20110831

Tan obvio, y sin embargo...


Los principios de muchas organizaciones juveniles en este país, concuerdan en varias obviedades: una, que su propósito es contribuir a la formación de los muchachos en valores y aptitudes para la vida mediante un método o sistema peculiar; otra, que esto se hace con la disponibilidad de tiempo que tengan formandos y formadores sin descuidar sus primeros deberes; otra más, que estas instituciones están conformadas para y por... jóvenes.


A Di Yei y ya saben quiénes más.

Evitemos alargar la enumeración y quedémonos con estas tres verdades de brillo meridiano, pero no tan respetadas y honradas como deberían. De hecho, es fácil adquirir la costumbre de faltar a ellas y luego extrañarse de los magros resultados.

1. Son organizaciones
La primera nos remite a la sistematización de los conocimientos y habilidades que se cultivan en los jóvenes o niños, así como del seguimiento –sistemático– a su asimilación; es decir, al método y la ideología institucionales. Esto implica una forma de disciplina, explícita o no –según el carisma institucional–, pero siempre esencial. Hablamos de institucionalización, de consolidación: de todo lo que cabe en el concepto ‘organización’.
Perder de vista la naturaleza organizada de nuestra labor, a lo menos que lleva es a generar grupúsculos de muchachos uniformados que se hiperespecializan en una o dos actividades –invariablemente, físicas– de la veintena que exige la institución, desconociendo en absoluto las demás; muy seguros de ser superiores a sus coetáneos no encuadrados, pero absolutamente incapaces de explicar por qué.
En el peor escenario, la falta de rigor en la actuación, formación y autoevaluación de algunos dirigentes e instructores, desciende hasta la base y se evidencia en el escaso respeto de sus muchachos a las reglas del grupo: horarios de entrada, salida y alimentos; sobre el uso de aparatos electrónicos; los tiempos de interacción informal o con los padres durante la instrucción; las normas de uniformidad, comportamiento en activo y en la vida cotidiana; en el índice de aprovechamiento, medido en adopción de la ideología, desarrollo de aptitudes físicas y adquisición de habilidades; en excesos de severidad o de permisividad entre compañeros... En fanatismo: cuanto más ignorantes de la esencia de la institución, los chicos tienden a hacerse intolerantes respecto de sus pares no encuadrados o, peor aún, de los afiliados a otras instituciones; a discriminar al prójimo en vez de servirlo. En pandillerismo uniformado: para la cosmovisión adolescente, es muy cómodo y natural percibir las divisas de la institución como simples marcas de identidad tribal, signos de pertenencia y de propiedad, antes que como metáforas de una aspiración trascendente que exige esfuerzos y sacrificios no sólo físicos –que los sobrelleva bastante bien–, sino materiales, intelectuales y morales.
Es imprescindible tener siempre a la vista el esquema formativo de la institución y cada fin de semana dar la misma importancia a las pautas ideológicas, intelectuales y actitudinales que a las físicas; mantener el seguimiento personal al aprovechamiento de todos los miembros del grupo mediante mandos medios aptos para responsabilizarse de pequeñas unidades. Y, sobre todo, enseñar con el ejemplo: de uniformidad, aseo, puntualidad, aptitud física, dedicación y cultura; en capacidad de aplicar las habilidades que cultiva la institución sobre situaciones reales.

