20020818

¿Por qué «El Murmullo de los Ángeles?»


Se dice que la música amansa a las fieras; que «de músico, poeta y loco, todos tenemos un poco»... Que es el lenguaje universal; que es la voz de los ángeles. Todo esto es verdad, por lo menos desde cierta perspectiva, y para confirmarlo bastan algunos ejemplos.

No hay tradición religiosa que desdeñe la cualidad mística de la música. La más cercana a nosotros, la judeocristiana, ha considerado desde su origen que existen coros angelicales dedicados solamente a cantar la gloria del Señor, y con frecuencia, la misma Escritura o la Tradición, cuando narran las manifestaciones de Dios o sus emisarios ante los hombres, dicen que fueron anunciadas, acompañadas o incluso enteramente materializadas, por medio de indescriptibles acordes.
Sabemos que en los primeros tiempos de la Iglesia, los fieles se reunían para celebrar la Nueva Pascua con oraciones y cánticos, aun a costa de peligros. Después, al afincarse el cristianismo como una institución medular de la cultura, la vida monástica fundó, con los primeros conventos, una de las tradiciones musicales más sólidas de la Historia: el «canto llano», llamado ‘gregoriano’ en memoria del gran reformador científico, cultural y religioso que fue San Gregorio Magno.
El poder de la música para elevar el alma no se agotó con esta invención de los primeros monjes: al paso de las centurias ha originado nuevas formas, además de otorgar memoria perdurable a sus creadores, desde Hildegard von Bingen en el siglo XII (además mística y vidente, con fama de santidad) hasta Giovanni da Palestrina, así como los ingleses Byrd y Tallis, en el siglo XVI. Después de ellos, correspondió a los genios de la música profana cultivar también las nuevas formas de la orientada a lo divino: la familia Bach, GF Händel y Antonio Vivaldi; Antonio Salieri y los Mozart, padre e hijo... La lista continúa hasta este siglo XXI, con hombres que no han merecido la gloria de Santa Cecilia Virgen y Mártir, muy querida patrona del gremio –la de los altares–, pero sí están presentes en nuestras actividades litúrgicas y sacramentales, a las que su obra da matices siempre nuevos, además de volver nuestra alma más afecta a los asuntos de Dios.
Gracias a la música, podemos ser un poco menos barro; ser un poco más ligeros de espíritu para ascender al Padre: esas notas y ritmos reproducen, en murmullo, la voz de los ángeles que nos hace partícipes del Amor Supremo.


Publicado originalmente en el Semanario Arquidiocesano de Guadalajara 289, agosto 18 de 2002.


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