20130412

Cultura vial


Tengo la fortuna de conocer en persona todos los modos de movilidad urbana, y las condiciones de ésta en mi Guadalajara igual que en otras ciudades de México. Sé qué es ser peatón, usuario de transporte público, ciclista, motociclista y automovilista; con sus ventajas e inconvenientes. Y afirmo tajantemente que todo lo bueno y lo malo de moverse en la ciudad, se resume en un solo concepto: ‘educación’. 


Si por mí fuera, aún me desplazaría principalmente a pie, como lo hice desde la secundaria hasta la universidad: se tiene tiempo para reflexionar, se gana salud y paz mental; se puede analizar la solución a un pendiente de la escuela o el trabajo y, con algo de práctica, hasta leer un libro sin chocar con otros ni atravesarse al tránsito vehicular... Para el peatón, nada es impersonal: todos los que se cruzan en su ruta tienen rostro e identidad, y la ciudad se le revela como un ente animado, humano, donde él es una célula que aporta vitalidad y participa de su organicidad.
Las distancias y las responsabilidades con hora fija me obligaron a subir a un vehículo; primero el autobús, luego la bicicleta. Preferí el ciclismo urbano porque, salvo eso de leer, ofrece todas las ventajas de andar a pie, más las del ahorro en tiempo, la capacidad de recorrer distancias mayores con el mismo esfuerzo y de llevar cargas mayores con menos fatiga (como la despensa semanal o el niño de preescolar en su asiento de seguridad).
Pero la «movilidad no motorizada», como se le llama hoy, tiene bemoles muy serios: en ciudades cada vez más vocacionadas al trasporte motorizado, la construcción o el mantenimiento de aceras y ciclovías (cuando existen) cede prioridad a las vialidades para automóviles; los puentes peatonales se construyen más para abonar al tránsito automotor que para garantizar la seguridad o la usabilidad del peatón / ciclista; el urbanita «de propulsión humana» enfrenta a diario la falta de respeto de los motorizados, quienes emplean la masa de su vehículo como argumento de fuerza, y su prisa personal como pretexto para obviar la mínima cortesía, no se diga el respeto al reglamento. Y, hablando honestamente, tampoco es común que el peatón / ciclista respete su lugar en la vía ni se desplace con precaución o amabilidad.
El transporte público, por su parte, ahorra la fatiga de desplazarse con el propio cuerpo y, se viaje de pie o sentado, deja la mente libre para meditar en la inmortalidad del cangrejo. Más rápido que la bicicleta (en teoría) y con el argumento de su masa por delante, al menos ofrece la seguridad de llegar a destino (en la mayoría de ocasiones). Pero el servicio en general se percibe caro, comparado con su calidad y con el ingreso familiar promedio. En el estado actual de las redes, no es confiable la hora de paso por la parada de ascenso ni la de bajada; tampoco que haya lugar, que el chofer se detenga donde se le solicita, ni que conduzca con seguridad o respeto. Ni siquiera los autobuses articulados, trenes ligeros y metros son infalibles, a pesar de seguir un modelo de «país desarrollado»; sencillamente, porque no vivimos en uno.
En el caso de la motocicleta urbana con dos ruedas (100 a 250 cc), suma a la maniobrabilidad de la bicicleta la velocidad del automóvil, pero con un ahorro de combustible y de tensión nerviosa digno de considerar. Su espacio vial mínimo y buena capacidad de aceleración le permiten circular de manera más fluida que los otros dos vehículos, pero también exponen al conductor a mayores riesgos de accidente, sobre todo si conduce sin equipo de seguridad, precaución ni respeto a la normativa.
Del automóvil particular, sea de pasajeros o de carga, sólo pueden afirmarse como ventajas que quienes viajan en la cabina no se mojan durante las lluvias, y que la mayoría de nuestras ciudades está adaptada a él. Pero esto último no implica que sea un medio eficiente. El enfoque de incrementar el ancho y cantidad de vialidades para contener el aforo, no basta para conseguir agilidad ni seguridad. Sin redes de semáforos, mantenimiento acucioso de la superficie de rodamiento, cuidado constante del estado mecánico y respeto a las normas, el incremento de infraestructura sólo deviene en mayor probabilidad de percances, tanto con otros automóviles, como con peatones y vehículos livianos, que quedan más expuestos conforme las vías se vuelven hostiles a ellos. Además, conforme uno se habitúa a la protección física y psicológica de una carrocería, deja de ver a los demás como personas, como individuos, y comienza a percibirlos como obstáculos que deben ser abatidos.

