20091231

¿Y la violencia estructural contra quienes no pueden defenderse?


Al negar el derecho al aborto, el sistema jurídico mexicano prefiere que hoy lo juzguen los hijos de Herodes por «propiciar la violencia estructural hacia las mujeres» (por ejemplo), a que después lo condene la historia por permitir el asesinato indiscriminado de seres indefensos.

Con motivo del Día Internacional Contra la Violencia hacia la Mujer, se hizo escuchar la ya monótona retahíla de acusaciones sobre el sistema jurídico mexicano por negarse a despenalizar el aborto. También se va escuchando más el cacareo de quienes buscan el libre consumo de drogas, que este año –por cierto– opacaron a los promotores de la eutanasia.
Una vez más, falta valor a tirios y troyanos para llamar a las cosas con todas sus letras, por miedo a perder sus simpatizantes tibios, que son los más abundantes: criticones de sofá o de sobremesa que a la hora de la crisis hacen lo contrario de lo que pregonan.
La tibieza repugna en estos temas. Si la salmuera templada hace vomitar, cuánto más asco debería darnos ver cómo se tasa en los medios el valor de una vida, derrochando sofismas en favor o en contra de su cualidad humana, siendo que, ultimadamente, lo que se debate aquí no es el derecho a vivir de ése, el otro, pues toda planta y animal lo ejerce, sino si tú o yo, ciudadanos adultos en pleno uso de nuestras facultades y derechos, o la sociedad misma, podemos asesinar libremente a quienes no son «como nosotros»: nonatos, ancianos, enfermos crónicos –los adictos entre ellos–; los afectados por defectos congénitos o genéticos; es decir, los indefensos, los carentes de poder, libertad y representatividad.
¿Verdad que así el tema parece más una abominación bárbara y totalitaria que un debate atractivo y vanguardista? Quienes defienden el derecho al aborto, la eutanasia o el libre uso de drogas, sólo se distinguen de los nazis y estalinistas, además del uniforme, en que éstos deshumanizaron y masacraron a sus vecinos; aquéllos, quieren hacerlo a sus propios hijos, abuelos y hermanos.
Por supuesto que el sistema jurídico de cualquier Estado moderno y democrático que se respete, no sólo el de México, previene y tutela que su sociedad no sea llevada por su propia egolatría a una era oscura de totalitarismo.


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