20140716

Profesión de fe


Si algo dejaré cuando me llegue la hora de empujar margaritas, además de mis deudos y mis deudas, quisiera que sea mi fervor por la Palabra; más bien, cuanto mi fervor por ella alcance para hacerla digna de los hombres; para que los hombres por venir sean más humanos; más divinos. 

Hablo de esa palabra que he hecho mía por todos los medios a mi alcance desde que su voz, suave pero insoslayable, me llamó a su ministerio; palabra hurtada del lenguaje que aprendí a fuerza de aprender todo lo que sé.
Que volviera transformada en mi sudor y mi gozo, la melancolía que también aprendí; la tristeza, el amor, las ausencias que van llegando de cuando en cuando... Que regresara al mundo un poco más resplandeciente, un poco más viva, con la sonrisa asombrada que me nace cada vez que me permite acomodarme más hondo en su seno; volverme un poco más carne de su carne.
Si algo han de recordar mis hijos, que sea cuánto afán he puesto en rebrillarla, en acercarlos a su amor insondable; en restituirle la magia olvidada de nombrar las cosas como si fuera la primera vez.
Sólo así –de existir eso que llaman espíritu inmortal– podría voltear hacia la Tierra y hacia el rostro de Dios sin arrepentirme de la vocación que me correspondió y el desempeño que en ella logré, a fuerza de topar tantas veces con los muros ciegos de ese laberinto que es el propio camino. Sólo si mi palabra volviera al mundo y fuera capaz de restituirle un poco de inocencia, estaría seguro de merecer la salvación.
Porque la semilla de todos mis impúdicos balbuceos es una misma: el aliento divino, ese impulso que es la vida, revelado a mí con el atuendo de La Palabra, ángel uno y múltiple que tiende puentes entre la soledad de cada hombre para redimirlo un poco de esa angustia original, destinándome sin embargo a ser el más solitario entre mis prójimos y por eso el más ansioso de esa solidaridad; a ser el más criminal de quienes roban ese legado divino común a todos, pues mi egoísmo lo mancha cuanto puede con el cieno de su prosaica limitación.
Si algo ha de quedar, digo, que sea mi fervor por La Palabra. Que mi trabajo no delate pereza en alcanzar medios para dignificarlo, sino sólo la gran imperfección que me aqueja por ser humano y me empeño en reducir, aunque sea un poco.
Indigno soy –lo sé– del ministerio que me fue confiado. Sólo pido a quien lo juzgue, ya cuando sus frutos hayan madurado y no esté yo para saberlo, que se compadezca de lo poco que pude ante su divina dimensión; que si ese fruto –la Palabra que he intentado rebrillar– no alcanzó el dulzor o suavidad; el color y gusto apetecidos, no fue por falta de abono –que siempre ha sido mi alma–, sino porque no me cupo mejor mejor en suerte.





De la columna «El Diario Mundo», 1998.







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