La palabra tiene poder. No sólo en las escrituras sagradas y las ideologías: hablo de la palabra ordinaria y cotidiana. Poder para crear y aniquilar. Para construir y destruir. Pervertir el significado de una sola palabra tiene repercusiones incalculables en todo el universo semántico de la lengua y, por consecuencia, sobre la cosmovisión de un pueblo.
Hace algunas noches, escuchábamos música en casa de un compañero de trabajo. Nos mostró el disco Mixcoacuícatl, del grupo Tribu. Lo puso en el estéreo y volvimos a la conversación. Pero ya no hubo conversación.
Si algo dejaré cuando me llegue la hora de empujar margaritas, además de mis deudos y mis deudas, quisiera que sea mi fervor por la Palabra; más bien, cuanto mi fervor por ella alcance para hacerla digna de los hombres; para que los hombres por venir sean más humanos; más divinos.
El poeta Ricardo Yáñez dice que ese cuadro de Dalí donde aparece una Venus convertida en gavetero, es sólo una alegoría de lo que es el arte; en particular, la obra artística: ahí está, es relativamente bella por sí misma, y dado el caso, tiene el mismo valor que una frase cursi, un cromo de calendario o una modelo de Play Boy... Su estética es más o menos irreprochable.
No hay mejor poeta que un fotógrafo. De la misma manera, los mejores fotógrafos no pueden ser sino poetas. No desconozco que los medios empleados por uno y otro no son sólo distintos sino antagónicos, pero sostengo mi postura. Porque el mejor poeta y el mejor fotógrafo comulgan con el mismo ideal: encontrar lo sublime en –o a través de– lo cotidiano.
Conocí a Juan Carlos en la preparatoria; fue mi maestro de teatro. Sin embargo, nadie lo conocía por su nombre; para todos era «El Marciano», y estaba tan orgulloso de su apodo como de su ideología: entonces era el defensor del socialismo más encarnizado que haya producido jamás un colegio religioso; siempre llevaba en su mochila El capital de Karl Marx, y tenía a la mano una cita para zanjar cualquier discusión...
El que lo diga mejor que don Mario Benedetti, merece que hagan su estatua de cuerpo entero en plata de ley... La del uruguayo está hecha con el oro más puro: la inocencia y el despertar al mundo de varias generaciones; la primera declaración de amor, o de convicción social, de los adolescentes que bebieron (bebimos) valor en sus palabras.
Amigos, enemigos y mirones me han criticado acre y contundentemente desde hace diez años por dedicar más energía a educar niños en fin de semana o a presentar decorosamente el discurso de alguien más, que a mi propia producción literaria. A todos ellos les digo: ahora es el tiempo de construir mi mundo deseado con hechos; volveré a hacerlo con palabras cuando me falten las fuerzas para actuar.
Es la prueba que hace al héroe merecedor de la victoria; el exceso que provoca la derrota del malvado. Motor de la tragedia, punto final de las civilizaciones y llamada de entrada a la historia para los caudillos; la causa de que nos cautive una historia, un personaje... un semejante... O nos repugne... Tan saludable y, sin embargo, tan temible, tan peligrosa...
Escucho atentamente, por primera vez en muchos años, la canción que considero emblemática del bardo canadiense... Se me grabó a fuego en esa etapa confusa e incómoda que marca el paso de la juventud a la adultez, y fueron sus metáforas las que pautaron el año más oscuro de mi vida (hasta hoy).
El maestro Benedetti soltó por fin la pluma ayer, domingo 17 de mayo. No entiendo cómo siga existiendo la letra impresa si no está ya aquí el hombre que la volvió realmente significativa para mí.
Repito aquí un texto publicado amablemente por el suplemento cultural «Ananke» del periódico Página 24 de Aguascalientes, en la columna «El Diario Mundo», en febrero de 2001. La ocasión amerita.