20100120

Frío


Clima como éste, iniciando 2010, ha enmarcado los pasajes más extraños de mi vida. Aunque suelo decir que prefiero esto al sofoco del verano, la verdad es que me causa incertidumbre lo que ahora pueda presagiar...

La última vez que recuerdo despertar tiritando así bajo las cobijas, fue durante mi estancia de 2001-2002 en Querétaro. El frío mataba en las ramas a las mariposas monarca, en la última pausa nocturna antes de llegar a su santuario en el estado de México. Al llegar de mañana a las instalaciones gubernamentales donde trabajaba yo de gratis, la brisa hacía caer los cadáveres como hojarasca veteada de negro y anaranjado, crepitante y al tiempo untuosa bajo las suelas. No sé si pueda entenderse cuán deprimente era el espectáculo –independientemente de mi propio estado neurótico y depresivo–, pero es seguro que no me ayudaba a levantar la cabeza.
Escribiendo esto, veo cómo se manifestaba la naturaleza cíclica de la existencia. Ese otoño inició el feo desenlace que tuvo mi aventura queretana, iniciada con un frío viaje por la Sierra Gorda y La Huasteca el invierno previo (¿era primavera ya?), entre el viento cortante y seco de aquélla, y la niebla sólida que se extendía sobre ésta, pasando cada noche en un hotel más alto en la sierra y más frío que el anterior.
La primera vez que el frío me mordió fue seis años antes de eso, saliendo a trabajar a las 6:00 después de pasar noches miserables frente a la máquina de escribir, haciendo los trabajos finales de cuarto semestre (creo); por cierto, los más aplaudidos jamás por mis profesores universitarios. Fue durante los meses que viví solo. Fue cuando conocí esa soledad humana, cuando no hay alguien que acompañe el alma de uno. Fue cuando descubrí que la compañía física no basta siempre para salir de sí.
Y siempre que estuve así de solo, hubo un frío mordaz, como el de estos días. Ahora temo que me aceche, otra vez, esa soledad.


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