En resumen: educación
Para cada inconveniente en cada modo de movilidad –excepto los meteorológicos–, ese ente abstracto, difuso y presupuesto que llamamos CULTURA VIALofrece una soluciónBásicamente, las leyes y reglamentos viales de todo México son un ordenamiento bienintencionado de las reglas de cortesía, conceptos de sentido común y premisas de seguridad que deberíamos conocer y practicar si fuéramos peatones, ciclistas, motociclistas o automovilistas «bien educados» y tuviéramos el cerebro bien oxigenado. Ceder el paso a los impedidos, las damas y los mayores; dejar el lado de la pared (en el caso del tránsito, la derecha) a quien tiene menos capacidad de responder a una emergencia; circular por el lado derecho de la vía, etcétera, son premisas que –se supone– nuestros progenitores nos inculcaron en la niñez: no debería ser necesario que esto se plasme en letra de molde, lo sancione el Poder Legislativo ni se pague a un montón de uniformados para vigilar su cumplimiento.
‘Manejar’ significa mucho más que mover el volante / manubrio y hacer cambios de velocidades. Pero tampoco es una ciencia oculta. A partir de mi experiencia, la cultura vial puede condensarse en un puñado de conceptos –me parece– bastante sencillos de comprender:
  1. Todos somos iguales: nacimos peatones. Nadie salió del vientre de su madre conduciendo un vehículo; Dios nos dio piernas, no ruedas. Según el principio universal «no hagas a otro lo que no quieras para ti», como automovilistas / motociclistas recordemos al pasar sobre un charco junto a la parada del camión, cerrarle el paso a una bicicleta o adelantarnos a la señora con carreola que quiere cruzar frente a nosotros, que algún día nos veremos en ese mismo lugar y situación. Ceder el paso y proteger a quien tiene menos masa y volumen, no es solamente signo de buena educación ni sólo un «seguro kármico», también es la mejor manera de evitar a los abogados.
  2. En la vía seguimos siendo iguales: todos tenemos el manubrio / volante a un brazo de distancia. Y es muy fácil terminar incrustándoselo en el cuerpo o salir volando sobre él, desde la bicicleta de panadero hasta el tractocamión con doble remolque. Si recuerdo siempre que el de al lado es tan humano como yo, no importa cuánto metal y vidrio nos separe, es más sencillo imaginarme en su asiento y anticipar las consecuencias de un accidente entre nosotros.
  3. Los accidentes suceden cuando dos personas se ap*ndejan al mismo tiempo y en el mismo lugar. Sólo se debe quitar la vista de la vía para atisbar los retrovisores. No se debe aislar el oído de lo que ocurre alrededor. Tampoco, ocupar las manos en algo distinto del volante / manubrio y la palanca de velocidades. Porque el de al lado, enfrente o atrás podría estar haciendo en ese momento la misma p*ndejada que yo. Sí, todo esto tiene qué ver con los celulares, las pantallas de video en el tablero, el maquillaje, la comida, los superamplificadores de sonido o los audífonos a todo volumen; los niños que parecen burros sin mecate en el asiento de atrás y los tórtolos que ponen más atención al cachondeo que al camino. 
  4. Manejar a la defensiva, actuar con determinación. Es un corolario del punto anterior. Sólo hay algo en lo que el ser humano carece de límites: la estupidez. Sea distracción, ignorancia, indecisión, prepotencia, incapacidad mental o una combinación de éstas, cualquier conductor o peatón –incluso uno mismo– puede ser víctima repentina de este mal. La única manera de evitar que la estupidez ajena me afecte, es saber que ciertamente sucederá, reaccionar con inteligencia cuando suceda y maniobrar decididamente. Aunque no sea la maniobra más adecuada, nuestra actitud pondrá en alerta al aquejado y los demás conductores cercanos.
  5. Mantenerse en estado de alerta y apto para reaccionar. Si tiene uno alcohol, drogas o medicamentos en la sangre; si sufre fatiga, distracciones, sueño, preocupaciones o tensión, es mejor tomar el transporte público. Pero no se trata sólo de estar atento al entorno, sino también de tener un entrenamiento mínimo en maniobras de emergencia: frenar, rebasar, esquivar, derrapar controladamente, frenar con motor, rodar sobre agua, con una llanta vacía...
