20071211

Bandas sonoras


La música es una herramienta esencial para mantener el ritmo ‒y la atención del espectador‒ en las películas y series televisivas. Desde la era del cine mudo, cuando era añadida en la sala de proyección, ha establecido «puentes» entre las secuencias o escenas; ha marcado los cambios o la transición entre las situaciones que hacen la historia y ‒básicamente‒ ha creado un entramado temporal sobre el que nos situamos para «vivir» lo que vemos, al darle mayor «apariencia de realidad».

La banda sonora no sólo llena vacíos visuales y conceptuales, como algunos piensan. Sin ella, muchas películas que consideramos clásicas no habrían dejado siquiera una huella marginal en la historia, pues el ritmo y armonía (o la disonancia) de la música son lo que atrapa nuestra atención e imaginación, permitiendo que los diálogos (palabras), así como las escenas y secuencias (imágenes) se organicen sobre una línea común, es decir, una secuencia. La música ayuda a conseguir el estado mental y emocional que se espera de nosotros.
Podemos escuchar la banda sonora de las películas ‒algunas, con voces y efectos intercalados‒ y disfrutarlos como si se tratara de una sinfonía o una ópera; sin embargo, una película vista sin sonido es siempre insípida, monótona... Resulta curioso que la herramienta de apoyo para un medio visual se sostenga con vida propia, mientras que la obra principal no pueda sobrevivir sin la música.
Hay bandas sonoras, canciones-tema o por lo menos «rúbricas» más memorables a veces que las películas o series en que toman parte: ¿quién no tiene presentes «El animador» (Joplin-Hamlisch), de El golpe; «A través de los ojos del amor» (Melissa Manchester), de Castillos de hielo; las «entradas» del Batman sesentero (Neal Hefti), La Pantera Rosa (Henry Mancini) y ‒mucho más reciente‒ Los Simpson (Danny Elfman)?
Y otras que, siendo «clásicas», entraron en conocimiento del público gracias a la imagen animada, como «El vuelo del abejorro» (Nikolai Rimsky-Korsakov), tema de El Avispón Verde; «Carga de caballería» (Gioachino Rossini), en El Llanero Solitario; Así hablaba Zaratustra, de Richard Strauss, consagrada por Stanley Kubrick como tema de 2001: odisea en el espacio.
Atención singular merecen las obras compuestas específicamente para musicalizar una película. Destaquemos por ahora la creada por Ennio Morricone para La misión; la de Vangelis para Carros de fuego; de Thomas Newman para Belleza americana; de Madredeus para Historias de Lisboa; las de Goran Bregović para Underground (Érase una vez un país) y Tiempo de gitanos... En ellas, la compenetración entre la historia escrita, la narración visual y la auditiva es tan perfecta, que parecieran hechura de seres superiores.







Léelo como se publicó en el Semanario Arquidiocesano de Guadalajara.


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