20140304

Batallas


Hay batallas justas. Hay batallas necesarias. Hay las justas y necesarias... Hay asimismo batallas perversas y batallas estúpidas. Muchas veces, la diferencia entre unas y otras no es siquiera la causa, sino las motivaciones y los medios. 


A MECG.


A todos nos ha hervido el pecho cuando atestiguamos una injusticia o la sufrimos. Pero, probablemente, «deglutiendo el rencor de las afrentas» –diría don Pedro B. Palacios– en la mayoría de ocasiones nos reservamos nuestro justo enojo: para mejor ocasión, para lidiar en la arena apropiada o para elaborar una estrategia que incremente nuestras posibilidades de triunfar. Quizá, siguiendo el consejo de mi general Shun-Tzu, ponderamos objetivamente nuestras fuerzas y nos reconocemos incapaces de triunfar. Ésta sería, pues, una batalla JUSTA, mas no necesaria.
También, hemos defendido causas ajenas: por la obligación moral de la amistad, por los lazos de la sangre; por solidaridad ideológica, por cumplir un juramento de lealtad. Ésta es una lucha NECESARIA, mas –en lo que cabe a uno, mero participante– la justicia no es una condición esencial, salvo que se interponga la objeción de conciencia o el imperativo ético.
Pero: si la causa es legítima, mis fuerzas suficientes y el sitio es apropiado, estoy ante una batalla JUSTA Y NECESARIA; pelearla –por seguir citando la liturgia– «es nuestro deber y salvación». Rehuir la lucha en un caso así, aunque no implique más que denunciar en alta voz, me convierte en un cobarde. Tanto más, si rehuyo una batalla ulterior originada por mi objeción de conciencia ante un acto inmoral que se me quiere obligar a cometer, con el chantaje de la lealtad: lo que se juega es nada menos que mi honor y mi salvación eterna.
Cuando me inmiscuyo en una batalla ajena, por justa y necesaria que sea, si solamente me impulsa el interés de obtener algún provecho temporal, mi lucha es PERVERSA, y mi perversidad contagiará a los demás. Luchar por la MOTIVACIÓN equivocada pervierte las motivaciones legítimas, aniquila lo que hay en ellas de justicia y nobleza. Los peores tiranos de la historia se hicieron del poder apropiándose y desviando las aspiraciones más altas de sus pueblos.
¿Y las batallas ESTÚPIDAS? Son las engendradas por la necedad. Las que lucho a sabiendas de que no me asiste la justicia ni me obliga la lealtad; de que no estoy bien parado para resistir ni atacar, de modo que hay nula posibilidad de vencer.
Y está el asunto de LOS MEDIOS. Así como no se ataca un insecto con cañón, tampoco se derriba una muralla a puñetazos. Actuar de esta manera también convierte cualquier batalla en estúpida. La voz popular afirma «elige bien tus batallas», pero también es preciso elegir bien los medios para pelearlas. Esto implica el empleo de una estrategia (Tzu de nuevo): ponderar mis recursos y los del oponente; elegir el terreno que permita optimar mis recursos y mermar los del contrincante; la mejor manera de ponerlos en juego. No puedo derribar un muro a puñetazos, por sí puedo someter al guardia y dejar abierta la puerta de la muralla.
Usualmente, errar en la apreciación de la justeza o necesidad de una batalla, sólo llevará a desaciertos en la motivación y los medios. Es demasiado frecuente confundir venganza con justicia, o capricho con necesidad. En ambos casos triunfa la tentación del egoísmo sobre el deber de trascendencia, de manera que no tarda en revelarse nuestra cortedad de aspiraciones: nos empeñamos en una lucha perversa y arrastramos a otros a una batalla estúpida. Tampoco podemos pelear una causa justa empleando medios inmorales.
Sumar muchas vindicaciones coincidentes, muchos caprichos concordantes, no resulta en una causa justa ni necesaria, sino en una colección de egoísmos: éste es el motivo de que fracase la mayoría de las revoluciones. Porque, en la intimidad de su alma, el oprimido no desea la justicia sino el poder para oprimir; el esclavo no aspira a la libertad sino a esclavizar; el desposeído, no a satisfacerse sino a acaparar.
Las luchas justas y necesarias exigen mucho trabajo. Cuestan energía, tiempo, inteligencia. Exigen prudencia. Demandan continencia. Requieren un plan. Y humildad para aceptar las derrotas parciales; sabiduría para revertirlas en la siguiente jornada. Sobre todo, requieren integridad: que el campeón de la justicia sea intachable, sin puntos débiles donde el enemigo se ensañe. Que sea fuerte, para resistir la refriega. Que sea ágil, para mantener la ventaja. Y que tenga profunda fe en su causa.



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