20111107

Por la Patria


Derrotado casi, sitiado en mi última barricada, me pregunto dónde está el heroísmo, para qué dar a esta batalla deshonrosa un poco de dignidad, aunque sea en el último instante...

Los pocos hombres que me quedan, y yo mismo, resistiremos hasta la penúltima bala: la postrera está en los bolsillos; será para nuestros propios cuerpos. Acordamos que no se sumará a la deshonra de esta guerra la de ser hechos prisioneros. Ya incineramos todo papel e insignia que revele al enemigo nuestra identidad: cuando por fin tome la barricada, encontrará que estuvo combatiendo fantasmas; los últimos de ellos, nosotros, perfectamente alineados, con un tiro en la cabeza y el arma empuñada.
Pero todavía me pregunto dónde está el heroísmo. No es ésta la manera en que quería llegar al final, aun a sabiendas que esta guerra era una empresa ridícula, perdida desde el principio, y que a falta de sensatez y dignidad entre los superiores, a nadie más que nosotros, a las tropas que enfrentaríamos el fuego y la humillación, correspondía imponer el decoro, por nosotros mismos y por la Patria.
Nuestra decisión no es original. La tomamos de los subversivos que combatimos y aniquilamos hace algunos años al toque de a degüello, aunque oficialmente las órdenes eran otras. Cada que tomábamos una plaza era imposible hacer escarmiento ejemplar –como ordenaban los sobres sellados– con los sobrevivientes, porque nunca hubo sobrevivientes.
Ahí es donde aprendimos la dignidad, porque ésa no se nos enseñó en los cuarteles, sólo la obediencia, y se nos instruyó tan bien en ella, que algunos llegaron a torturar cadáveres para que la orden no quedara sin cumplir.
Y es por ella misma, la obediencia, que emprendimos esta guerra, sin que nadie dijera algo más que «sí, señor», aunque muchos lo hiciéramos con ese temblor de voz usado para decir a los superiores que sus órdenes son una estupidez, y que seguramente ellos mismos emplearon ante la Comandancia Suprema.
Como quiera que sea, ya escuchamos claramente el sonido singular de cada bota y cada arma de la tropa enemiga: así de cerca está. Uno a uno, mis hombres dan el grito convenido, «por la Patria y por mi gente», hacen sonar el cerrojo al cargar la última bala, toman su lugar en la formación y jalan el gatillo.
Cuento cada grito y cada detonación: acordamos que yo tomaría mi lugar cuando sólo quedáramos tres, para sacrificarnos a la vista del enemigo. No por protagonismo, porque nadie conocerá nuestros nombres, sino para rescatar nuestra dignidad ante los vencedores y la Comandancia Suprema, como en su tiempo hicieron los rebeldes con nosotros.
...No es ésta la manera como yo esperaba terminar; fue una decisión absurda, aunque en esta situación es la más digna. Mi pregunta sigue siendo dónde está el heroísmo: si aquí, cuando ya hurgo en el bolsillo, o cuando era tiempo de desertar, o de formar una guerrilla que en verdad lastimara al enemigo; o en haber evitado la guerra. Pero siempre tuve dos grandes defectos como militar: pedir opinión a la tropa de todo para ejecutar las órdenes según el parecer de la mayoría, y un gusto enorme por el espectáculo.
Lo primero me impidió ascender más en la jerarquía, por eso mi voz no contó al decidir sobre esta guerra; lo segundo estuvo siempre al servicio de la Comandancia Suprema, incluso ahora, y la dejé usar de mi tropa para que sus pocos y menores logros parecieran esplendentes y sonoros triunfos de la Patria.
Ahora, ese afecto por la pirotecnia y la democracia que contagié a mis hombres nos tiene, absurdamente, en formación reglamentaria, muertos ya o a punto de morir, en un sacrificio que quizás ni la Patria merece, pues no queda Patria ya, destruida y mancillada desde hace tiempo por nuestra propia necedad.



Del cuaderno de originales, marzo 21 de 2005.


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