20101118

En fase de negación (la batalla iv, nueva revolución iii)


Que hubo acumulación de gases explosivos en el séptico de un hotel del Sur; que fanáticos defensores de los animales soltaron la granada en una oficina gubernamental del Occidente. Que no existe «narcoinsurgencia» en México. Pero ¿y los levantones, desapariciones y ejecuciones de políticos o funcionarios en los tres órdenes de gobierno; contra actores civiles organizados?

Es difícil creer que no haya tal «insurgencia», luego de las granadas en el Grito de Morelia y contra la Policía Estatal de Jalisco, además de todo lo demás. Pero eso no es sintomático de una revolución, ni de una insurgencia en el sentido que la vimos aquí hace dos siglos, hace uno; la que vivió Cuba hace 50 años, ni lo que vio Colombia en el cuestionable pero legítimo inicio de las FARC.
No, señores funcionarios: ustedes están en etapa de negación ante la crisis de seguridad, pero la negación, tanto de ustedes como de la intelligentsia, es doble: resulta evidente para cualquiera con sentido común que las explosiones no son «chiripas» ni caprichitos; pero también que es falso estar ante una «narcoinsurgencia» o, como la llaman los colegas del HECF, una «revolución». Vamos por partes.
Las revoluciones las hace el pueblo cuando quiere sacudirse un Estado represor y parasítico; implican «darle la vuelta», subvertir, el statu quo para que los oprimidos queden arriba y los antiguos opresores sufran todo el peso de la pirámide social. Implica al pueblo entero, pues todo el orden social es trastocado; no se hacen desde un rincón ni por la escotilla entreabierta de una camioneta blindada.
‘Insurgencia’, nos dice la etimología, es el punto de ruptura en el statu quo, y el momento, en que un grupo organizado de la sociedad se contrapone abierta, violenta y activamente al régimen; digamos, es el punto en la «falla geológica» del Estado que cede a la presión del «magma» social; por algo la Real Academia la define como ‘levantamiento’, igual que un volcán. Y para levantarse, hay que alzar la cabeza, mostrar la cara, o al menos una bandera ideológica.
Así que sólo nos queda el concepto de ‘terrorismo’: ataques no sistemáticos, pero continuos, contra la sociedad y la autoridad, con el propósito primario de desestabilizar, demostrando la inoperancia del Estado y de las demás superestructuras. El terrorista no pretende poner su bandera sobre la montaña de ruinas; tampoco hacerse del poder, pues no sabría llevar el gobierno (recordemos a los talibanes en Afganistán): sólo quiere derribar todas las ideologías que no sean la suya, resquebrajar todo poder que no se someta a su visión del mundo... Y cuando lo consigue, no sabe qué hacer con su victoria.
Nunca veremos a esos señores narcoterroristas bajar de sus camionetotas blindadas, dejar el AK47 en casa y sentarse en «La Silla», las curules y escaños: estarían demasiado expuestos, serían vulnerables a las balas y, sobre todo, a la crítica y la burla. ¿Quién podría creer que ellos quieran «revolucionar» a México? Lo que a mí me sobrecoge no son sus balas y granadas, sino el veneno que instilan en la conciencia de nuestros hijos, en la cultura donde nuestros jóvenes se moldean, fabricando en su sistema de valores una legitimación moral del gangsterismo que sí puede enseñorearse un día de este país.


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