelve más atractiva para las generaciones que descubren el mundo y la humanidad, con todo lo que tienen de horror, sí, pero también de belleza y perfección inacabadas.
Si el Canto Nuevo sigue siendo «nuevo» para cada nueva generación adolescente, a pesar de sus canas y del fiasco que resultaron sus referentes sociales e ideológicos (¿hay algo más estrepitoso que la caída del Muro de Berlín o el fin de la utopía cubana?); a pesar de los farsantes que se han montado sobre sus lomos para obtener un viaje gratis al «mercado» de tres o cuatro generaciones (¿algo más denostable en lo musical y deleznable en contenidos que «Señora de cuatro décadas» o «Cuando nadie me ve»?), y de la senilidad que comienza a afectar a sus precursores, es porque está hecho de ingenuidad y convicción puras, como ingenuo y convencido es todo ser humano entre la niñez y la vida adulta.
Y si la piedra de toque para el género son su ingenuidad y convicción, su salvaguarda es el compromiso con la calidad, lírica y musical: no teme abordar los máximos poemas hispanoamericanos ni recurrir a los mejores músicos y arreglistas de su tiempo, trascendiendo la ejecución vocal, pues se trata más de cantautores que de intérpretes, aunque los hay de gran altura, como doña Mercedes Sosa.
Estos tres rasgos ‒ingenuidad, convicción y calidad‒ distinguen inconfundiblemente la Nueva Canción, tanto del canto de protesta como de los impostores arropados por los grandes medios. Para muestra, recordemos «La gota de rocío» u «Óleo de una mujer con sombrero», de Silvio Rodríguez; «Para vivir», del también cubano Pablo Milanés; «Mediterráneo» o «La fiesta», del catalán Joan Manuel Serrat, quien dio a la fama el poema «Cantares», de Antonio Machado... Y qué decir de la máxima figura en el medio, el chileno Víctor Jara (qepd), quien «puso de moda» tocar y cantar los géneros más tradicionales de nuestros países. Son inolvidables ‒y ejemplares‒ su versión del «Poema 15» de Pablo Neruda, al igual que su hermoso «Manifiesto».


Una de mis principales favoritas:





Léelo como se publicó en el Semanario Arquidiocesano de Guadalajara.


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