20130415

Cuando la ciudad estalló


Fue un sonido sordo, como un camión descargando toneladas de piedra. El edificio se cimbró. Volvió a escucharse una, dos, no sé cuántas veces. Entonces la ciudad quedó en silencio. Toda la ciudad. Y luego comenzó la letanía de sirenas, y después timbró el teléfono. Así me enteré que el barrio de Analco había estallado: Carlos preguntaba si estaba bien, porque según las noticias, todo el Centro estaba destruido. Esa mañana, Guadalajara perdió lo que le quedaba de inocencia. Yo perdí la ingenuidad. 


«¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón.
Tanta sangre que se llevó el río:
yo vengo a ofrecer mi corazón...»

Siguió el vértigo. Alicia, nuestra vecina y amiga de años, tenía una casa de huéspedes en la calle Gante. Fuimos a ver si habría inquilinos lesionados o muertos. Eran tantos los voluntarios, que no pudimos acercarnos en automóvil: escultas, pentas, adeístas, grupos de apostolado, rescatistas de la Cruz Roja, espontáneos como mi ex compañero Agustín Partida... Y eran incontables las máquinas que movilizaron las autoridades para «desaparecer» el desastre, empujando a la gente para abrirse paso.
Un drenaje con seis metros de diámetro que corría bajo la calle, tan ancho como ella, se había saturado de hidrocarburos. Cuando estalló, fue como si las antiguas casas de Analco (uno de los cuatro barrios fundacionales de Guadalajara) hubieran sido pulverizadas en el mortero del Diablo: centenarias fincas de adobe y cantera convertidas en tierra. Las lágrimas que corrían por el rostro de los voluntarios –asombro, desesperación, impotencia– hacían surcos en el polvo blancuzco que se levantaba con cualquier movimiento y se les pegaba, y que se metía a los oídos, la nariz, la boca, y que olía a sangre y a aguas servidas.
Caminamos desde la Antigua Central Camionera. Las tapas de los registros en la calle Los Ángeles –electricidad, teléfono, drenaje– tenían un agujero en el centro; conforme nos acercábamos, estaban partidas por mitad; luego, no estaban: habían volado enteras. Encontramos al administrador de la casa en el taller que colindaba con el patio trasero. Estaba lívido, tenía la boca seca y los ojos desencajados: no sabía nada de su familia. Nos prestaron una escalera; la apoyamos en la barda y subimos para ver: igual que todas las fincas que daban a Gante, el frente de la casa de Alicia, las habitaciones, el patio delantero, la cocina, estaban destruidos. El guayabo del patio de atrás estaba deshojado,  semidesarraigado y torcido por la onda expansiva. Saltó adentro el administrador. Tembloroso, temeroso, movió algunas láminas, pedazos de pared, puertas y ventanas de hierro. Debajo de una de ellas, salió un cachorro gimoteando; hacía un par de días que lo había regalado a su hija. Algún policía o rescatista que trabajaba entre los escombros de la calle lo vio y lo obligó a salir. Él sólo decía «mi familia, quiero encontrar a mi familia». Recibí al perro y noté cómo se bamboleaba la pared cuando él tomó impulso para subir.
Era miércoles de Pascua; las escuelas estaban de vacaciones. Providencialmente, nadie murió en la casa de nuestra amiga. Pero sí en las otras. Los rescatistas, desesperados, impotentes, decían que todo estaba tan pulverizado que casi no encontraban a nadie vivo: la gente se asfixiaba bajo tierra o había sido despedazada por la explosión. Delataban que los policías los quitaban para abrir paso a la maquinaria pesada, y que vieron a un damnificado salir vivo milagrosamente, agarrado a los dientes en la pala de un trascabo, y que los numerosos camiones que salían llenos de escombro, también llevaban restos humanos: de personas destrozadas por la explosión o por las máquinas.

«Luna de los pobres siempre abierta:
yo vengo a ofrecer mi corazón.
Como un documento inalterable,
yo vengo a ofrecer mi corazón...»

El día siguiente y las siguientes semanas, la ciudad vivió en el marasmo. Acusaciones, contraacusaciones, chivos expiatorios que reparaban al saberse señalados. La gente sabía que los responsables eran la petrolera estatal (PEMEX), el Gobierno del Estado y el Ayuntamiento. La desafortunada combinación de materiales en la ductería subterránea provocó que la gasolina se filtrara al agua potable y el drenaje. El sifón del drenaje principal de la ciudad, que permitió el paso de la Línea 2 del Tren Ligero, acumuló gases explosivos. Pero las autoridades rehuyeron desde el primer segundo la responsabilidad de los órdenes de gobierno: el jefe del Ejecutivo estatal y el alcalde rechazaron varias veces la recomendación de desalojar la zona que hicieron los bomberos en los días previos; quisieron desaparecer desde el primer momento cualquier huella del desastre, y en acuerdo con la empresa federal, acusaron a una industria local de ser el origen de la fuga. Esto les costó su destitución por orden del Presidente de la República, y nada más. Eso enojó a la sociedad. Mucho. Todos nos volvimos activistas. Más que la culpa de los causantes, nos enojó la insensibilidad y negligencia, la inhumanidad, de nuestras autoridades civiles.
Los damnificados y los indignados –de algún modo o de otro, todos los tapatíos éramos damnificados– encontramos nuestra expresión en el personaje «El Baboso», de Manuel Falcón, mofándose de las autoridades (juez y parte) que habían prometido un veredicto técnico y castigo legal a los responsables en 24 horas que, por supuesto, se volvieron años, hasta llegar al olvido. Encontramos voz en una canción que entonaban los troveros en cada manifestación del movimiento que reclamaba justicia, hasta volverla un himno: «Yo vengo a ofrecer mi corazón».

«Y uniré las puntas de un mismo lazo,
y me iré tranquilo, me iré despacio,
y te daré todo y me darás algo,
algo que me alivie un poco más...»

Atamos lazos negros en los árboles de la Plaza de Armas al día siguiente de que los antimotines desalojaran a los damnificados que hacían plantón en reclamo de justicia: pedían cobertura médica para sus lesiones, muchas de ellas permanentes; indemnización por sus fincas, como la de Alicia, heredadas de generaciones atrás; los gastos funerarios de los fallecidos...
Algunos perseveraron en la lucha política, otros en la lucha cultural contra la impunidad. Cuando el tema se estancó en un punto muerto, ya con otras autoridades y con otros líderes sociales, algunos nos abocamos a la cultura de la protección civil: juramos que nunca más un Miércoles Negro pondría de rodillas a nuestra ciudad.

«Y hablo de países y de esperanzas,
hablo por la vida, hablo por la nada;
hablo de cambiar ésta, nuestra casa:
de cambiarla por cambiar, nomás».
Fito Páez


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