  6. Prevenir. Mantener el vehículo en estado mecánico óptimo, incluidas las ruedas, le permite responder mejor a una situación de emergencia, además de evitar una descompostura que obstruya la vía y derive en accidentes con otros vehículos. Mantener afinado el motor y los fluidos en el nivel correcto (incluido el aire de la llanta de refacción) es una de las maneras más económicas de hacerlo. Llevar la herramienta mínima para atender una falla común (bidón con agua y otro vacío para gasolina; pasacorriente, fusibles, gato, llave de cruz y reflejantes; parches en el caso de los ciclistas / motociclistas) disminuye la exposición a accidentes y abrevia el tiempo necesario para volver a rodar.
  7. Seguridad. El cinturón del automóvil, el casco para el ciclista / motociclista y un mínimo de atención al entorno para el peatón / pasajero de autobús, así como las luces frontal, direccionales, intermitentes y de freno para los vehículos motorizados, o conocer las señales manuales para el ciclista, no son accesorios prescindibles sino seguros de sobrevivencia.
  8. «Despacio, que voy de prisa». A veces, la mejor manera de seguir avanzando es detenerse un momento. Dejar que se muevan quienes están obstruyendo un cruce, ayuda más a deshacer el congestionamiento que engarzarse entre ellos, pegarse del claxon, subir al camellón o la banqueta. En vez de pitar las cinco notas al que se ap*ndeja y ofuscarlo más, es preferible sonreír aunque sea de dientes pafuera, dejar que se relaje y, literalmente, «se meta al carril». En vez de arrancar como en Rápido y furioso cuando se pone el verde, para atrancarse en el rojo de la siguiente esquina (con el riesgo de arrollar a un ciclista / peatón o chocar con otro automóvil / motocicleta), es preferible hacerlo con suavidad y llegar cuando ya hay paso.
  9. Las reglas son para ir derecho. Respetar la prelación de paso, el cruce peatonal, el semáforo, los señalamientos y al agente vial; mantenerse en el carril que corresponde a nuestro modo de movilidad y evitar las vías desaconsejadas para éste, sea uno conductor o peatón, disminuyen las posibilidades de accidentarse e incrementan la agilidad del tránsito. ¿Por qué? No es por el miedo a las multas o las «mordidas», sino porque se supone que todos circulamos siguiendo los mismos criterios. La vía no es lugar para espíritus revolucionarios ni anarquistas; más pronto que tarde, el tránsito los arrastra o los aplasta.
  10. Informarse. Antes de manejar en otra ciudad o estado, conviene buscar en Internet su Ley o Reglamento de Vialidad (Jalisco tiene ambos) y buscar los detalles finos que suelen ser causa común de abusos entre los agentes viales: tolerancia sobre y debajo de las velocidades marcadas, causas de infracción o de retiro de vehículo, velocidad en vías donde no está señalada, sentido de circulación para los ciclistas cuando no hay ciclovía, carriles permitidos para las motocicletas según su cilindrada, para vehículos pesados y de tracción animal, con sus horarios.
Lo cortés no quita lo cuauhtémoc
Sí, lo sabemos: yo soy el mejor en la vía; todos son unos p*ndejos. Que los demás se eduquen, yo ya lo sé todo. Tus preocupaciones no son mías, ni tus problemas. Y mientras me mantenga en esa actitud, continuaré siendo un foco de conflictos y riesgos, no sólo viales, sino en todas las dimensiones de mi vida.
Nuestra manera de movilizarnos es una proyección de nuestra manera de ser, y si bien la gente no cambia, sí puede modificar cómo reacciona. Puedo ser un peatón o ciclista víctima hasta la muerte (que puede llegar muy pronto), usando mi «indefensión» como pretexto para atravesarme a los vehículos motorizados por donde y cuando se me hinche la gana, o puedo respetar mis vías, lugares de cruce y las preferencias de paso para cada cual. Puedo ser un conductor motorizado histérico y arbitrario, también; como motociclista, puedo seguir jugando «ruleta rusa» en las aceras, entre carriles y vías rápidas hasta que arruine la vida de alguien o la propia. O puedo respirar profundo y disfrutar el paisaje, darme cuenta que lo que está en mi retrovisor, o parado en la esquina esperando la luz verde, es otro ser humano quizá con problemas más grandes que los míos. Ingaos, somos mexicanos; sabemos por instinto que «lo cortés no quita lo cuauhtémoc».


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