20140902

El miedo a la ritualidad


Hace algunas noches, escuchábamos música en casa de un compañero de trabajo. Nos mostró el disco Mixcoacuícatl, del grupo Tribu. Lo puso en el estéreo y volvimos a la conversación. Pero ya no hubo conversación. 

Amoxtlacuilol in moyollo
tocuicaticaco in tictzotzona in mohuehueuh.
Nezahualcóyotl

...El ambiente se transfiguró. Mientras algunos tratamos de comprender la invitación de los tambores y ocarinas, otros comenzaron a removerse en sus sillas y deslizar trivialidades, realmente incómodos, como si un desconocido se inmiscuyera en sus intimidades.
Después, mi amigo Carlos nos mostró una fotografía publicada recientemente, con la imagen de Cristo coronado de espinas estampada en el trasero de una tanga. Recapitulando, até estas anécdotas con las recientes reacciones de algunas personas muy cercanas: todo esto resulta de un miedo casi epidémico a la ritualidad.
Esto me preocupa. Es un síntoma de cuidado que cada día estén más solos templos y salas de conciertos, parques y museos; todo lo que represente un «más allá» (aunque sea un centímetro) de la inmediatez.
Creo entender un poco qué sucede, pero no alcanzo las causas. Sinecdóquicamente, entendamos la ritualidad como una vía a la profundidad, y se vuelve cada vez más molesta porque nos obliga a cerrar los ojos y la boca para ver y oír dentro de nosotros, en busca de nuestro origen y, por tanto, nuestra finalidad, ideas incómodas para el sistema trivializador en que vivimos. Bajo su presión sociológica, el acto otrora común de asomarse dentro de uno por medio de lo ritual, se ha vuelto una amenaza de que la conciencia nos amoneste: «Recuerda de dónde vienes y para qué estás aquí».
Entonces necesitamos ruido. El necesario para opacar esa voz, que es la propia pero convertida en remordimiento, y el sistema proporciona más del necesario; nos enseña a usar ese sucedáneo de la propia voz y con ello nos aleja más de la auténtica, cuanto más fuerte grita, en un círculo vicioso.
Y, ahora –me pregunto desconcertado–, ¿por qué tener miedo de la propia voz, del propio origen y finalidad? No lo comprendo. No vislumbro ninguna razón. ¿Cambió nuestra constitución esencial? Porque nuestros abuelos no tenían miedo de la ritualidad, más bien la buscaban, mientras nosotros acechamos cualquier oportunidad para profanarla. ¿Ya dio la introspección cuanto podía dar a la humanidad? Esto no lo acepto. Los artistas más sólidos y feraces que conozco son, de un modo u otro, místicos auténticos, hombres rituales.
No sé. No desconozco que, en el proceso de la identidad, el mecanismo de la individuación es paralelo al de la socialización: fascinación por el otro, ansiedad de romper la soledad que nos aísla; asimilación de la lex gregis, ese facilitador de la convivencia... Todo cuanto digan sociólogos y psicoanalistas.
Pero alguna vez existieron mecanismos colectivos que permitían reconocer su origen y finalidad tanto al individuo como al grupo; son el origen y ser de la ritualidad: cooperación de todos para que cada quien se reconozca... Ahora, todos cooperamos para que se diluyan los rasgos de cada quien.
¿Se trata de una nueva ritualidad? ¿El ‘yo’ más profundo prefirió estar en la superficie? Me desespera no saber. Tengo miedo de entender.




De la columna «El Diario Mundo», 1998.


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