20080214

Tres momentos


Repito aquí un texto publicado amablemente por el suplemento cultural «Ananke» del periódico Página 24 de Aguascalientes, en la columna «El Diario Mundo», en febrero de 2001. La ocasión amerita.

A este martirologio que suma 459 años.


I
Oh, ciudades, las de casas heridas, las de adoquín y cantera; las de silencio; ciudades de campanarios o de concreto: no conocen ustedes la agonía. No saben sus piedras ni sus hijos del vértigo suicida.
Benditas sean ustedes si en sus fuentes no escurre sangre, si no nacieron atravesadas por un río. Porque su corazón no está dividido ni se drena su esperanza en cuanto nace; no sufren a diario la tentación de la pendiente.
Ser ciudad es cosa grande, hermanas: grande y grave. Muchas son las almas que alimentar, y muchos los muertos cuyo sueño de polvo vigilamos, porque en él está la solidez de nuestros muros.
Oh, hermanas: nunca profanen sus tumbas, porque caerán maldiciones eternas sobre los hombres que las habitan. Nunca escupan a sus hijos ni renieguen de acunarlos en el seno, porque los muertos se removerán con ira, y llegará la destrucción.
Sean sabias: vale más servir a los hombres que ser monumento de las máquinas. Vale más dar reposo a los muertos y salud a los vivientes, que lastrarlos de bronce y mármol, de asfalto y desmemoria.
Escuchen, hermanas, y atiendan: éstos que digo son nuestros mandamientos. Quebrantar uno solo basta para sufrir la agonía que no cesa, la muerte a diario postergada.

II
Don Cristóbal de Oñate cabalga a la amanecida por este valle que los lenguas mientan Atemaxac, y aspira hondo el aire humoso de las hogueras que una legua atrás, apenas en esta orilla de la escarpada, encendieron sus mesnadas para abrigarse de la noche, y de las que una legua adelante hacen los mexicanos afincados aquí tras la campaña por la fe, en su puebla de Mexicaltzinco.
Aspira, pues, un aire que lo sacude a dos partes sin dejarse ver, y encuentra en ello presagios de traición que no comunica a los escoltas, pero sí dice su diestra al puño de su daga, ésa que le dio su hermano Juan ya aficionada a la sangre de indio por tantas batallas como ha conocido en estas tierras.
Hay también el olor del rocío y de la hierba dura que rompen las pezuñas, el de los cuerpos macerados en el calor de los jergones, el de las esclavas cazcanas, cocas y porépechas cuya piel oscura y dura hace extrañar las suaves tibiezas gozadas en hostales de Cádiz, Toledo, Palos; Sevilla.
A la distancia, por el murmurio se adivina el río que, sin conocerlo si no es por palabra de informantes, nombró de San Juan de Dios. Él, privilegiado por el mando, no carga el olor de los jergones y las naturales de aquí, sino el de sábanas de holanda y la sierva tlaxcalteca que le acompaña casi desde su arribo, hecha a su molde y acostumbrada a usar vestidos y afeites de cristiana.
Don Cristóbal se propone hacer cabeza hoy mismo, día de San Valentín del Año de Gracia de 1542, de esta fundación peregrina que ha conocido tres veces la sangre, el alarido y la fiereza de los indios, así como la sed y el hambre universales, llevando a cuestas un nombre que ni los pocos vecinos castellanos, siendo suyo, se dignan pronunciar: debe afirmar su mando ante los españoles y portugueses que han sobrevivido penurias sin cuento, de ha diez años a hoy, y por fin parecen estar conformes con asentarse en la margen de este río al que el caballo lo aproxima, a donde llegaron hace unos días y será la cabeza de una Nueva Galicia en la que no hay gallego alguno.

III
Tripulen un Oldsmobile o un Chevrolet, se quejan por igual: esto de hacer moderna la ciudad más parece servirle a las carretas que a los automóviles. Y quienes conocieron los tranvías o cruzaban la ciudad con toda calma en bicicleta, insisten en que esta locura será la perdición de la metrópoli –porque ahora se llama así: «metrópoli»–. El clero sólo se queja de la profanación: las maquinarias están arrastrando con los sagrados huesos del Panteón de Santa Paula.
Los del Oldsmobile mejor se van a sus casas de campo en Chapalita y Providencia; los del Chevrolet, han de conformarse con sus lotes de El Algodonal, que para colmo –dicen los rumores– la curia convertirá en la parroquia de Santa Teresita. «¿Y a dónde se llevarán a Nuestra Señora del Algodonal?», preguntan las viejas. Por su parte, los sobrevivientes de las viejas familias venidas a menos no tienen de otra que mudarse a los barrios viejos, estrechos y oscuros, con todo y sus viejos pianos, sus muebles y costumbres porfirianos, si acaso caben en los cuartos de las privadas y las vecindades, porque no hay con qué comprar una finca en la Moderna, la Francesa o la Americana, ni amparo que valga ante la ampliación de la Avenida Juárez, a no ser que se avengan a empeñar la honra de sus hijas con algún politiquillo licenciadete, de los que están de moda; cuando menos, con uno de esos gallegos o judíos solterones que ahora acaparan los abarrotes y cualquier otro negocio que dé para algo más que sobrevivir.
El prodigio ése de mover entero el edificio de la Telefónica, nomás le importa a los estudiantes de ingeniería, porque es cosa de ateos y protestantes, y ésos nomás se dejan ver sin tapujos en la Universidad, que es una cueva de herejes y comunistas.
De nada vale nada: los huesos que no fueron removidos a tiempo por sus deudos, terminarán remolidos entre el pavimento de la avenida; las casas que la gente se negó a entregar al gobierno, muchas veces al precio de risa que dicen las escrituras con frecuencia centenarias (a no ser que se avengan a empeñar...), de todos modos serán derrumbadas en aras del futuro, porque Guadalajara por fin entrará en la corriente del progreso, dejará de ser un rancho bicicletero para convertirse en una metrópoli: una metrópoli, como París y Nueva York; una ciudad madre de ciudades, digna al fin de su historia, su rango y su influencia, cuatro veces centenarios.


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