20080723

XXXI Campamento Nacional del Pentathlón Menor


La mañana del 8 de julio, entre llovizna y bostezos, salimos en cuatro autobuses hacia la ciudad de México. El viaje duró alrededor de diez horas, con más de cien niños, niñas y adolescentes de ambos sexos que no podían pasar por las casetas de la autopista sin exigir una «pequeña pausa». En ese jalisciense contingente, íbamos diez personas a quienes la vida nos daría la vuelta tres veces a lo largo de la semana por vivir. [Busque al final el vínculo para descargar las convocatorias de Zacatecas]

Éramos el Pelotón de Transmisiones del Menor del 8º Batallón de Infantería Juan Escutia, al mando de su servidor, representantes de la XV Zona Jalisco del PDMU en el XXXI Campamento Nacional del Menor, uno de los eventos menos reputados de las Convenciones Nacionales, pero –como tuvimos ocasión de saber– uno de los más difíciles para tropa y mandos, sobre todo por la poca edad de los participantes.
La fatiga se dio a conocer como compañera fiel nomás llegando a la capital. Ya anochecido y con las anatomías entumidas, llegamos al hotel Premier, aventamos las mochilas y volvimos a subir al autobús para cenar en el Cuartel General, donde la lluvia apenas dejaba espacio para la muestra folclórica y gastronómica con que las Zonas nos dimos la bienvenida. Mis cadetes cenaron hasta que la XV Zona Jalisco empezó a despachar tortas ahogadas, porque ya casi no había nada a la hora que arribamos (eso sí, el relleno negro de Yucatán nunca será olvidado), y a la salida, pasadas las 23:00 horas, emprendimos el regreso a paso veloz, porque el transporte no llegó. De ahí a la habitación, donde hicimos larga la noche arreglando uniformes y bañándonos, porque a las 5:00 del martes 9 subiríamos de nuevo a los autobuses para participar en la Ceremonia de la Piedra, en el 70º aniversario del Penta, con las mochilas en el camarote porque en cualquier momento se daría la voz de partir al Campamento.


Feliz aniversario

Terminada la ceremonia, partimos al Internado B, donde nos proporcionaron los alimentos del pelotón, y a las 8:00 pasadas estábamos en el Cuartel General para las juntas previas, donde nos encontramos tres jefes de grupos menores, yo con mi tropa, sus mochilas y alimento detrás, y nadie sabía decirnos nada. A las 11:00 concluyeron las juntas y los jaliscienses volvimos, los hombros alzados, al Internado B, para descansar un poco y comer. A las 15:00 ya estábamos, de nuevo con las mochilas en el autobús, en el Monumento a la Revolución, para el desfile hacia el Zócalo, con la ceremonia de inaugural de la LI Convención. Ni qué decir de los niños dormidos en filas, las señoritas desmayadas, la prensa –amarillista o de otros colores– y los turistas vueltos locos con sus cámaras.
¿Y el Campamento Nacional? Unos decían que nos reuniríamos en el Monumento a la Revolución, otros que en el Zócalo, terminada la ceremonia (¡pero las mochilas estaban junto al Monumento!). El caso es que tuvimos que levantar a los choferes de su sueño retrasado para que recogieran al personal de la XV Zona en el Zócalo, y de pasada dejaran las mochilas de mi pelotón...
Muy defeñamente, estuvimos en «plantón» sobre la gran plancha gris durante al menos media hora, junto a los compañeros de la Zona I, hasta que llegó alguien del equipo organizador y luego, providencialmente, dos autobuses que iban rechinando llanta hacia el Ajusco, con los muchachos de Hidalgo, Michoacán, Oaxaca y cuantos pudieron acomodar adentro... A quienes nos sumamos nosotros. Por fin sabíamos algo de nuestro destino.
Por cierto, olvidamos la comida y la tienda de campaña en el Cuartel General, algo que de momento lamentamos mucho, pero fue el afortunado pretexto para establecer los primeros y más fuertes lazos de convivencia y solidaridad allá arriba, entre las nubes y el frío.