2. Son para dar valor al tiempo libre
La segunda obviedad, la relativa al tiempo que dedicamos a estas actividades, es quizá la que se hace más dolorosa conforme se alarga la militancia y se asciende en la jerarquía. Todo comienza con «vamos llevando a los niños para que hagan algo bueno durante el fin de semana» y, si no desertamos luego de unos meses, pronto hay que sacrificar espacios o tiempos dedicados a la comunidad religiosa, las amistades o la familia: para ir de campamento, al desfile, a la guardia de honor; a repartir cobijas o plantar arbolitos, y al principio está muy bien; el cura, los abuelos y las tías nos presumen, perciben que damos un valor trascendente a nuestro tiempo libre... Al paso de los meses más bien nos preguntan cuándo les dedicaremos un tiempo a ellos.
Después nos avisan que ascendimos o se nos dio tal comisión y, a partir de ‘ya’, hay que quedarse un par de horas para evaluar la instrucción y presentarse a junta tal noche entre semana (alcanzar el último camión es una verdadera proeza); luego, hay que pedir permiso en la escuela o el trabajo una vez al mes para atender reuniones internas o con autoridades civiles; un permiso de varios días para asistir a cursos... ¡Pero en la instrucción inicial se nos insistió que primero estaban la Patria/Dios, la familia y el trabajo/la escuela! ¡Que la institución nos ayudaría a cumplir alegre y eficazmente nuestras responsabilidades!
Esto puede llevarnos a tener muchachos ejemplares para la institución pero de dudosa calidad en casa, en la escuela y su vida espiritual; a ser dirigentes que sólo ven a sus hijos en el horario de instrucción, y eso si están encuadrados... Candiles de la calle y oscuridad de su casa.
Para evitarlo, sólo la prudencia. Si no, llega el momento en que nuestro voluntariado consume 16 horas diarias y terminamos por colapsar. Todos tenemos necesidad de reconocimiento y tenemos voluntad de servir, por eso estamos aquí. Nadie que se considere normal desprecia un ascenso o la confianza que implica merecer una responsabilidad. Pero para predicar con el ejemplo, cumpliendo ante Dios, la Patria, el trabajo, la familia y el prójimo, es necesario ir más lento, pero muy firme, en la trayectoria institucional.
Dudosamente la institución nos comprará el Cielo o nos hará héroes nacionales; ganará nuestro sueldo, enseñará a nuestros hijos a anudarse la corbata o le dará a nuestro cónyuge el beso de buenas noches... No es correcto ser padres espirituales de cien muchachos y paño de lágrimas de veinte señoras, si no estamos nunca para nuestros hijos carnales ni para quien juramos ser fieles hasta la muerte.
Nunca habrá suficientes personas aptas para asumir las responsabilidades que conlleva la institución. Tampoco es uno el superhombre puede llevarlas todas sobre sus hombros. Debe hacerse lugar a la gente nueva, quizá inexperta, locuaz e imprudente, pero capaz de asumir hoy una parte de una responsabilidad, y con un poco de práctica, de tomar la responsabilidad completa y, a su vez, llamar más gente nueva para repartir las tareas... Sumar muchas pequeñas voluntades da mejores resultados, produce menos desgaste individual y evita faltas a los deberes superiores.
...Esto nos lleva a la tercera obviedad:

3. Son organizaciones juveniles
La mejor enseñanza es el ejemplo. Sin embargo, ¿cuántas veces hemos visto a alguien dar una academia «de boca» sobre rappel, escalda, tumbling, inmovilizaciones, etcétera? Simplemente porque las rodillas ya no le dan, el tono muscular se diluyó con los años, la espalda está sentida de incontables mochilazos y malas caídas.
Los textos fundamentales de muchas organizaciones juveniles aclaran muy bien que sus servicios son para la juventud; algunos llegan a marcar las edades límite para pasar de de una rama o grupo etal a otro, o para (re)insertarse en la vida social. Pero en ese afán –que reconocimos líneas arriba– de sentirnos indispensables, o peor, con el celo de que alguien ocupe nuestro respetable lugar, nos apegamos a la institución más allá de lo prudente y, un buen día, en vez de tener algo qué ofrecer a los muchachos, nos convertimos en una carga para ellos. Bajo nuestra influencia, lo que debería ser una práctica jovial, dinámica y positivamente formativa, termina por ser una fin de semana solemne, lento y aversivo.
No debería haber al frente de los grupos nadie incapaz de mostrar con el ejemplo la habilidad o aptitud de la que habla. No debería haber nadie con más de 35 años cumplidos en los cuadros de mando regionales, zonales o de unidades; personas capaces de caminar con su gente hasta los sitios de acampada mochila al hombro, de recorrer con ella la ruta completa del desfile, de saltar con ella, de subir los muros de roca y descolgarse por las cuerdas.
Nuevamente, la solución es confiar en la gente nueva. Claro, no hablamos del chico recién ingresado que no sabe ni bolearse las botas, sino de esa cantera que tiene algunos años en instrucción y, aunque no sea experta en todos los temas, sí conoce medianamente bien el programa que se debe impartir a los que vienen detrás y, además, tiene cualidades para la enseñanza que vale la pena afinar en un curso para instructores.
Quienes pasamos la línea de la edad juvenil, deberíamos estar sólo como asesores, bienhechores o ayudantes, independientemente de nuestros grados y antigüedades, en bien del dinamismo de los grupos, su sobrevivencia y la eficacia de su programa formativo. No está mal conseguir la medalla por 50 años de perseverancia, pero está mucho mejor tener una unidad donde la mayoría del personal ha ganado o está por ganar la medalla de cinco años. Para ello, nos conviene dar un paso de costado y dejar que pasen al frente los jóvenes mandos e instructores con quienes ese personal se puede identificar.

Dejemos para después asuntos como el del dinero que siempre terminamos poniendo de nuestra bolsa, los padrinazgos, la confianza defraudada, los celos paternos, las relaciones mezcladas...


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