20070513

Como en las tragedias, como en las óperas


Sabemos que habrá drama; tal vez hasta intuyamos en qué consistirá... No es gratuito que después de 34 años, The Dark Side of the MoonEl lado oscuro de la luna– se siga considerando una obra maestra.

Como en las tragedias clásicas, las primeras líneas nos ponen en situación y anticipan las hebras principales de la trama; como en las óperas, el preludio presenta las líneas armónicas de la obra entera, y nos dice –por si no lo habíamos notado– «aquí habrá drama»... Y sólo es el pálpito de un corazón... Luego, una risa fofa, desatinada, como de quien recuerda algo gracioso y ríe a solas, o de quien ríe de algo que sólo él ve y no le importa si alguien más está ahí.
En minutos, tenemos ya un ser vivo frente a nosotros; más bien, en nuestro oído, y tenemos la soledad de alguien a quien no le importa estar acompañado; la sensación de estar donde no deberíamos; que casi estorbamos. Y, quizá, alguien tenga también la sensación de que ese ser riendo a solas, de algo que tal vez ni él sepa, sea el mismísimo escucha.
Entonces nos apresuramos a leer en el «programa de mano» de qué se trata esto: la «obertura», el «prólogo», se titula «Háblame» («Speak to me»). ¿«Háblame»? ¿Para qué, si pareces no escuchar más que la voz dentro de tu cabeza? Y si soy yo el de la risa boba, ¿para qué decir eso si no me importa quién está ahí? ¿La risa es respuesta a esa petición?
Sí, estamos donde no deberíamos estar: en «El lado oscuro de la Luna» (The Dark Side of the Moon, 1973). ¿Qué haría aquí una persona sensata? No hay luz ni compañía, hace frío; no hay aire. Lo único que se escucha es el propio pulso; las voces sólo pueden venir de la memoria o la imaginación. ¿«Háblame»?
Ya estamos «en situación», sabemos que habrá drama; tal vez hasta intuyamos en qué consistirá. No es gratuito que después de 34 años esta obra se siga considerando una obra maestra («la» obra maestra, para algunos) del grupo británico Pink Floyd, experto en amalgamar la música con sonidos que, de ordinario, consideramos nada musicales, para crear atmósferas unas veces oníricas, otras angustiosas o del todo fantásticas, donde mente y conciencia se atreven a reconocer sus propios rincones.
Escuchar a Pink Floyd implica una aventura mental, hincar espuela a la imaginación. En la mayoría de los casos, sus discos son concebidos como obras completas que se deben recorrer en orden, como una película o una ópera. Nos invitan a una historia, mas no necesariamente nos dicen la anécdota; más bien, dan pautas para que la historia sea nuestra, la de cada escucha. Y la historia implica drama: cómo todo confluye hacia el protagonista hasta que éste debe resolver el nudo si quiere llegar a su objetivo.
En The Dark Side of the Moon, es la historia de uno mismo; el drama es el aislamiento de sí, la incapacidad de comunicar lo realmente importante para uno... ¿Cómo lo resolveremos? ¿Quedará pendiente cuando suene el despertador («Time», «Tiempo»), cuando el chasquido de la caja registradora nos regrese a la realidad materialista («Money», «Dinero»)? ¿O perseveraremos, aunque nos llamen lunáticos («Brain damage», «Daño cerebral»), hasta que la Luna eclipse al Sol («Eclipse») y por fin se ilumine el lado oscuro, ése donde nos situamos al principio oyendo el propio corazón, pidiéndole que nos hable, cansados ya de palabras falaces?

Léelo como se publicó en el Semanario Arquidiocesano de Guadalajara.


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