El horror y la gloria

Se designó como sede del XXXI Campamento Nacional al Centro de Convivencia Pentathlón Ajusco (Cecopa), a donde llegamos Dios sabe a qué hora de la noche, bajo la fría llovizna y la oscuridad del monte. El Cecopa fue alguna vez sede nacional del Cuerpo de Caballería, y nuestras «suites», como irónicamente las llamaron los oficiales a cargo del Centro, fueron las antiguas cuadras del ganado, lo cual prometía noches calientitas, salvo porque la paja estaba húmeda y por ahí se nos iba el calor, en vez conservarlo. Mientras los niños de Jalisco daban cuenta de una cubeta de pollo frito y compartían con otras Zonas, los anfitriones nos leyeron la cartilla y nos asignaron dormitorio. A Jalisco y Yucatán se nos asignó la cuadra otrora habitada por «Camino» o «Canino» (la placa sobre la puerta ya está borrosa), a la izquierda de la ex habitación de «Rayo», que correspondió a la Zona Nuevo León (al mando del gentil Suboficial Antonio del Ángel Moncayo).
Pusimos a los pequeños a dormir y los grandes tuvimos por fin la junta esperada desde la mañana, todavía sin pistas de los responsables formales del Campamento. Siguió una larga noche de guardias bajo la lluvia, frío dentro y fuera de las cuadras, niños que despertaban tiritando o vueltos llanto por mamá; a la amanecida del día 10, hacernos bolas para conseguir alimento (Jalisco no fue la única Zona que llegó con las manos vacías), responsabilidad que recayó en el Cabo Rodolfo Torres, de Tamaulipas, y su servidor, además del poderoso Rambler del Oficial Bautista (Cecopa), al mando de otro oficial cuyo nombre no recuerdo ahora. Cuando volvimos, ya estaba ahí el responsable del XXXI Campamento, Oficial Ismael Mogollón, que por fin averiguó dónde estábamos, y los chamacos estaban dándole duro a la calistenia y el paso veloz.
Difícil será olvidar la expresión del Cadete de Primera Alan Pacheco, segundo al mando por la Zona Nuevo León, a la hora de contemplar las raciones del primer desayuno que compartimos en el Ajusco ellos, nosotros y los yucatecos: «Creo que en estos tres días me voa morir de hambre...» Nadie se murió, valga decir; de sueño, hambre ni frío, y de hecho el choque entre este modo de vida, y las comodidades y abundancia de la ciudad, despabiló el metabolismo de todos: los centímetros que crecieron muchos niños, y los que muchos baquetones perdimos de cintura, son un testimonio visible.
La primera jornada completa se dedicó, después de conocernos y agarrar confianza, al contenido teórico y la primera parte de las competencias. Los mayores nos separamos en cinco grupos, encargados de enseñar de manera rotativa, a sendos grupos de niños, cabuyería, señales naturales, orientación, uso del silbato y camuflaje. Luego vinieron las competencias, con verdaderas muestras de fibra, sobre todo en la lucha y la pista del infante.
Desde ese momento en delante, los días fueron gloriosos, llenos de aprendizajes, retos y experiencias (también para los jefes de grupo, que tuvimos Escuela de Instructores), además de gran crecimiento físico y mental para los chamacos, y las noches continuaron siendo el noveno círculo del infierno según Dante.

Hay de campamentos a campamentos...

El día 11, tras el cuadro y ejercicio matutinos, el desayuno y terminar con las competencias (una de las más memorables fue el encuentro de lucha entre Jalisco y Chiapas, por larga y difícil de decidir), nos pusimos a las órdenes del Oficial Sahagún, de Cecopa, quien expuso el tema, precisamente, de campamentos. Explicó las diferencias entre el acantonamiento, el campamento en sí, y el vivac; los fuegos de campamento, la protección y preservación del entorno. Claro que los muchachos entendieron muy poco, hasta que se echó a andar el reloj y se dio a las Zonas sólo media hora para improvisar un vivac, con su fogata y leñero ¿ah, verdad? Las muestras de organización y originalidad fueron abundantes, y también las lamentaciones por no llevar todo el equipo solicitado en la convocatoria.
Lo más difícil no fue cumplir la tarea, sino hacerlo acatando los temas expuestos unos minutos antes y sin que los adultos metiéramos las manos, porque los mismos encargados de Cecopa fueron los jueces, y preguntaron por qués y para qués de todo. Si bien los niños no pasaron una sola noche bajo las estrellas, por el frío y porque de todos modos estuvo nublado casi todo el tiempo, la mayoría de los refugios quedó excelente. Luego llegó la consigna más sorprendente: si tuvimos media hora para hacer el vivac, se nos dieron sólo cinco minutos para desaparecer toda huella del ejercicio. Y se cumplió.
Luego de la comida, la tarde se dedicó una práctica de batalla campal coordinada por un grupo de medievalistas que nos visitó, y mientras los chicos jugaron y cantaron, los mandos tuvimos nuevamente Escuela de Instructores con el Oficial Bautista, y vaya que recordamos nuestros días de reclutas. Quién sabe qué sería más divertido para los niños, si sus juegos o ver a sus encargados hacer como doscientas lagartijas, de a diez o quince por cada error.



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¿Buscas las convocatorias para la Convención Nacional 2010 en Zacatecas? Aquí está el archivo PDF (16.9 Mb) y un FlashPaper más liviano. También extraje la Convocatoria para el 33º Campamento del PDMU Menor.

Aquí, las Convocatorias para Pachuca 2011.


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